"AMERICAN BEAUTY", película de Sam Mendes


La American Beauty es una rosa de gran belleza debido a los tratamientos a los que es sometida para conseguir su aspecto de “perfección” casi artificial. Refiriéndose a ella -el gran monopolista de la industria del petróleo- John Davison Rockefeller dijo:
El crecimiento de un gran negocio es simplemente la supervivencia del más apto. La bella rosa estadounidense sólo puede lograr su máximo esplendor y el perfume que nos encantan si sacrificamos a  los capullos que crecen a su alrededor, esto no es una tendencia maligna en los negocios. Es más bien sólo la elaboración de una ley de la naturaleza y de una ley de Dios”. Y se quedó tan ancho. Pues bien, de esta visión darwiniana y ferozmente capitalista pronunciada por su máximo representante, un industrial sin escrúpulos, parte la extraordinaria crítica de la película que cosechó cinco oscar en el fin del milenio, 1999.
Sam Mendes como director junto al guionista Allan Ball, al músico Thomas Newman, al montador Tariq Amwar y al fotógrafo Conrad L. Hall (fallecido en el 2003 y considerado por el gremio de directores de fotografía internacional como uno de los más grandes cineastas de la historia) compuso esta sátira llena de desencanto y tristeza para gritar muy alto que la belleza natural nos rodea, pero que no la vemos porque estamos persiguiendo un falso y dañino sueño inventado e impuesto por quienes necesitan reclutar esclavos que llenen sus arcas. Pero sin cantos de sirenas nadie seguiría la zanahoria de los embaucadores. Como a Hansel y a Gretel la bonita casa de dulces y panes se nos muestra en todo su esplendor y anticipo de los más deliciosos sabores, esa pequeña mansión que oteamos a lo lejos, donde ondea la bandera de llegada a la meta, y descansa un buen coche aparcado en la puerta que impide ver los barrotes, ¿es la trampa?
¿Se puede salir de la jaula? Esa será una de las preguntas que plantearé para debatir en el cine fórum.
Los personajes de este largometraje de pronto sienten la necesidad de escapar. ¿Cómo se podría dejar la puerta de la pajarera abierta para recordar el vuelo si es que alguna vez lo emprendimos?
En esta ocasión no nos vamos a encontrar con la ternura del antihéroe. La película comienza con Lester (Kevin Spacey) sumido en un proceso de apatía enfermizo, es la viva imagen americana del “perdedor” por antonomasia, su mujer y su hija lo desprecian abiertamente, es el “capullo” del que Rokefeller hablaba como elemento al que es necesario eliminar. Las tijeras de jardín que hacen juego con los zuecos de Carolyn (Annette Baning) cuando corta sus rosas, nos trasladan el símil: pronto veremos pasar por la guadaña laboral a este ejecutivo publicitario, aunque para entonces él habrá encontrado un modo igual de deshonesto que sí le permita abrir la puerta de la jaula: su despido tiene un precio y él conoce muy bien las reglas del juego. Aunque salir de la celda no implique escapar de la cárcel la sensación sucedánea de respiro momentáneo supone un alivio.
El detonante para que Lester quiera recuperar la juventud perdida, aquel punto de partida con todos los sueños por delante, lo provoca la deslenguada Ángela (Mena Suvari), íntima amiga de su hija Jane (Thora Birch). Ángela y Jane son dos adolescentes típicas e inseguras, la primera encubre sus temores bajo una capa de afirmación física haciéndose la entendida en sexo, en realidad confunde la demanda de afecto con la de despertar el deseo y el mayor temor que esconde es el de ser vulgar. Jane en un principio influida por la aparente popularidad de su amiga y sintiéndose inferior en atractivo cree tener la necesidad de mejorarse físicamente y ahorra para una operación de senos -piensa que los tiene asimétricos y que eso es un defecto- hasta que la llegada de los nuevos vecinos marca  un antes y un después. La familia la componen el coronel retirado del cuerpo de marines Frank Fitts, (Chris Cooper) sospechosamente homófobo y secretamente nazi, su esposa Bárbara (Allison Janney) alienada en su estupor y sumida en la disculpa permanente, y Ricky el hijo (Wes Bentley), un muchacho de 18 años que bajo la férrea y cuartelera disciplina de su padre paradójicamente se gana la vida traficando con marihuana y otras hierbas manipuladas de forma genética por el ejército, mientras conserva la impostura y el modoso aspecto de un vendedor de biblias. Ha elegido vivir en el margen en el que se saca bastante dinero de la hipocresía.
