TRES ANUNCIOS EN LAS AFUERAS, película de Martin McDonagh


Aviso: No me gusta la palabra spoiler pero debo advertir que desvelaré claves importantes de la trama. Venid, si os apetece, a este rinconcito para compartir o discrepar después de ver el filme.


Maravillosa de principio a fin. El prestigioso cineasta en mi opinión ha consagrado definitivamente a los tres protagonistas ante los espectadores, y aunque el trío ya tenía largas y fulgurantes carreras por las que es de inmediato reconocible, faltaba la catapulta: al igual que a Gregory Peck se le reconocería y asociaría para siempre en la pantalla y fuera de ella tras encarnar con maestría al carismático abogado Atticus Finch en la película “Matar a un ruiseñor”, Martin McDonagh les ha regalado tres papeles inolvidables por los que el gran público podrá exclamar ¡es ella! -refiriéndose a la oscarizada Frances McDormand- ¡la protagonista de “Tres anuncios a las afueras”!, o ¡son ellos!, señalando a Woody Harrelson con el cariño que provoca un personaje tan digno de afecto, y a Sam Rockwell, en un papel evolutivo con un dificilísimo giro completamente imprevisto para alguien que los espectadores creíamos insalvable. Y no perdamos de vista a los “secundarios”, ya que -como reitero a menudo- no hay papeles pequeños y en este engranaje perfecto McDonagh ha sabido darle a cada uno de los intérpretes del elenco exclusividad en su espacio; el hijo con el cuchillo en el pescuezo del padre, ex de la madre; la jovencísima nueva compañera del progenitor, cuya ingenuidad y bondadoso carácter natural se gana hasta el respeto de la ex; el chaval responsable de la oficina de publicidad; la detestable madre del policía Dixon; la breve pero fudamental aparición de la hija asesinada; las intervenciones de los distintos representantes de los estamentos… En definitiva: el fidedigno retrato del Medio Oeste actual situado en la ciudad de Ebbing, Missouri.
McDonagh se aparta por completo de los estereotipos, de juicios y prejuicios, de correcciones e incorrecciones para mirar a las personas desde la intimidad sin falsas apariencias, y en su lugar parte de seres humanos con sus sombras y sus fantasmas y demonios a cuestas, y ahí coloca la redención, justo en lo aparentemente irredimible.
El largometraje habla de la composición interior y exterior del dolor, de las consecuencias -para cada miembro de la familia y de la comunidad- de una pérdida brutal y sin resolver; el filme expresa el resentimiento y el odio -aparentemente legítimos- que se generan cuando ocurre una desgracia de esa dimensión; pero el cineasta no se queda ahí, da una vuelta de tuerca y extrae desde lo patético la dignidad; otra más y nos muestra los remordimientos que habitan en el corazón de una madre cuya hija ha sido asesinada y violada mientras moría -así reza uno de los carteles- pero ese día habían discutido y lo vaticinado se produjo. El director lleva a la protagonista hasta el último extremo para que la frase de la joven que convive ahora con su ex cobre sentido: “la ira engendra ira”, y esos cócteles molotov caseros lanzados contra una comisaría, que la madre coraje y sola frente a todos, creía deshabitada, también representan -en mi opinión- el sentido del lema cristiano “quien esté libre de pecado que tire la primera piedra”. El logro de McDonagh es enseñar el peligro de hasta dónde podríamos llegar, y al mismo tiempo nos dice que desde ahí, y aunque parezca imposible, también podemos perdonar y alcanzar al mismo tiempo nuestra propia indulgencia.
El cambio de actitud y sentimientos lo propician las tres cartas del jefe de policía William Willoughby. De algún modo, al igual que los libros hablan entre sí, también lo hacen las películas porque el cine y la literatura hoy forman un todo, por ello a mí ambas obras, “Gran Torino” y “Tres anuncios a las afueras”, me parece que tienen una conexión, por las bellas eutanasias del jefe Willoughby y la de Walt Kovalski, por toda su incorrecta corrección, y saco la puntada para que también el mismo hilo me lleve a coser estos dos largometrajes con las dos novelas de Jonathan Franzen: “Las correcciones” y “Libertad”. Y no uno dichas novelas y películas sólo por el enclave geográfico -Gran Torino se desarrolla en Michigan- sino por ciertas sinceridades comunes sobre la América profunda que anidan en las cuatro obras.

Las tres cartas de despedida del jefe de policía definen la generosidad y lo duro que puede resultar ser un hombre bueno, ya que la bondad requiere valentía y fortaleza enormes, y sobre todo ecuanimidad para no dejarse llevar cuando es tan difícil no hacerlo. Los cierres de círculo del filme son auténticos engarces de alta joyería. Nunca olvidaré la escena en la que vemos a la madre, agachada frente a la la cervatilla que aparece de repente con su sobrenatural aspecto de reencarnación, los tres carteles rojos a la espalda de Mildred y las flores que coloca a los pies de la inexistente lápida en el luminoso entorno verde y azul que crea así el sepelio más bello, y que envuelve el amoroso monólogo que Mildred pronuncia mientras mira a la misma altura los ojos del animal deseando que sean los de su hija, el pasaje conmueve a mucha profundidad porque en él se hallan todos y cada uno de los colores de la verdadera belleza: Ben Davis, el director de fotografía, despertará la envidia y el mal de ojo porque la escena es sublime.
Tampoco se puede olvidar el cierre de círculo de confianza que el jefe de policía dibuja con muñecos de peluche alrededor de las niñas y al lado del lago donde las deja a solas para consumar la preciosa despedida que le ha preparado a su esposa sin que ella sepa que será la última vez que le verá vivo. Ni el reencuentro del chico de la agencia publicitaria con Dixon, el policía racista, corrupto y embrutecido que le propinó una paliza y le arrojó por una ventana, y ese zumo de naranja entre los dos que sorpresivamente une lo irreconciliable en la misma habitación de hospital, y es que el Karma es un poeta. Y por último el guiño que despista: cuando el público de la sala de cine ya está pensando que ¡Qué casualidad! que el violador se vaya de la lengua en el asiento contiguo al de Dixon, que ¡vaya forma chapucera de resolver el caso por lo fácil!, cuando ve que no tiene por qué ser el mismo que asesinó a la hija de Mildred, de hecho el A D N demuestra que no fue él.
La película termina con Dixon y la madre huerfana de hija en el coche, Mildred confiesa que fue la causante del incendio de la comisaría y él sin sorprenderse sonríe con las quemaduras aún visibles en el rostro, y le responde “Quien iba a ser si no” y continúan en el automóvil mientras el camino hacia el futuro se abre paso reconciliado con la vida.
Es un peliculón, o peliculaza, como prefiráis, para que el superlativo no discrimine. Y por fin parece que el cine se propone analizar el origen de la violencia para ver qué solución le damos y no se limita a regodearse en ella.
Un abrazo y hasta el próximo encuentro.
Pili Zori

