"La ciudad de los prodigios", de EDUARDO MENDOZA

Hemos estado un mes paseando por Barcelona, -literariamente, se entiende, aunque una compañera de club, que en la actualidad reside en Segovia, siempre decía que leer es viajar gratis-, y además nos hemos trasladado en el tiempo a una época mágica: la que comienza en la exposición universal de 1888, y allí hemos permanecido durante 41 años sin querer volver a casa, hasta llegar a la siguiente exposición de 1929 en la que ya se nos ha cerrado el libro y no nos ha quedado otro remedio que regresar.

"La ciudad de los prodigios" no es una novela histórica al uso como ya nos advierte el propio autor, sino la memoria colectiva de una generación de barceloneses y de un tiempo irrepetibles. Tiempo de transición: el del paso de las velas a la luz eléctrica, de la quietud al movimiento...
La narración nos habla del comienzo de esa época en la que la medida de los días la marcaba la propia naturaleza y el clima, todo cambió de golpe y entonces el horario lo marcó la fábrica… ¡Llega la industria, el progreso, el modernismo, la transformación, la lucha de clases… la fe en los inventos, el ansia de prodigios!

Onofre Bouvila dará un portazo a su mundo rural tras la decepción y vergüenza que siente por su padre que vuelve de Cuba arruinado.
El punto de inflexión se producirá en Basora, el padre se acercará a saludar a los comensales de una mesa contigua en el mismo restaurante al que ha llevado a comer a su hijo y este verá como esos hombres de alcurnia se burlan de su progenitor a su espalda, el autor no nos dice lo que siente el protagonista, sólo nos muestra el hecho, y el lector deduce y elige.
Onofre Bouvila será el hilo conductor de este relato, él nos llevará de la mano durante todo el trayecto de su periplo vital. Quienes le acompañamos tampoco sabemos si su maldad nace o se hace, por tanto entramos al juego para especular con las motivaciones.
Mientras esa evolución se va produciendo el gran logro de Eduardo Mendoza es conseguir que veamos la fina línea que separa lo lícito del lumpen. Al principio casi estás del lado de Onofre, completamente de su parte, ves que tiene rasgos de muchacho valiente y emprendedor, arte y olfato para el negocio, y sana ambición, hasta que de pronto caes en la cuenta de que a ti también te ha camelado porque en realidad es frío, manipulador y arribista. Como dice la contraportada del libro: “Un escalador social nato.”
Los lectores tenemos tendencia a redimir y siempre buscamos fisuras por las que salvar al personaje, pero se debe a que contamos con la empatía, esa capacidad que poseemos las personas de participar afectivamente en la realidad del otro, Onofre Bouvila carece de sentimientos, al menos a esa rotunda conclusión se llega cuando tras muchos años de ausencia vemos como vuelve a su casa del pueblo para hipotecarla pasándose por el arco del triunfo a sus padres.
Si hasta ese momento el lector albergaba dudas de si el protagonista había puesto tierra en medio para romper con su pasado, y esperanzas de que, tal vez, se había desarraigado a propósito para resarcir en su propia persona a su padre logrando lo que él no consiguió: hacerse rico para volver a él y colocar la fortuna a sus pies, viendo su comportamiento durante todo ese pasaje se desengaña de golpe y comprende la magnitud de su maldad.
Como en el club no nos caben en la cabeza seres de ese calibre, -detalle que dice mucho en favor de mis compañeras-, utilizamos bastante tiempo de la primera sesión, (hasta el capítulo cuatro exactamente), en dilucidar sobre si esa conducta era inevitable en algunos individuos y consecuencia, por tanto, de enfermedad mental, porque en ese caso el juicio cambiaba, y derivamos incluso hacia considerar si la avaricia y la envidia podrían ser también trastornos mentales. Unas compañeras zanjaron en maldad y otras dejaron esa ventana abierta al futuro neurológico.
En capítulos posteriores contemplamos la ascensión social de Onofre Bouvila urdida ya en mafia, y ahí apreciamos otro gran acierto de Eduardo Mendoza: su capacidad de análisis sociológico para tirar de la manta y de ese modo mostrarnos la podredumbre que hay debajo y que sustenta a muchos hombres de pro –dicho sea con toda la ironía- y sobre todo el gran logro yo lo encuentro en la dureza implícita de su pregunta: ¿Quién es más culpable el que corrompe o el que se deja corromper? De hecho el protagonista nos dirá en su defensa: “-Yo soy malo, pero el mundo es peor que yo.” Ahí creo que está situado el corazón de la novela, su núcleo de intenciones, su enfoque pesimista, su mirada de tristeza hacia el hombre, siempre más efímero que su ambición, pero de alegría hacia la obra que le sobrevive y que no guarda memoria de su pequeñez.