A Ricky le gusta recoger con su cámara momentos especiales que a menudo albergan la belleza que nos pasa inadvertida, su interés por Jane cambiará la vida de ambos.
Carolyn, la esposa de Lester y madre de Jane vive atrapada en su deseo de triunfo laboral, social y económico, trabaja como agente inmobiliaria, y su necesidad de dar una imagen de éxito en todo momento frustra y anula su verdadera personalidad, la que tuvo en su juventud y que su marido le recuerda. Hay un instante en el que habría podido salvarse recuperando el amor de Lester y su verdadera esencia, pero pierde la ocasión por dar prioridad a que su sofá no se estropee con una mancha de cerveza aduciendo el precio, su esposo le recalca a voces que está rodeada de cosas y no de vida y que las cosas sólo son cosas.
Sam Mendes
En un país en donde las armas están tan presentes como símbolo y sucedáneo compensatorio de poder el diablo no da abasto a cargarlas.
Todo el elenco de actores está sublime, tanto Anette Benning (Carolyn) como Kevin Spacey  (Lester) hacen un alarde de expresión corporal y proyección anímica tan equilibrado y bien medido para dar las dosis justas de caricatura, patetismo y drama, que tras verlo en pantalla el asombro te acompaña para siempre. El de actor y actriz es un oficio tan digno de admiración… Que los ladrillos que usan para construir su trabajo estén hechos de materia emocional y con ellos sean capaces de levantar un universo requiere una generosidad incomparable a la de otras vocaciones. Creo que en otra ocasión ya dije en este mismo blog que no me explico cómo pueden salir de sí mismos y volver a entrar sin dañar su equilibrio, cómo pueden vaciarse para que se introduzca el personaje en su cuerpo y salga por su voz, por su mirada… qué resorte tocan para cerrar y abrir la compuerta de sus realidades -la de dentro y la de fuera de la pantalla- sin desorientarse ni perderse. Se trata de uno de los misterios que más me intrigan y que nadie me desvela, sobre el que ningún entrevistador pregunta.
Tanto Kevin Spacey como Chris Cooper lo arriesgaron todo, sus personajes podrían haberles estigmatizado para los restos y sin embargo se entregaron a ellos por completo, la onanista escena de la ducha, la fina frontera entre el inconfesable deseo de Kevin Spacey y la pederastia, (en este punto la labor del montaje dirigida por Tariq Amwar es fundamental para establecer la delicadeza y marcar que en realidad el espectador está viendo algo secreto que sólo ocurre en la mente del personaje -fantasía muy humana, por otro lado, ya que el pensamiento es libre- que además su anhelo no sólo tiene una connotación sexual perfectamente descrita, sino el estímulo y la necesidad de rejuvenecer por haber sido deseado), y la bestial paliza que Chris Cooper, el coronel Fitts, le propina a su hijo son escenas que sin duda podrían dejar marca en el espectador contra estos magníficos actores. Cuando ves el filo de la navaja en cine comprendes al máximo la palabra compenetración, y es que tanto cineastas como actores son equipos de personas de otra pasta, gentes que bucean y exploran a profundidad abisal para llevar la luz a zonas oceánicas del ser humano en las que el sol no penetra, gracias a ellos podemos asomarnos y ver los recovecos del alma. Eso es exactamente lo que intenta atrapar Ricky con su cámara: la verdadera belleza, que evidentemente no sólo tiene que ver con la decoración.
Y una de las bellezas verdaderas que sólo puede dar el cine es la de unificar en sí mismo todas las artes, en esta ocasión la música prácticamente crea la estructura que nos va marcando el estado de ánimo de cada personaje, cuando Lester Burnham se siente íntimamente atraído por la amiga de su hija, Ángela Hayes, escucharemos la música que da paso a sus fantasías y que de inmediato nos sitúa en ese espacio de ensoñación, los pétalos de intenso rojo también nos acotarán dichas escenas. Las melodías suaves que a la hora de la cena pone Carolyn –música de ascensor, así las define su hija Jane- también marcarán la idea que Carolyn tiene de la armonía. Las canciones que cada miembro de la pareja escuchará por separado en su automóvil nos indicarán su distinta forma de despertar. Como os adelantaba, tras el millonario y chantajista despido, Lester vuelve al punto de partida en el que fue feliz como vendedor de hamburguesas. Carolyn por su parte se enreda con el rey del inmueble, a quien considera un triunfador.
La debilidad está prohibida y hay que disimularla o paliarla con el apéndice fálico y “tranquilizador” de las armas.
Las rosas de la “perfección” se hacen presentes como gotas de sangre en todas las escenas cumbre de la casa de los Burnham destacando sobre los suaves colores pastel.