LA ENTREVISTA



LA ENTREVISTA
(Primer premio de prosa XVI Certamen Ciudad del Doncel 1995. Entregado el 27 IV 96)


La plataforma del plató parecía una isla amenazada. Alrededor de ella, el galimatías de cables semejaba una jauría de serpientes locas. Los operadores parecían marcianos desconectados del mundo, recibiendo órdenes de fuera, ensordecidos por auriculares de antenas que rascaban el aire. La jirafa, como un gran dios cibernético, amenazaba con desplomarse.
Clara disimulaba su asombro; nunca había estado en televisión, echó de menos las paredes, se sintió expuesta. “¡Qué diferente de la radio tan uterina, confidencial y acogedora!”.
El público se colocaba en los asientos, desorientado. Todo tenía un aire amenazador y hostil. Un batallón de mujeres y hombres iban y venían en un corre-corre frenético, el joven de la esquina braceaba sujetando a la vez un fajo de folios, como si fuera a soltar panfletos al aire.
“Será el regidor o algo así”, -supuso Clara.
-Un, dos, tres, cuatro… Entramos. –Pinchó el aire con el dedo índice en gesto imperativo.
Por un momento creyó estar en la NASA, y que la plataforma iba a despegar como un cohete. El silencio y la parálisis se hicieron instantáneos.
El entrevistador comenzó con una efemérides, rápida, de la década que dio paso de inmediato a la presentación de los libros y sus autores.
El otro escritor, conocido y veterano, la saludó despectivo y distante. Había llegado más tarde que ella, con aires de amo, caminando bajo palio, seguido de una corte de peluqueras y maquilladores serviles que le daban los últimos y precipitados retoques. Saludó con ostentación al presentador, mostrando con voz engolada que era más propietario de su amistad que Clara.
Se sintió desvalida. El prócer le había dejado muy claro, en segundos, cuál era su sitio y que ella no pertenecía a ese gremio.
No le había caído nunca bien, pero en ese instante se le derrumbaron todas las buenas intenciones previstas… “Tal vez  conociéndole en persona…”, había pensado minutos antes.
Atufaba a esa colonia, a ese perfume de hombre de líquido transparente que ya no se vendía; el aroma la estaba mareando.
“Pero ¿qué pinto aquí?”. Aún sentía el bochorno de haber tropezado con los cables. “¿Cómo me he metido en este lío?”.
El entrevistador seguía dando pie al peroratas. “Mira que le tengo asco al cubo de datos este, me está poniendo mala” -se decía observando la cara astuta del novelista- “el erudito, con esos ojos de zorro y tanta desfachatez”.
Las frases del escritor se escuchaban huecas y rimbombantes; ya se había acostumbrado al olor de su colonia.
Clara continuaba con su monólogo interior; era tan extrovertida que hasta para pensar dialogaba. “Parecemos prostitutos vendiendo la mercancía. A que hago que me mareo y me tienen que sacar de aquí. Anda anda, no seas irresponsable.” -Se reprendió.
El otro proseguía plúmbeo relatando sus viajes por todo lo largo y ancho de este mundo. Le iba a tocar el turno a ella. “Ya no aguanto más los nervios; a que me salen con la consabida preguntita ¿Qué opinas sobre la generación X? y la H y la V, no te fastidia. Como me encasqueten alguna de conflictos bélicos o situaciones geográficas me da un peterre, si no sé ni dónde leches está Sarajevo, lo mío y el mapa mundi… Saldré del paso, seguro” –se animó- “Vamos Clara, tira millas, ya va”.
El pilotito rojo de la cámara 2 casi la hipnotizó, el objetivo parecía imantado.
“Debo tener una cara de imbécil… y las ojeras, seguro que parezco Drácula, pero por qué habré dejado que me maquille la borrica esa, casi me rompe el coxis al tirarme al sillón. ¡Joer qué mala leche tengo!, pobrecilla no daba abasto, voy a controlarme, estoy asustada, y cuando me asusto me vuelvo una borde. En el fondo es puñetera envidia, ¿dónde voy al lado de él?, intentaré ser positiva”. –Respiró hondo.
“Con la ilusión que me hacía ver un plató… todo es una mentira, que no me vuelven a mangonear, que no… mañana se entera, –se refirió a su agente-. “Me tira aquí, a los leones y se queda tan pancha cobrando los dividendos… qué injusta soy. ¿No querías darte a conocer?, pues toma, este es el precio… promoción, promoción de la novela. No miro al oráculo de Delfos éste, que me corto”.
Ahora hablaba del karma.
“Claro que tiene un culturón el tío…”
Se sintió intrusa, como una advenediza. “¿Qué hace…?”
Casi dio un respingo al ver al cámara agachado. “A que llevo una carrera en las medias. No faltaba más que eso. Atenta, -se apremió- ya me toca”.
La voz del entrevistador estaba terminando de perfilar su currículum.
-… Clara Bandrés nos ha deleitado con su ópera prima Tintes esquizoides, sorprendente relato… Bla, bla bla…
“Deleitado” eso le gustó, y los ojos protectores del presentador, siempre le había maravillado su rostro lleno de historia y esas arrugas de arado. Tenía en la cara raíces de campo, ascendencia de pobre, y el barniz de hombre de mundo de vuelta de todo, pero sin pérdida de entusiasmo, todavía con capacidad de asombro. Se la metió en un bolsillo y creó la atmósfera adecuada, ese ambiente cómplice que le decía: No tengas miedo, sé lo que te pasa.
Lo que más apreciaba Clara era el instinto, el lenguaje de los fluidos corporales y el aura.
“Si supiera que una vez le envié una carta” ¡Qué hombre tan genial! En la carta le decía al concluir: … Di algo sin pronunciar mi nombre, para que sepa que la has recibido. Y así lo hizo. En el sobre había escrito como título del programa por confusión, una frase que él pronunciaba a diario al comenzar y que ella había confundido con el encabezamiento El SOL SALE PARA TODOS. Tres o cuatro días después asomó el rostro a la pantalla y espetó: He recibido una carta entrañable e insólita; en la dirección se lee Javier Heredia. Torre España. Programa El sol sale para todos. Gracias amiga, gracias. No pensaba recordárselo. 
Era un momento en el que él estaba muy denostado, imitado por los cómicos hasta la saciedad… y aguantaba el tirón estoico, y ella le apreció para siempre jamás, con esa incondicional ternura que le daba la certeza de que las fronteras las rompe siempre el afecto. Tenía debilidad por los honestos; ese instinto nunca le fallaba. Entendía mal la vida, la mitad de las veces los árboles no le dejaban ver el bosque, pero los caballeros y las damas no se le despintaban, y este era Caballero sin espada, de los que te defienden cuando nadie da un céntimo por ti.
Adoptó la postura felina, inconsciente: mirada fija, cogote tenso, frente al ataque, brazo izquierdo apuntando al suelo, mano derecha en el mentón, frunce en el ceño, respiración rápida y corta.