Asistimos a la venganza de la propia vida: Onofre Bouvila consiguió una de las fortunas más grandes del mundo, pero siempre fue considerado un advenedizo en los círculos sociales de aristocracia y alta burguesía a los que siempre quiso pertenecer y en los que su dinero fue bien recibido, sin ascos, pero no así su persona. El único toque de ternura que yo sentí hacia él se produjo al verle empeñado en reconstruir fidedignamente una antigua mansión que una vez terminada daba frío a su familia porque parecía un mausoleo: los frutos de Onofre Bouvila nacían muertos.
En el club nos preguntamos si Onofre Bouvila encubría en la ficción a alguien que existió en la realidad. Con la duda nos quedamos.

En la rueda de conclusiones mis compañeras brillaron especialmente. Intentaré al menos transmitir algunas de sus opiniones aunque lo que más me ilusionaría es que se atreviesen a dar el salto y ellas mismas las compartieran en la red (a cierta edad, Internet nos da calambre, una lástima, es un tren veloz y da vértigo cogerlo en marcha cuando la mayoría de los familiares subieron a los vagones en la estación, en fin, por el momento habréis de conformaros con esta mala portavoz).

-Leer esta novela es como abrir el periódico de ayer. -Dijo una compañera refiriéndose en concreto a lo que narra sobre la especulación del suelo y los chanchullos de la construcción-, es exacto a lo que nos está ocurriendo ahora, -prosiguió- y las soluciones que se dieron entonces a la crisis son las mismas que se buscan hoy: invertir en obras públicas. Todo es cíclico…
Nos quedamos pensativas ante su reflexión y las de otras que también coincidían, durante unos instantes nos embargó un pensamiento pesimista que nos dejaba sin saber si podemos transformar el mundo o éste va a su bola. De ese pensamiento nos sacó otra opinión:
-La mujer es la que en este tiempo se ha transformado, ese ha sido el gran cambio. -De inmediato nos dibujó esa sonrisa cuyo contenido común fue el de: no todo se repite, no todo sigue igual.
También se expresaron pequeñas objeciones al libro. Conocíamos la literatura de Eduardo Mendoza a través de su registro de humor en “El misterio de la cripta embrujada”, que leímos en común hace años y que nos dejó un grato sabor, quizá por ello a algunas de nosotras, en La ciudad de los prodigios, nos parecieron descontextualizadas escenas de toque cómico que dentro de un texto más dramático quedaban, tal vez, exageradas. De inmediato hubo pareceres contrarios: a ellas esos toques anecdóticos no sólo no las sacaban de la trama sino que gracias a dichos toques la recordaban y entendían mejor.
Para las amantes de la historia se echaba de menos un desarrollo mayor de los datos históricos, la novela había encantado de principio a fin aunque en ese terreno el autor trazase a brocha gorda –así dijeron.
A unas les sobraron páginas y a otras no. Les gustaba que tocase tantos temas, -el anarquismo, la revolución, el mundo rural y el urbano, las logias, la mafia, el cine… Rasputín, Sissí emperatriz, Matahari…- no sólo para situar cronológicamente a los personajes de la época y crear la atmósfera, al contrario que las compañeras anteriormente citadas creían que el autor había dado las pinceladas justas, y que decía lo necesario de cada personaje relevante.
En cuanto a los sentimientos que producía el libro otra de nosotras compartió que al principio habría asesinado a Efrén y a Onofre. Nos reímos, como es lógico, por la paradoja, puesto que los habría matado por asesinos.
También se dijo:
-El libro me ha dado cultura pero no me ha conmovido ni involucrado, ni he querido matar, ni salvar al protagonista…
Con esta muestra terminamos hoy, no quedan reflejados todos los comentarios porque tendría que extenderme, pero procuro ser ecuánime en cada ocasión y por eso escojo al azar.

En cualquier caso todas las reacciones que he plasmado ocurren cuando el libro gusta y en el afán de hacerlo tuyo tratas de quitarle o ponerle detalles, pero no en un sentido crítico, al menos en este caso, sino de ese otro modo más afectuoso en el que le dices a una amiga: “¿Y si pusieras el cuadro más a la derecha, o una colcha roja allí...?”, la amiga, escucha atentamente (lo de atentamente lo digo en sus dos acepciones) y luego dice: “No, a mí me gusta más como yo lo he colocado.” Con esta simpleza quiero decir que no estamos hablando de fondo, ni siquiera de forma, estamos apropiándonos de la novela, que como es sabido una vez terminada es mitad de quien la lee y mitad de quien la escribe.
El escritor toma sus decisiones y no las nuestras.