La solución no consiste en que tu hija tenga que huir con un muchacho encantador pero camello aunque sea de droga blanda. Ni en que la crisis de los cuarenta se resuelva comprándote el coche que en realidad te gustaba a los veinte y que sustituiste por otro más acorde con el status familiar, ni fumando hierba ni poniéndote cachas, ni acostándote con alguien que triunfa, porque el éxito no se contagia, ni la evasión transforma.
Al espectador como al lector le gusta estar de parte de los personajes, sentir empatía por ellos y redimirlos para que se salven, y a menudo olvida que no siempre los protagonistas son lo que el director o el escritor quiere poner de relieve y en lugar preferente, a menudo sólo son la excusa que sirve para resaltar una situación anómala. En este caso los protagonistas no son víctimas ni culpables sino síntomas, el producto de un sistema equivocado que ni ellos ni nosotros sabemos como arreglar.
De hecho la película comienza como la crónica de una muerte anunciada, la voz en off del propio protagonista proviene de un espacio indeterminado que los espectadores no vemos, -quizá de transición entre los vivos y los muertos, la cámara enfoca las nubes y desde allí la voz, situada por encima del hormiguero humano, nos narra la historia del proceso evolutivo de Lester que la muerte finalmente no le ha dejado culminar, (Mendes escoge la misma figura narrativa que eligió Isabel Coixet en “Mi vida sin mí”). Al espectador le queda la tarea de hacer suyo ese final desmenuzando el significado. ¿Hacia dónde caminaría Lester si no le hubiesen asesinado?, ¿acaso le da tiempo a comprender el misterio de la vida  en ese breve intervalo hacia la muerte?, ¿es una reconciliación que resarce?, ¿el concepto del tiempo y el espacio desaparecen?, cuando te mueras lo sabrás, nos responde.
Mientras él fallece la pequeña Ángela se está quitando la máscara de maquillaje en el cuarto de baño para ser al fin ella misma. Jane ha dejado de ser adolescente e inicia su propio camino con Ricky, y Carolyn llora con amargura al comprender su ¿fracaso?, ¿dónde está el comienzo?, ¿dónde el fin? Ahí os dejo con esa tarea.
En el club de lectura estamos leyendo “Las correcciones de Jonathan Franzen” aún nos queda un buen trecho, pero os adelanto que es un bombazo literario que me tiene obnubilada por el despliegue de sinceridad, talento y renovación de la escritura de este autor tan honesto y tan valiente. No sé con qué criterio el azar va tejiendo lo que cae en mis manos, pero el vínculo de este libro con “Martín (Hache)” y con “American Beauty” es evidente, y mucho antes de que se filmase esta película, Clara Sánchez ya orientaba su parabólica en este sentido con “Últimas noticias del paraíso” para denunciar lo mismo, desde entonces tengo los ojos abiertos a la queja de todo el siglo XX.
Un abrazo y hasta el próximo encuentro.
Pili Zori

"MARTIN (HACHE)", película de Adolfo Aristarain


Hace mucho tiempo que creo que tanto en cine como en literatura se ofrecen demasiados placebos, drogas para la evasión, no me molesta si se presentan con sinceridad, -a menudo disfruto con series y comedias de situación que son lo que pretenden: un entretenimiento, una pequeña diversión sin más- pero sí me enoja cuando en formato de drama se entregan “películas” con trampas y estereotipos, sucedáneos que intentan equipararse a las honestas. Es precisamente la honradez lo que convierte en obra de arte una novela o una película. Tampoco estoy de acuerdo con que trabajos extraordinarios como “Martin (Hache)” se consideren crudos y despiadados, porque en mi opinión no hay nada más amado que lo que se mira con valentía. Quienes se asoman a los abismos anímicos buscan comprender y conectar con el otro en el núcleo de su verdad, y si te muestras, te muestras y si te entregas, te entregas, y en dicha entrega lo lógico es que aparezca la luz y la sombra, la grandeza y la miseria, lo patético y lo sublime, que de todo tenemos, pero como vivimos en espacios de apariencia y simulación pues esta clase de generosidad y conmiseración verdadera a menudo no se entiende. Creo que no hay que confundir lo sentimental con el sentimentalismo ni tampoco con la indulgencia, ser sentimental es tener sentimientos, buenos y malos, Aristarain no despoja de defectos a ninguno de los cuatro protagonistas, tampoco los redime, simplemente los explica, y además los quiere, eso nada tiene que ver con que cada uno apenque con las consecuencias de lo que hace.