-… su novela nos transporta a un mundo ficticio –enlazó el presentador-. ¿Por qué Tintes esquizoides? No parece estar relacionada con el trastorno.
-Por favor no me llames de usted, no me apaño.
¡Zas! Conseguido, todos los presentes en distensión, menos Branco, que asomaba las fauces para saborear a priori el gustazo que se iba a dar machacando a la pardilla en el coloquio de después. “No me apaño” -pensó altivo- se la iba a merendar. Ni una sonrisa le había dirigido la niñata, ¡a él!, tan acostumbrado a la pleitesía.
No sabía el retóricas con quien se la estaba jugando, Clara podía ser imprevisible si se sentía atacada.
Jaime Heredia tenía el cuerpo adelantado. El lenguaje no verbal funcionaba.
“Eso es, distancia corta, ahí me muevo bien.” –Se dio aliento ella.
-Es su privilegio, –sonrió Heredia divertido al mostrar la palma de la mano en ademán de reverencia.
Ella le siguió el juego.
-Pues te concedo el honor de tutearme, –y continuó con la respuesta-. Dicho de un modo sencillo, trata de un viaje a través de la mente en contraste con la vida real que de por sí es bastante caótica e inconclusa.
Las preguntas y respuestas fluían, el entrevistador estaba sinceramente interesado por los personajes y sus significados. La escudriñaba más allá de las palabras, la leía en los gestos, la estudiaba.
-¿Por qué en la ciudad de Remotum siempre es de noche?
-No tiene explicación más allá, me gusta la luz de neón, me encanta la noche, las noches de mi novela son luminosas, y la protagonista, Sauce, es una mujer llena de luz, clarividente y equilibrada. En Remotum se despoja de esclavitudes, no hay nada oscuro, espero.
Jaime Heredia se mantuvo callado, ella rellenó el silencio.
-…en Remotum el personaje se asume y se asimila; se encuentra y se enfrenta a sí misma, desciende a los instintos, se despoja de atavismos, de cultura y de intelecto para recuperar su esencia y volver de nuevo a Laberinto, ciudad donde siempre es de día. Laberinto representa la vida real, por decirlo de forma simple, aunque no se sabe con exactitud cuál de las dos ciudades es más cierta. La novela trata del eterno conflicto entre el consciente y el subconsciente, Sauce busca el equilibrio entre las dos ciudades, sabe que si una domina a la otra la balanza dará como resultado la locura, por ello debe permanecer durante tiempos exactos en ambas. Laberinto es la censura, la obligación social, los límites; Remotum es el arte, la libertad absoluta, la ausencia de prejuicios, la creatividad. Resulta un equilibrio delicado en el que la protagonista sufre, pero fundamental para su supervivencia. Roza también el mundo onírico. El título se debe a que lleva dos vidas; de ahí lo de Tintes esquizoides, me pareció una buena síntesis. Espero que no conduzca a equívocos.
-¿Podemos interpretar que se desarrolla en un tiempo futuro?
Heredia reforzó la pregunta dibujando hacia adelante una espiral en el aire con la mano.
-No, en un mundo aparte sería más exacto.
Al fin pasaron al coloquio. Ella tomó aire y se removió en el sillón, Branco se dispuso para el careo, abrigando en secreto el deseo de acaparar protagonismo y situarse por encima exhibiendo el oficio. Eso era lo que poseía, más oficio. Reconoció el chispazo de talento que tenía la muchacha “otra con pinta de best-seller.” Era injusto; él llevaba una vida entera y su obra aún no había sido traducida, todos estos novísimos con la cultura del cine, venían arrasando, desplazando como kamikazes sin modales... ¡Malos tiempos para perpetuarse!, –se lamentó-. Él era un monstruo sagrado, se merecía el reconocimiento; estaba cansado de alumnos y columnas para sobrevivir, y resultaba vergonzante en el mundillo presentarse a los certámenes apalabrados para poner el cazo. “Seguro que tiene hasta defectos ortográficos, pero ahí está, insolente y erótica; introducirá cuarenta tacos en las próximas novelas y le cogerá el puntillo exacto al sexo; venderá como rosquillas sin conocer a los clásicos. Me hago viejo…”
“Dentro de diez años te lo diré”, pensaba Clara al unísono …”cuando me aprenda los trucos listillo, y sepa hacer bolos repitiendo el mismo sermón”. Reconocía que aún estaba sin pulir, y temía el descalabro, pero el esfuerzo por creer en sí misma merecía la pena, y el proyecto de futuro como novelista ya era un hecho. Estaba saltando sin red, y el vacío le venía muy grande y daba vértigo.
Branco se dispuso al ataque, usurpando el papel de entrevistador a Jaime Heredia. Había leído la novela, quedaba claro, y se había preparado a fondo para el combate. La sedujo un poco con preguntas laterales, pero ella no tragaba; tenía esa mirada ladeada de la desconfianza, y él empezaba a arrepentirse de no haberla saludado con más efusión.
Atacó directamente con postas, nada de salvas, al grano.
-¿No crees que ese juego freudiano queda un poco simple y precario en tu novela?
“A que me cago en su madre”.
-Esa era la intención. No pretendo hacer ensayos. Creo en los símbolos del bien y del mal, y por supuesto me gusta el psicoanálisis, da un gran juego literario. –Trató de no resultar seca ni cortante. Jaime Heredia pasó a un segundo plano con gusto. Ante todo era periodista y ahí había carnaza y audiencia; el duelo a muerte había comenzado y la chica se defendía bien.
-Me pregunto, -persistió Branco sarcástico- si has dibujado a Sauce hipócrita a propósito, porque una mujer que en Laberinto acata las normas, no lucha, no transgrede, y en Remotum se desmelena es una cobarde, no traspasa la fantasía y de luchadora y comprometida tiene poquito.
“¡Será cabrón!, se le está olvidando hasta lucirse. Va a matar. Pero ¿qué le he hecho a este tío? Tranquila Clara, no le des caña, eso es lo que quiere el iluminao este. Déjale que se ponga al descubierto, que la cámara le cace la mala intención, la mala baba, hazte la ingenua”.
-Puede que tengas razón en parte. Sauce no es una heroína, por ello es más creíble, aunque estarás de acuerdo conmigo en que las revoluciones personales son interiores, bastante lentas y tardan en repercutir socialmente. Pero si me permites te diré que para nada es hipócrita, ni es necesario que elija entre los dos mundos porque en realidad forman parte del mismo. Te reitero que es un viaje interior.
-Sí, pero termina en los brazos de Telémaco. Delega en él para que le saque las castañas de fuego. No es muy feminista el discurso ¿no crees?
Clara estaba visiblemente dolida. No quería caer en contradicciones, así que se dispuso a sincerarse y que saliera el sol por Antequera. Con lo que iba a decir ya estaba pillada, la tildaría de cursi y femenina en el sentido más peyorativo de la palabra, pero no cabía otra respuesta.