Eduardo Mendoza es un novelista de indiscutible talento y genialidad, (no suelen ir juntos ambos dones, pero a él le agradeceremos por siempre el abuso), cosecha los mejores premios nacionales e internacionales, como el de La crítica, El ciudad de Barcelona, Premio al mejor libro del año en Francia, finalista del Grinzane Cavour en Italia… y un largo etcétera. Perdonad que elimine hoy su currículo ya que tenéis acceso y mucha información, en cuanto escribáis su nombre, aquí mismo en Internet. No quiero prolongar más el encuentro para que permanezcan las ganas de leerla en quienes aún no lo han hecho y las de añadir más impresiones para seguir paladeando en quienes ya la han leído.
Gracias Sr. Mendoza por los buenos ratos.
Hasta la próxima cita en la que habremos disfrutado y debatido “Muerte en la Fenice” de Donna Leon.
Un abrazo
Pili Zori

6 comentarios:

  1. Me ha encantado especialmente leer este libro, porque después de haberlo leído hace unos diez años, ha sido genial recordarlo y percibir ese encanto que tiene el analizarlo en conjunto en el club, en lugar de en solitario.
    Yo opino que la protagonista de este libro es la ambición de poder encarnada en la persona de Onofre Bouvilla, un personaje que no deja indiferente y aunque se mencionó bastante en nuestras sesiones la falta de sentimientos, es cierto que nos ha dado lugar a debatir bastante sobre el origen del mal, tema ya recurrente en nuestro club y que siempre deja asomar opiniones interesantésimas.
    Lo que más me ha gustado del libro es la variedad de temas que trata, desde la Anarquía y la lucha de clases, el mundo de la mafia, la aristocracia, todo lo que se mueve detrás de la política, la especulación, la era de los inventos y el progreso en la ciencia y la tecnología, las relaciones familiares.
    Me llama bastante la atención la poca comunicación que se muestra en las distintas familias que se mencionan en la novela. Empezando por la propia familia del protagonista donde el apego por sus padres y por su hermano es nulo. Al igual que la posterior familia que él mismo formará, donde hasta se duda que quiera a sus propias hijas. O como el caso del desdichado Nicolau, cuya madre tampoco le quiere y prefiere que viva lejos de él. Nos refleja una época en que a los padres sólo les importaba “colocar” a sus hijas con un marido que pudiera mejor o peor mantenerlas.
    Me parece también muy interesante de la novela, los pequeños relatos históricos que el autor introduce, que en mí caso los he tomado como pequeñas lecciones de historia contadas de un modo muy pedagógico para recordarlas, en plan anécdota.
    Como moraleja, he extraído de este libro, que además de lo que siempre hemos oído de que “el dinero no da la felicidad”, en este caso el poder tampoco.

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  2. Gracias Querida Marta por tus valiosos comentarios siempre expresados desde la sinceridad y la honradez, tanto en este rinconcito para la lectura como en el club. (Aprovecho tu comentario para hacer extensiva la gratitud a todos los que también han tenido la amabilidad de asomarse y dejar los suyos, como novata creí durante mucho tiempo que no era correcto contestar en vuestro espacio) un abrazo. Pili Zori

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  3. Siempre que sé de él me viene un sentimiento agridulce. Para mi constituye el paradigma de lo que pudo haber sido y no fue, o, al menos, no está siendo. No sé si es un problema de falta de exigencia y rigor, de cansancio, de falta de inspiración, o de todo un poco, pero la realidad es que no levanta cabeza.

    Tiene una novela extraordinaria, La ciudad de los prodigios y una muy buena, La verdad sobre el caso Savolta. Todo lo demás es mediocre. No pretendo ser tajante, pero estamos ante un caso de escritor de talento, del que cabe esperar mucho (pues lo ha demostrado), y que se conforma con parodias más o menos humorísticas y de preocupante falta de sustancia.

    Empleando el modo de hablar taurino, sigo esperando que "recupere el sitio" y que sus frecuentes aportaciones al absurdo debate de la “muerte de la novela” no reflejen su perspectiva sobre su propia obra.

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  4. Gracias por tu visita y por tu brillante análisis, querido Javier,ha sido un placer descubrir el generoso regalo de tu blog que disfrutaré con frecuencia. Un abrazo.
    Pili Zori

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  5. Tras leer la obra titulada LA CIUDAD DE LOS PRODIGIOS de EDUARDO MENDOZA me quedo con el corazon lleno de alegria.La obra no solamente me ha ayudado a saber muchas cosas de la historia barsalonesa sino que ademas de su desarrollo rapido debido al establecimiento de las expocisiones.Mendoza nacido en plena dictadura franquista 1943 pone de relieve la vida de un chico de 12 anos de edad llamado ONFRE BOUVILA.Este pasa de echar maiz en la gallina a ser propagandista anarquista.

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    1. Gracias por ompartir tus interesantes impresiones y por tu grata compañía. Un abrazo Pili Zori

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