La película no es una apología de las drogas, de hecho comienza con un susto que conduce al hospital a Hache, y sin ser la causa también es el arma en el suicidio del personaje más vulnerable, (dejaremos la identidad sin revelar para quienes aún no hayan visto el largometraje). Cierto que Dante (Eusebio Poncela) cree controlarlas, pero eso para el espectador es opinable, Dante bien puede estar sumergido en una etapa que después decida abandonar, de hecho me atrevería a decir que el nombre del personaje fue buscado a propósito por lo que tiene de divina comedia y de bajada a los infiernos. A mí personalmente las drogas siempre me dan miedo, no sólo las ilegales, duras, blandas… también me asustan los fármacos que a veces recetan los médicos psiquiatras –y perdón por quien se salve- como si fueran camellos, sin personalizarlos en cada paciente, he visto caer a muchas personas en un drama peor que el que tenían por no estar bien diagnosticados y sí sobre-dosificados tirando de receta sin que se les haya escuchado siquiera. El sistema neurológico y la fortaleza emocional son vulnerables, sobra aclarar que a otros doctores sin embargo sus pacientes les deben hasta la vida, curiosamente suelen ser muy humanos e implicados.
Cuando era cría vi un programa documental en el que se contemplaban los efectos provocados por el L.S.D. y me impactó tanto que se convirtió en un revulsivo. Y además no considero arte lo que se crea bajo las alteraciones de las drogas, incluido el alcohol. Pero, como otras veces he dicho en este mismo blog, recalco que mis impresiones son subjetivas. En los ambientes artísticos y también en los de la farándula hubo, hay y habrá mucho coqueteo con sustancias. La mayoría de los actores que habiéndolas consumido sale adelante es porque en un momento dado ha sabido apearse de ese tren, otros tristemente quedan atrapados.
Aclarado este punto pasamos a lo importante. Y lo importante en esta película es la relación entre un padre (Federico Luppi) y un hijo (Juan diego Botto) y la familia no consanguínea que gira a su alrededor. El amor busca los recovecos para manifestarse en todas sus expresiones, incluso en un padre que no ejerce como tal en apariencia, hermético, duro, con incapacidad -rayana en la mutilación- para expresar sentimientos, desagradable hasta rozar la misoginia, egoísta, de palabra ofensiva, que huye del compromiso, pero se beneficia de la compañía de Alicia (Cecilia Roth) creándole equívocos, o dejando que ella se confunda… y en ese caldo Adolfo Aristarain nos hace un retrato fidedigno de las emociones, los miedos e inseguridades… en definitiva de toda la complejidad y condicionamiento humanos.
Uno de los debates que suscita este film intemporal y universal con el que se identifica cualquier generación tanto en su etapa de adolescencia y juventud como en la de madurez es el de: “¿Qué quieren o esperan de mí los demás?, ¿qué busco y espero de los demás y de mí?”. La película habla sobre cómo plantear el propio futuro. Sobre los objetivos.
También revisa el error femenino de vivir en el deseo del otro, de ser o dejar de ser en función de si se es o no correspondida en el amor. Expresa lo que acarrea el hecho de poner el sentido de la vida y el bienestar propios en manos ajenas por muy queridas que sean.
Habla de amistad y de lo que se puede llegar a arriesgar o a perder con gusto por darle prioridad a ese íntimo y sagrado vínculo. La película define principios, describe la tristeza –iba a decir nostalgia pero no sería bastante- de quien se exilia obligado, de quien ha de irse de su lugar a la fuerza. Lugar, tu lugar… una constante en este director que escribió y dirigió “Un lugar en el mundo” y “Lugares comunes”, Argentina y España son sus lugares comunes, por eso el espectador no puede contener las lágrimas cuando Martín Echenique y Hache, su hijo, hablan de los tejados de argentina, y de que en España la gente no silba por la calle. El cierre es precioso, la mejor forma de comunicarse con su padre es en su idioma: a través de una cámara, sosteniendo un primer plano cuyo impudor, cuya timidez, encubre y protege la lente.