-Creo en el amor, igual que Sauce. Es un acto de fe, siento no poder argumentarte otra cosa. Y respeto profundamente el feminismo; gracias a él estoy aquí sin tener que disfrazarme de hombre como Concepción Arenal, y sin pseudónimo masculino para escribir. Creo que el movimiento feminista entre otros muchos valores y logros tiene ese: el de ser el vehículo que hace que yo tenga la oportunidad de expresarme, aún a riesgo de parecer machista, no es un club excluyente ni elitista, pero vamos… en mi opinión, acusar a Sauce de machismo porque se enamora, resulta un poco absurdo, y digo se e-na-mo-ra, no se somete que es muy distinto.
Asombrada, descubrió en los ojos de Branco la sorpresa. La siguiente pregunta discurrió por otros derroteros en un último intento de hundirla.
-El nombre de Telémaco ¿simboliza algo? -Arremetió de nuevo, se iba a cargar uno por uno todos los pilares de la novela.
“Ya salió el grecorromano de las narices. Mírale, está en su salsa. No puedo más, no lo soporto. Me levanto y le meto un bofetón que lo estampo”.
-No, -respondió chula-. Simplemente me gusta el nombre, como Pedro, Miguel o Luis. Confieso que no suelo recurrir a las fuentes de la mitología o de la historia, eso lo hace mucho mejor un experto como tú. Sé que te gusta documentarte –dijo con sorna- yo escribo con prisa, a vuelapluma, corrijo poco y consulto poco. Cuando esté en periodos de sequía recurriré a los clásicos o a las guías de viajes. “Encaja esa, mierdero.” No obstante, llevas razón, el periplo hasta Itaca de Telémaco, la búsqueda del padre, Ulises, y la compañía de Minerva, son símbolos extraordinarios para incluir en una novela, pero ya lo hizo Fenelón muy bien y soy humilde a la hora de hacer citas.
“¡Buff!, menos mal que B.U.P. lo hice por letras, como siga por ahí me hunde, ni siquiera sé si he dicho bien lo de Fenelón. Y mi corta o vasta cultura no se avala con los títulos de los que don pedante presume”.
El escenario estaba caldeado. Jaime Heredia metía alguna cuña conciliadora, pero disfrutaba como espectador con el fragor de la batalla. Nunca antes había visto descolocarse a Branco, siempre despectivo e impertérrito. El cabreo sordo le hacía parecer más humano, no le quedaba ni un asomo de su cinismo habitual, ¿qué estaba proyectando?, se preguntó el presentador con preocupación intrigada.
La gran vaca sagrada no se esperaba el ataque frontal, ni la capacidad de respuesta. Con razón dicen cuidado con la loba herida, había encajado mal y le delataban los dientes apretados y la estrechez de los ojos. 
No hay enemigo menor, la había subestimado. Esa pequeña muestra de crueldad que ella le había lanzado le tenía confuso, excitado; era la punta del iceberg.
Mientras nacía en él un amor dañino y esclavo, en ella crecía la enemistad. Y sin embargo en ese mismo instante Adolfo Branco le habría entregado su vida. Aumentaba en él un deseo perverso, morboso; la imaginó con tacones de aguja envuelta en cuero, con aires de Sade… pobre viejo corrompido. Anheló ser su Pigmalión y el Fausto de Goethe al mismo tiempo. Quiso conquistarla a dentelladas, en una turbulenta y oscura pasión destructiva y después matarla, estrangularla para revivirla mil veces sumisa y postrada a sus pies. Sólo deseó... deseó… el candor joven de la muchacha era más fuerte ¡Pobre niña! Incapaz de imaginar la dolorosa y placentera "aberración", ser puro y limpio y con talento, talento, talento… la palabra le martilleó en el cerebro como un eco antiguo, él ya no lo tenía, vivía de las rentas, con carácter retroactivo, no le gustaban sus últimas obras, variantes tramposas sobre lo mismo, espirales de ida y vuelta por mucho que las defendiera como sus constantes vitales, como los leit motiv que le definían, y de pronto se sintió agotado, exprimido, exhausto. Ni siquiera el litro de J B que se iba a echar al coleto lograría atontarlo, serenarlo. “Ella es el ángel de la muerte que viene a pedirme el relevo. Estoy acabado, cansado, terriblemente cansado…”
Jaime Heredia confirmó su primer pálpito: esa chica se tragaba la cámara. Ocurría pocas veces de ese modo tan virgen, llenaba la pantalla, la traspasaba con una pericia singular, que probablemente perdería con el tiempo y lo hacía de forma natural, sin ser consciente, comprobó el monitor, había que aprovecharlo.
-Primer plano de los ojos, aguántalo ahí, -susurró el realizador, en control ya hacía rato que lo ejecutaban junto al de las visibles y aceleradas palpitaciones en el cuello, ella y el lenguaje de su cuerpo daban las órdenes.
-Tiene madera la chavala, agitadora y peleona… Ni en los mejores duelos políticos tú, -comentaba el mezclador. Al menos durante un buen trecho se divirtieron con David y Goliat.
Branco se decidía ya a poner el broche, le iba a soltar el colofón de: “…Las mujeres suelen autocompadecerse y no son capaces de crear algo que no sea autobiográfico y sentimental…” pero un puntazo de honradez se lo impidió. Fue ella quien cerró el debate.
-Te agradezco mucho el apasionamiento. No creí que mi novela resultara tan polémica, y viniendo de ti es un enorme cumplido. Prometo que en la próxima tendré en cuenta tus sugerencias. “En la próxima te meto como personaje y te pateo las tripas, ¡por la madre que me parió, cerdo! Que te hubieran hecho este destrozo a ti con tu primera novela”.
Aguantó como pudo hasta las despedidas. No le dio la mano, se excusó y salió despavorida alegando tener prisa.
Berta la esperaba en el coche.
-¡Has estado magnífica!, exclamó jubilosa. Pero ¿qué te pasa?, ¿por qué lloras?
-Porque no hay derecho, iba a por mí sin compasión. Ha sido una encerrona, Berta. No te lo perdono. ¡Menudo estreno! Y encima en directo.
Berta le puso la mano en el hombro, condescendiente.
-Son gajes del oficio. Tú eres fuerte. Estoy contigo, no te preocupes. -Se aferró al volante y evitó mirarla-. ¿Vas a ver a Enrique?
-No, llévame a casa por favor. Me diría que tengo manía persecutoria y pagaría los vidrios rotos, no he querido que me acompañara, precisamente para que no me atribuyeran lo que ese sinvergüenza ha querido insinuar y además le tengo harto. Dice que no sabe si se acuesta conmigo o con mis fantasmas. No sé… me huele a despedida. Lo triste es que tampoco me importa demasiado; últimamente no hace más que desconcentrarme llamándome a todas horas. Creo que tiene miedo de la fama, o de lo que sea esto, y yo también, no sé de qué va el olimpo de endogámicos sobrados Berta, tan sólo quiero escribir, entregarte el manuscrito y que me dejen en paz, no valgo para esta feria.