Hay algo enorme que el espectador desde su butaca intuye aunque no sepa descifrarlo y es la costura que une a los cinco, Adolfo Aristarain, Federico Luppi, Cecilia Roth, Juan Diego Botto y Eusebio Poncela, (los anteriores vinieron, pero éste último, Eusebio, fue allá durante un tiempo, para ser acogido, cuidado, curado, querido). Cecilia llegó a nuestro país con los suyos huyendo de la dictadura, tenía 18 años. Luppi se vio abocado a asumir un nuevo comienzo con sesenta abriles. Juan Diego es hijo del actor Diego Fernando Botto -desaparecido y asesinado durante la campaña de terror que infligió la dictadura de Videla en 1977-, y de su madre la famosa actriz y profesora de actores Cristina Rota que se vino para España con sus dos hijos, a los que después se añadiría Nur la hermana pequeña nacida de una nueva pareja (los tres son actores María Botto y Nur Levi). Me atrevería a decir sin riesgo a equivocarme que para todos ellos la interpretación además es un homenaje. Ninguno llegó aquí y besó el santo, sin embargo sus carreras son acomplejantes, hasta dos y tres trabajos en un mismo año y en los curriculums de todos ellos aparecen más de treinta largometrajes, añadiremos que se suben a las tablas del teatro, no sólo para interpretarlo también para escribirlo como en el caso de Juan Diego. A su madre le debemos el resultado de la preparación integral de muchos de nuestros mejores actores y actrices actuales.
Me quedé sin aliento cuando hace muchos años pude ver en el cineclub de la 2 “Tiempo de revancha” en un extraordinario ciclo de cine argentino. Adolfo Aristarain tiene la nacionalidad española por decreto real, el honor le fue concedido por reciprocidad, por su contribución a la cultura, y por hacer de puente entre Argentina y España. Ser cineasta sin industria es una labor de titanes y un “por amor al arte” nunca mejor aplicado.  Pocas vocaciones entregan tanto, las películas son carísimas, no sólo en dinero también en costes personales y por eso se merecen al menos la pequeña veneración que yo les rindo intentando ser una pizca consciente de su valor heroico a la hora de realizar cine.
Adolfo Aristarain escribe sus guiones dando fe de su magnífica pluma. Como buen escritor en lo único que no es permisivo es en que le cambien una sola coma de los diálogos. ¿A alguien se le ocurriría desprender una piedra preciosa de una joya para colocarla en otro sitio?, ¿cortar la mano del David para darle otro movimiento? ¿A que no? bueno pues con la escritura se le ocurre a todo el mundo, así que chapeau por su intransigencia y reivindicación señor Aristarain.
Este gran cineasta que trabajó como ayudante de dirección en más de 30 películas para muchos de los grandes directores españoles y argentinos antes de decidirse a regalarnos su propia obra, se define como artesano y alega que habría sido feliz trabajando para un estudio y que al acabar un rodaje de inmediato estuviera otro guión esperándolo. Le tiene cierto reparo al cine catalogado como de autor, sin embargo para una espectadora como yo, ese calificativo no contiene ningún ingrediente snob o peyorativo, más bien el de sello propio y voz personal, y él posee ambos, su cine no solo es reconocible, además es inolvidable.
Autor de corte clásico y contenido moderno con la humildad de los grandes directores de actores prefiere que nos fijemos en la decoración dentro de las escenas, mientras los protagonistas están en acción, porque no le gustan las postales ni que se note que hay alguien detrás que nos conduce la mirada.
“Martín (Hache)” se la dedicó a su hijo y sin saberlo y por extensión también se la dedicó a los nuestros.
He leído alguna objeción en internet al izquierdismo burgués de este director en cuyas películas sus personajes alardean de buena vida, buena comida y mejor bebida, buena lectura, buena música… y me gustaría contraponer a esa idea que no todo el mundo tiene que hacer la revolución en alpargatas, que ese concepto rezuma clasismo en sí, valga la paradoja, por ello desde aquí quiero recordar nuevamente el verso de la canción de Victor Manuel “Esto no es una canción”: …o aquí cabemos todos o no cabe ni Dios. No es burgués el que con su sueldo se compra una esmeralda, y mucho menos lo es el que lo arriesga todo, e incluso se arruina por entregarnos su arte, me parece superficial y una osadía negarle a alguien la capacidad de ser sensible por su adscripción política. Burgués, se dijo, es el que posee los medios de producción y por tanto el poder, los derivados vinieron después.
Para terminar diré que creo que hay muchas maneras no convencionales de “ser como es debido” y que está bien que nos las recuerden. Todos los miembros de este elenco incluido el director, se sacaron el corazón de la caja torácica y nos lo pusieron encima de la mesa. Aristarain, sabe mirar por dentro a los demás y a sí mismo, y sobre todo sabe escuchar el elocuente silencio que anida entre las pausas de una conversación, en las miradas, en los gestos, pero sobre todo es un maestro a la hora de diseccionar la zozobra interior.
Un abrazo y hasta el próximo encuentro.
Pili Zori

"ROJO", película de Krzysztof Kieslowski


Continuamos con Rojo, el hermoso epílogo de la trilogía. En esta película aparecen también los conceptos de libertad e igualdad pero el que se subraya especialmente es el de fraternidad, ese sentimiento que no requiere conocer al otro para solidarizarse, para empatizar, para amarlo.
La película comienza con la comunicación telefónica, sendos cables de colores entre los que predomina el rojo corren vertiginosos y juntos a la velocidad de la voz desde Ginebra y cruzan el Canal de la Mancha hasta llegar a Inglaterra, un distorsionado coro de Babel les acompaña. Allí está Michel el novio de Valentina (Irène Jacob) controlándole la existencia a través del hilo, manipulando su ánimo, haciéndola infeliz mientras se da la gran vida de país en país sin que ella le reclame ni demande explicaciones de con quién entra o con quién sale. Era premonitorio Kieslowski, pero no creo que hasta el punto de poder imaginar la dependencia telefónica a la que hemos llegado casi veinte años después de que él nos dejara, ya no padecemos aquellas ansiedades de no llegar a tiempo a coger el teléfono, o a no saber quién nos llamaba, sin duda las hemos sustituido por otras, la angustia de Valentina por estar en su casa a la hora exacta en la que ha quedado con su novio para recibir la llamada, su impaciencia al escuchar el teléfono detrás de la puerta que no puede abrir porque le han sellado la cerradura con chicle, una broma pesada: la protagonista ha posado para el anuncio de una marca de masticable cuyo eslogan dice “En cualquier circunstancia la vida puede ser frescor.” Kieslowski no escribía en vano: Valentina -o el poder de la inocencia- es el aire fresco y regenerador en cualquier circunstancia de la vida. La pompa que se infla y se desinfla en las fotos de las pruebas para el anuncio también tiene -como de costumbre en su cine- otras lecturas, y su cabello húmedo, y el gesto de tristeza y temor que el fotógrafo escoge para una valla publicitaria de ocho metros colocada cerca del mar, más tarde cerrará el vaticinio que durante todo el metraje barrunta y planea por encima de las cabezas del patio de butacas como una corazonada. El flamear de la sedosa tela roja vuelve a dar sentido a la personal forma que Kieslowski tuvo de interpretar el contenido de los tres conceptos de la bandera francesa.
Pronto el espectador verá de nuevo las constantes de este autor: el azar, los paralelismos, las coincidencias, los vínculos entre desconocidos que están juntos sin saberlo, en una tienda de discos, en una bolera, cruzando frente a tu ventana… predestinados por la decisión del juguetón azar. Kieslowski nos va dando algunas pinceladas informativas para que sepamos más que los protagonistas y esperemos con nerviosismo a que sus vidas se crucen al fin.
Valentina es una estudiante de ballet que de vez en cuando para financiarse desfila como modelo de pasarela o posa como he dicho anteriormente para algún anuncio publicitario. Es importante para el público saber que ella considera secundarias en su vida estas actividades, si tenemos en cuenta que otras chicas matarían por estar en su lugar, el detalle nos indica muchos de los rasgos de su personalidad que a lo largo del recorrido por el film iremos viendo desarrollarse.
Augusto (Jean Pierre Lorit) vive enfrente, tiene un perro negro, un coche rojo y oposita para juez, en su casa hay un lienzo apaisado con la figura de una bailarina, enseguida veremos a la protagonista ejercitando en un ensayo ese mismo movimiento, es posible que al espectador el paralelismo le pase inadvertido, pero Kieslowski abre las emociones por la puerta del inconsciente, y el dato ya está almacenado aunque aún no sepamos para qué sirve ni qué misión tiene. Krzysztof sigue dando esas pequeñas puntadas que de forma sutil van cosiendo la trama: la alarma del automóvil de Valentina suena mientras él espera –oteando por la ventana- la llegada de Karin (Frederique Feder). Su novia. Karin trabaja a tiempo parcial, informa por teléfono, de forma personalizada, sobre las previsiones meteorológicas del tiempo que va a hacer en cualquier país del mundo.