Fueron pasando los años y el duelo duró indefinidamente. Branco depositaba claves en sus novelas que sólo ella entendía. Clara respondía en las suyas en una especie de código extraño y maléfico. La intuición de los libreros hacía que las obras de ambos aparecieran juntas en los escaparates; del mismo modo los editores se ponían tácitamente de acuerdo para lanzar las publicaciones a la vez. Branco llegó a guardar turno en la caseta para que ella le firmase, arrepintiéndose antes de ser localizado por su mirada. Desgastaba el vídeo de la entrevista. Le seguía la trayectoria como un detective enajenado. Se hizo el encontradizo en innumerables ocasiones; llegó a suplicar en las redacciones de los periódicos en los que ella colaboraba, hasta se hizo un lifting para aparecer en un coloquio que Clara vería seguro, gastó fortunas en diseñadores y sastres que le cosían a medida y arriesgó la salud hasta el infarto dando una imagen patética de viejo chocho y excéntrico al levantar pesas en el gimnasio.
Los críticos les apodaban Ditirambo y Rocabruno, para citar la película de Gonzalo Suarez. Al igual que los personajes del film, ninguno de los dos podía escribir sin el otro. Corrieron habladurías sobre su amor loco y platónico durante años.
La evolución de Clara, como se auguraba, fue meteórica. Ajena a la obsesión que le crecía achacaba sus rarezas a su manía compulsiva de escribir. Se decía: “necesito todo el tiempo para mí”. Satisfacía esporádicamente sus necesidades físicas con cuerpos provisionales, y con crueldad de mantis tiraba a los hombres a la papelera como si fueran folios inservibles. No hubo muchos después de Enrique. Los compañeros la llamaban monja a sus espaldas, la célibe. Mira que es rara esta mujer.
Sin apenas advertirlo compraba los libros de Branco casi a escondidas y como un bebedor solitario buscaba las noches para beberse los párrafos justificándose a sí misma, oculta tras su orgullo se decía: “lo hago para estar al día, para que no me pillen infraganti en las entrevistas con esta manía que tienen de relacionarnos. Lo cierto es que se estaba convirtiendo en una adicción mortal. Curioseaba las revistas para ver sus últimas andanzas, buscaba las adquisiciones que él traía de sus viajes y se quedaba alelada, ensimismada, ante las pastas de sus libros, temiendo abrirlos y, a la vez, anticipándose al placer de la sorpresa. Se desazonaba, sin comprender por qué, cuando descubría a alguien burlándose de él, después de reírle la gracia se sentía traidora. Él era su enemigo, todas las afrentas eran pocas, todos los rencores pequeños. Trataba de hacer acopio de odio, pero cada vez le costaba más conseguirlo, “síndrome de Estocolmo”, se justificaba, engañaba, reprimía...
Pero detrás de su orgullo crecía ese tumor voraz que la vinculaba con él. No reconocía los celos cuando sarcástica y mezquina escudriñaba sus compañías para gruñir: “siempre hay un roto para un descosido, cada cual tiene lo que se merece”. Todas le parecían barbies insulsas y anodinas. Lo que ella no sabía es que Branco se hastiaba de buscarla en otras sin reconocerla en ninguna.
A medida que avanzaban las publicaciones y los años, ambos se volvían más anacoretas. A lo largo del tiempo se encontraron varias veces para terminar, en cuestión de segundos más peleados y perplejos que antes. Siempre brillantes en los ataques, alimentando el morbo de periodistas, pero sin que Clara entendiera los golpetazos del corazón en las paredes de su pecho, ni la gelatina caliente de su vientre, “es la aversión que le tengo, que me enciende” –se esforzaba por creer, imponiéndose la embustera certeza.
No se sentía malgastada, ni siquiera pensaba en ello. Su nueva casa con piscina cubierta y pantalla de televisor gigante le parecía ajena. Seguía escribiendo en la cocina; en realidad dos estancias constituían su mundo: la cocina y el dormitorio. Lo demás eran tributos, ostentación necesaria de cara a la galería, era imprescindible –aseguraba su agente- recibir de vez en cuando a algún que otro ramillete de fabuladores y bardos y Clara cumplía como si pagase el impuesto revolucionario. Se había propuesto con disciplina alemana, publicar libro por año y, así iban ya quince, a costa de mala salud, de tabaquismo exacerbado, de alteraciones de sueño y desorden de comidas.
Berta la quería en silencio. Nunca pronunció la frase: búscate a alguien que te cuide, te haces mayor. Esquivaba sus enfados. Clara era leal y no quiso cambiar de representante. A esas alturas ya no era necesaria profesionalmente, pero Berta atesoraba orgullosa su amistad. Los demás escritores habituales de la editorial eran selectos, pero Clara era otra cosa, la manager veía en ella el estigma esclavizador del genio. Seguía igual que entonces, con canas sí, con la piel más colgante pero igual de desorientada, zozobrante y joven.
Para Berta verla escribir era un privilegio, a menudo se acompañaban en el despacho cada una en un escritorio y en riguroso sileencio, no se le podían meter correcciones, seguía componiendo de oído y sólo admitía el apunte de: eso no suena, no suena bien. Y es que Clara -para su editora- tenía música en las manos, si se le sugería algo podía adaptarlo a su sinfonía interior, pero jamás como Berta lo proponía, ella dirigía el baile y nunca se dejaba llevar. Al principio le hacía daño, era indómita y soberbia, pero la sonrisa pueril cuando Berta sentenciaba después de la larga espera y del devoro de uñas: “Ahora sí suena, Clara, ya lo creo que suena, es heavy total”, compensaba su carácter impulsivo.
-Te invito.
-No me hagas chantaje Clara.
-Venga que sí, que te invito.
-De verdad que no puedo, he de ir a casa, no he visto en todo el día a los chicos y Diego estará harto de aguantarlos.
-Es una joya de hombre.
-Pues búscate uno así, que merodeadores no te faltan.
-A mí no hay quien me aguante, amiga mía.
-¿Dónde piensas ir de vacaciones?
-A Bali.
-¿Cómo Branco? –Se le torció el gesto. Su agente lamentó el descuido.
-Ni que sólo pudiera ir el Marco Polo ese.
Pero sí. Iba a ir a Bali para verlo a través de los ojos del escritor, para calzarse sus mocasines, para meterse en su piel y recorrer sus paraísos. Iba a ir por él, pero no lo confesaba, no lo sabía.



Aquel viernes no había tenido ni la radio ni el televisor encendidos. El último magazine le vomitó a la cara la noticia, les faltó tiempo para hacer leña del árbol caído:

Adolfo Branco ha fallecido víctima de un coma etílico. Era conocida su adicción al alcohol y su afición indiscriminada a los fármacos. Ha sido hallado frente al televisor en su domicilio. Contemplaba una vieja entrevista dirigida por el maestro Jaime Heredia, en la que se daba a conocer por vez primera a la novelista Clara Bandrés. Desconocemos la relación entre ambas circunstancias. Su defunción está rodeada de fatalidad y misterio. La muerte es siempre devastadora; tras ella se nos ha marchado un genio.

Se ahogó histérica en una desesperación desenfrenada. Pasó al cuarto de baño hurgó en el último cajón. Corrió hacia el tanatorio, salió del taxi y voló con el abrigo encima del pijama. Entró en la sala como un torbellino dejando a la prensa y a los curiosos estupefactos, apartó a la última conquista sedienta de focos. Se abalanzó sobre el féretro y le asestó dos puñetazos en el pecho, y entre sollozos entrecortados todo el país la oyó exclamar:
-¡Maldito! ¡Maldito seas! ¡Yo sólo quería que fueras mi amigo… mi amigo!
Se recompuso y el gentío quedó sorprendido al ver que sacaba del bolsillo del abrigo un peine y un frasco de perfume antiguo, Lin Abart, ya no se fabricaba, pero aquel primer día, ella había seguido la estela. Extrañamente ese era el recuerdo más vivo, más pertinaz que tenía de él. Dos días después de la fatídica entrevista, compró, llevada por un impulso irresistible que no acertaba a comprender, cuatro frascos del elixir. Ahora sí entendía por qué a veces se echaba unas gotas; ahora sabía que le añoraba, que durante todos esos años le había echado de menos, que le necesitaba. En un ritual idólatra le besó la mano con reverencia. Le pasó el peine y le ungió el cabello con el perfume. Depositó tres gotas más en el cuello sin latido con las puntas de los dedos y se volvió hacia la gente.
-Le faltaba esto –dijo mostrando el frasco-. Era su perfume favorito, su aroma. 
Tenía la voz ausente y los ojos perdidos. Se marchó y un respetuoso silencio la acompañó. Nadie filmó más. Abrieron un pasillo que Clara atravesó con porte regio.
Al día siguiente Jaime Heredia, retirado hacía tiempo de las cámaras, especulaba -siendo él esta vez el interrogado- sobre el amor platónico y fuera de época que ambos se profesaron, del que ella nunca tuvo conocimiento. 
Tal vez como a Sauce se le había instalado en el subconsciente su Branco, su Telémaco. Tal vez él tuvo razón aquel día. Sauce fue cobarde y sólo supo rozar la fantasía.
Se encontraron a destiempo.
Cuando ella iba él ya venía.
Cuando ella vivía, él ya moría.
“Te esperaré en Remotum, Branco.
Esta vez sí que me atrevo,
y me enseñarás cuánto sabes.
Ya llego Branco ya llego.
Ya estoy contigo”.

La botella de J B cayó al suelo, y de la mano derecha se escurrieron las tres últimas cápsulas.
  
“Y escribiremos juntos, Branco.
Y no seré hipócrita,
Ya nunca más estaré ciega,
Ahora te entiendo.
Ya estoy en Remotum, Branco
Te quiero”.



Pilar Zori

SESIÓN MATINAL

SESIÓN MATINAL
(Primer premio Nueva Alcarria, 1995)


El conductor arranca transmitiendo su estado de ánimo a la palanca de cambios. Hoy tiene mal pisto, conduce como un kamikaze y el autobús se queja dando tropezones y levantando el trasero; casi vomita a los pasajeros en el revoltijo de tripas. María choca con la muchacha de al lado, la pestilencia a cebollas que emana de las axilas anónimas espesa la atmósfera haciéndola irrespirable. Las asas de la bolsa se le clavan en la palma de la mano; siente los tendones taladrados “¡Vaya ocurrencia comprar las patatas!” Advierte que el pescado gotea y siente apuro. Por fin llega a su destino. El autobús la eructa hacia la calle. “¡Uf, qué alivio!”, sacude la melena oscura para eliminar el olor caliente y condensado, el rostro se le ilumina: la enorme carátula la está esperando, el pulso golpea nervioso en el hueco de sus clavículas. ¡Qué guapo! –exclama para sí mientras contempla al actor-. Pero la pintura no le hace justicia.
-Hola Raquel –saluda con la respiración agitada- ¿No te asfixias ahí metida?
-Tengo un ventilador.
La taquillera luce los dientes blancos, pequeños y alineados en una sonrisa ancha. María le llena las mañanas, es tan entusiasta, rezuma tanto optimismo.
-¿Ha empezado? –pregunta con angustia.
-¿Pero es que la vas a ver otra vez? –Raquel desorbita los ojos.