En el café restaurante del barrio, Valentina tiene la costumbre de meter una moneda en la tragaperras. Cuando no gana levanta el puño con alegría para transmitirle al camarero que no ganar es buena suerte -otra pequeña trasgresión del director, aunque nuestro refranero también comparte lo de “afortunado en el juego desgraciado en amores”- de hecho cuando sí obtiene el premio ambos se entristecen, en ese momento de la película ella sabe por qué: en un periódico aparece la foto de su hermano consumiendo droga, naturalmente este dato lo deducimos por el comentario sobre el parecido que le hace otro vecino, y que ella se apresura a negar. Las monedas de la mala suerte van a parar a un frasco grande que ya está lleno y en lo alto de un armario fuera de la vista. Así que con el azar y la suerte invertidas cuando estemos llegando casi al final veremos en suspenso los tres dúos de cerezas a punto de caer, y es que tal vez la verdadera buena suerte de unos tenga irremediablemente que ser precedida por la mala de otros, no sé, ahí dejo estas preguntas para que les deis vueltas, ¿es posible que haya un traspaso del karma dentro y fuera de la película?, ¿acaso lo inconcluso del pasado necesite del concurso de otros para resolverse?, ¿Augusto es el alter ego del inquietante y enigmático juez Joseph Kern (Jean Louis Trintignant)?
Dos estilográficas adquirirán protagonismo fundamental en los cierres de círculo. Con una se han dictado sentencias durante tres décadas, pero para la más importante, la del dictamen final, el máximo ejercicio de responsabilidad, la tinta dejará de funcionar; esta vez el imputado es el propio juez y la auto-denuncia se escribirá a lápiz. ¿Cuál será la primera sentencia que firme Augusto con su nueva pluma todavía sin estrenar? Los objetos al igual que en Blanco y en Azul, personifican y sustituyen el alma y las emociones de los protagonistas. Pero volvamos al comienzo.
Debido a las tensiones que el novio provoca en la bailarina, ésta se distrae tratando de sintonizar bien una emisora de radio en el coche y sin querer atropella a Rita, una perra que caminaba libre y suelta, ¿accidente fortuito, o consecuencia de las normas subterráneas del destino cuyas leyes aún desconocemos? En este tramo de la película nos encontramos con otro luminoso subrayado: la responsabilidad. Valentina mira en el collar la dirección de su dueño y así conducida por la perra conocerá al juez retirado que se dedica a espiar a sus vecinos pinchándoles los teléfonos, (más adelante el amago que tiene Augusto, el joven juez recién investido, de abandonar a su perro, nos pondrá el corazón en vilo, otro de los círculos paralelos que se cierran para plantear distintas opciones, dudas o pensamientos aunque los resultados finales sean los mismos, pero eso ocurrirá más tarde, no nos adelantemos).
De nuevo nos encontramos ante una falsa apariencia, partiendo de algo ilegal –las escuchas telefónicas- Kiesloswski nos va a introducir de lleno en el núcleo de nuestras contradicciones más profundas, de nuestros sentimientos más ambiguos, para que del oscuro conflicto nazca la luz; a partir de ahí se producirá uno de los duelos éticos más hermosos que se han visto en cine, el director nos coloca como jurado, y la tarea es ardua y difícil, pero sumamente aleccionadora, porque no se trata sólo de hacer lo correcto, sino de que los motivos también sean correctos, honrados, valientes y sinceros a la hora de dictaminar.
La juventud frente a la madurez, el desencanto frente a la esperanza y la bondad se pondrán en cuestión, al igual que la culpabilidad y la inocencia.
El juez nos recibe de espaldas, está situado de espaldas al mundo exterior, en un ambiente de descuidada guarida, sin embargo tiene la puerta abierta. El proceso evolutivo de los dos protagonistas al entrar en contacto es maravilloso, la luz nos irá indicando los turnos, ambos recibirán una iluminación drástica, mitad del rostro iluminado, la otra mitad en sombra -para señalar el lado oscuro que todos tenemos, el ying dentro del yang- cada uno estará a intervalos dentro de la luz y también en la oscuridad, Krzysztof Kieslowski les colocara a distintos niveles para que el espectador vaya comprendiendo la alternancia de la altura moral, unas veces la detentará el juez, otras la joven Valentina. Lentamente iremos comprendiendo que el juez es una figura mística y que quizá esté representando, por deseo del director, a una deidad profana, entonces una luz reveladora y cenital se derramará sobre ellos.
Pero antes Rita, la perra, habrá conducido a Valentina hasta una iglesia semivacía (la lectura para cada espectador será distinta. Como ya dije en Azul, el autor establece una relación íntima y confidencial con cada uno de nosotros y todas las subjetividades surgidas de esa experiencia son válidas y genuinas, para mí la entrada de la perra en la iglesia con Valentina preguntando por ella representa el “aquí no está necesariamente la verdad sino los preceptos de una religión”), la perra sale de inmediato para llevarla de nuevo a la casa del juez, ¿tal vez un templo más acorde con la vida actual en el que se hace necesario el examen de conciencia? Y tras esa pregunta, el film nos plantea otras como: ¿Es lícito intervenir en otras vidas?, ¿inevitable?, ¿es un acto de vanidad extrema erigirse en juez? (Curiosamente y como nota al margen diré que como las obras de arte se hablan entre sí fue inevitable para mí recordar la película “La vida de los otros”, en la que las escuchas y el Este también estaban presentes).