-¡Toma, pues claro!
-Estás como una auténtica chota, –subraya meneando la cabeza-. Aún faltan cinco minutos.
-¡Menos mal, -María relaja los brazos con gesto exagerado-. ¿Me guardas la compra?, el pescado chorrea, perdona, ten cuidado. Anoche hice cocido y me dejé a casa resoplada, así que hasta la una que sale del colegio Eduardo soy libre para impregnarme con polvo de estrellas. –Suelta la frase fatigada y sin resuello y la termina con un gesto teatral recorriéndose el cuerpo.
-¡Anda cacho guarra!...
-¡Ay Raquel, qué bruta eres!, el polvo de estrellas se refiere al mundo del cine, que no te enteras. Tengo yo este trabajo que tienes tú y soy el ser más feliz de la tierra; ver todas las películas que me dé la gana y encima gratis, si es que Dios da mocos a quien no se los sabe limpiar –le pellizca cariñosa la nariz-. Dame la entrada.
-Anda passsa que invita la cassssa. –La taquillera arrastra las palabras con tonillo cheli y chasquea los dedos para reforzarlas.
-¿DE VERDAD? –Grita con júbilo al precipitarse por la minúscula ventanilla para abrazarla-. ¡Es que te comía!, ¡eres un sol! ¿No entras conmigo? –la apremia mientras aprieta el papelillo como si fuera un tesoro.
-Luego si acaso, aún puede venir algún rezagado, aunque lo dudo, con los nuevos multicines y el olor a palomitas haciendo de flautista de Hamelín... Anda ve. –Empuja el aire con la mano hacia la escalinata.
Siempre le da pena que se la rasguen, las guarda en una caja con reseñas emotivas y escribe críticas apasionadas que guarda con meticuloso orden.
Aspira el delicioso aroma de la sala que contrasta con el hedor concentrado del autobús. Se arrellana en el sillón y acaricia la tapicería roja. El patio de butacas está descuidado pero aún conserva el aspecto de coqueta bombonera. Seis personas salpican la sala. “Qué pena” –Piensa- “cómo agoniza”.
Comienza la música que acompaña los títulos de crédito y María ya tiene el nudo en la garganta. Se burla de sí misma, “ésto mío raya con la perversión; si es que hasta me anticipo y me pongo a llorar antes de tiempo. Menos mal que nadie me ve, pero a cualquiera que se le diga…”
Se deleita con la imagen gigantesca: “Cómo no se van a multiplicar los sentimientos si se le pueden contar las pestañas. ¡Todo es tan grande…! ¡Qué ojos!”.
María no sabe la sorpresa que le espera. El mismo rostro que asoma a la pantalla aparece por el ventanuco de la cabina. Juan Laguna, el protagonista, se ha acercado hoy al cine para ver a su amigo Antonio, el operador. Observa desde allí y le choca el movimiento de cabeza y hombros que convulsiona a María. Agudiza la vista aprovechando el plano luminoso y comprueba cómo se seca la nariz con el pañuelo; se envanece conmovido, eso es lo que le gusta comprobar: las emociones reales del público; eso es lo que necesita, y no los estrenos repletos de parafernalia. Antonio se asoma curioso.
-En esa escena estás sublime.
Le busca los ojos y comprueba que no mira a la pantalla. Localiza a la chica en el punto de mira de Juan.
-¡Hombre!, ahí está María. –Dice mientras deposita un rollo sobre la mesa-. Ya ha visto tu peli tres veces. –Laguna se da la vuelta intrigado.
-¿La conoces?
-Sí, es una joven muy maja, viene a menudo; entiende mucho de cine, se ve que le has impresionado. Como siga así se monta una tesis sobre el film, muchas mañanas la observo, apunta en su cuadernillo notas rápidas a pesar de la oscuridad de la sala.
-¿Se dedica a la crítica o algo de eso?
-¡No!, qué va, lo de la tesis es broma. Trabaja en el hospital, siempre en el turno de tarde; tiene un crío de ocho años, se quedó embarazada a los dieciséis, y ya sabes… el chaval tomó las de Villadiego, no se ha vuelto a emparejar, éste es el único lujo que se permite. Pero… ¿a dónde vas?
-Chssss. –Murmura Juan con el índice sobre los labios- Me bajo a la sala. –Antonio guarda silencio perplejo.
-¿Quieres que os presente?, seguro que le da un desmayo.
-No, no, –se apresura a responder de nuevo entre murmullos-. Me interesa ver sus reacciones sin que ella lo sepa. Es un privilegio que no disfruto a menudo.
Atraviesa casi de puntillas la moqueta y busca el ángulo perfecto. La contempla desde allí y queda atónito al comprobar que María remeda palabra por palabra lo que él dice en la escena cumbre. Un vértigo desconocido se apodera de Juan y el impulso involuntario le hace aproximarse. Se sienta junto a ella y le musita al oído, como un doblador, las mismas palabras. Las frases se oyen estéreas sin que ella se percate toavía:

QUIERO SER LO QUE TÚ ERES, QUIERO VER LO QUE
Quiero     ser    lo   que   tú  eres   , quiero      ver   lo   que

TÚ MIRAS, SENTIR LO QUE TÚ SIENTES, BEBERTE.
tú    miras  , sentir      lo   que   tú  sientes    , beberte.

VUELVE A MÍ, LUCÍA.
Vuelve    a  mí  María.

En la pantalla se escucha el apoteósico final, la sustitución del nombre penetra en el inconsciente de María que se vuelve sin asimilar aún. Su cerebro se bloquea ante lo insólito. Las lágrimas enturbian la imagen engañosa. El fogonazo de luz que desprende la pantalla se agarra a ese rostro que está a su lado; los pensamientos se agolpan a velocidad vertiginosa. “¡Es él!”, “¿me habré vuelto majara?”, los ojos van de la pantalla al muchacho que sonríe divertido. Por fin las luces se encienden.
-¡Ay Dios mío! –María se lleva la mano a la boca. Tarda unos segundos en poder articular palabras. Juan se adelanta.
-Estabas tan absorta… ¿Te he asustado?
María niega con la cabeza, una sonrisa bobalicona juguetea entre sus labios pugnando por transformarse en risa histérica.
-Que no he saltado de la pantalla, mujer. –Le dice abanicando el aire con la mano por delante de sus ojos- perdona la broma.
-Por un momento he pensado que me estaba ocurriendo lo mismo que en La rosa púrpura del Cairo. –Acierta a decir María arrepintiéndose de inmediato. “Vaya imbecilidad que acabo de soltar”.
Tras las aclaraciones y las risas ambos salen juntos del cine ante el asombro de Antonio y Raquel. El suelo ha desaparecido… María vuela… Al grito de la taquillera aterriza con estrépito.
-¡EH!, QUE TE DEJAS LA COMPRA.
“¡Qué vergüenza!”… -Ah, sí, qué tonta –dice azorada mientras esconde los ojos-. Bueno pues… encantada. –Se limpia el sudor de la mano con disimulo en el vaquero y se la extiende dando por finalizado el encuentro.
-Si quieres te acompaño, hoy no tengo nada que hacer.
Juan se apresura a cogerle las dos bolsas. Los ojos de María son como dos fuentes ovales saliéndose de las cuencas.
-Vale. “Madre mía, ¡qué corte!, con el pescado…” Agradece el doble papel con el que Raquel reforzó el hatillo. Caminan y a María se le antoja que las calles son horribles; faltan alfombras de rosas extendidas a sus pies. Él lo eclipsa todo. Para Juan, María es un obsequio. Si conociera la esclavitud de los rodajes… Recuerda las veinte tomas del miércoles, sólo tenía que decir adiós en la escena; en una al director no le gustaba el mechón que le caía por la frente; en otra pasó un avión y se fastidió el siglo XV; otra más para eliminar las arrugas de la camisa; después el dichoso bote de cerveza que apareció entre la hierba, y eso que en teoría habían peinado el recinto… precisamente hoy andaba melancólico buscando el rumbo; vuelve al cine del barrio siempre que puede para recuperar el origen, para recordar cuándo y por qué deseó estar al otro lado. Ella es la respuesta.
Al fin se despiden tras intercambiar teléfonos y llevar consigo una felicidad condensada.
María no percibe el olor del autobús; ha subido los dos peldaños en volandas. Tiene incrustado en la piel el aroma. “Huelo a cine de estreno” –se dice pletórica, y mirando su propia imagen en la ventana, evoca los pasajes de aquella vieja película Breve encuentro. Imagina los títulos en el cartel y sustituye mentalmente los nombres de los protagonistas:

MARÍA                                        JUAN
LOZANO…………Y……………LAGUNA

EN
BREVE ENCUENTRO
Dirigida por:
DAVID LEAN


Pilar Zori