La protagonista ayuda por fin a la señora reumática que no alcanza a introducir la botella en el contenedor de reciclaje, en Azul la ensimismada Julie no lo hace, en Blanco Karol además se ríe y tampoco la socorre.
Estéticamente la película es preciosa, y repite las constantes de Kieslowski, un desfile alrededor de lámparas de cristal colocadas a la altura de las modelos vuelve a inundarnos de destellos diamantinos desde todas las facetas, tantas como puntos de vista y enfoques tiene la vida, también la trasgresión es bonita porque no siempre hemos de ser iluminados desde arriba, la luz también puede estar situada en plano de igualdad con nosotros y a nuestro lado. Los cristales rotos se repiten, en esta ocasión son de vasos y vasijas, el líquido que se desborda, a veces en connotación fálica y onanista como el de la tetera, otras como fragmentos de alma rota sobre una mesa de billar… de nuevo el juego, la suerte y el azar con significado kieslowskiano marcando el paso de nuestras vidas, los vidrios transparentes, de ventana de casa o de coche aparecen como barreras parecidas a la lente por la que el director contemplaba y estudiaba la existencia. Y de nuevo la vida y sus paralelismos: al igual que en Azul y la rata con sus crías, Rita que ha estado a punto de morir espera siete cachorros, uno será para Valentina.
El Juez sale de su ratonera y en un teatro, el gran teatro del mundo, él abajo y ella arriba con los brazos extendidos y las manos enlazadas –al igual que en Azul y en la alberca lo hicieron Julie y su vecina- se confabulará el destino para enmendarle la plana a lo que se estropeó treinta y cinco años atrás. Aquel muchacho al que le hicieron en el examen la pregunta que “casualmente” apareció en la página que quedó a la vista al caer el libro desde una de las gradas de ese mismo teatro, resolverá hoy y ¿reencarnado? en otro, tres décadas después, el amor inconcluso que ahora envuelto en rojo ha traído Valentina. Como os decía en las dos entregas anteriores el director creía en las segundas oportunidades y en este caso llega a romper las barreras temporales para que dicha oportunidad se produzca (también en esta parte me resultó inevitable recordar la preciosa novela de Elia BarcelóEl secreto del orfebre” sería tan hermoso que ningún amor fuera imposible).
La mujer infiel que ambos jueces encontraron con un hombre en medio de sus piernas abiertas morirá en el yate de recreo junto a su nuevo amante, porque las razones importan y también los motivos. Kieslowski condenó la avaricia y el deseo de consumo, del triunfo económico y de apariencias, tan occidental, y a cambio premió la honradez de Valentina que al responsabilizarse de la perra y devolverle el dinero del veterinario resucitó en el juez la fe en el género humano. Todos nuestros actos tienen consecuencias, por ello es importante no efectuarlos a la ligera. La protagonista tropieza cada vez que se equivoca, la imagen es muy explícita.
El final, como ya anuncié en la entrada de Azul, es precioso: el autor salva del naufragio a los protagonistas de las tres películas. Los pronósticos meteorológicos fueron mentira.
Un abrazo y hasta el próximo encuentro.
Pili Zori

"BLANCO", película de Krzysztof Kieslowski


Kieslowski aprovechó el color blanco de la bandera francesa para reflexionar junto a nosotros sobre el concepto de igualdad, en este caso su crítica fue bastante atroz, y su triste carcajada, ciertamente sardónica, como ya os anunciaba en Azul al presentar la trilogía. El planteamiento de igualdad le pareció imposible entre el Este y occidente, la hegemonía la detenta el que más tiene, y el capitalismo exacerbado, deshumanizador y “cosificante” se ha extendido como una gran tela de araña que obnubila el pensamiento, el arácnido de enormes patas ha inoculado en nuestras mentes el veneno que sólo nos permite pensar que el triunfo económico es el que sirve, poder adquisitivo para consumir de forma adictiva y enfermiza cosas y más cosas que nos siguen dejando frustrados porque no sustituyen la tan ansiada felicidad que en ninguna escuela nos enseñan a conseguir; ni siquiera lo comprado, lo adquirido son sucedáneos de satisfacción inmediata, y lo efímero de su vigencia vuelve a crear la inseguridad y la necesidad de nuevas dosis cada vez en frecuencias más cortas. Tampoco el sentimiento europeo es el mismo, y si Kieslowski viviera derramaría en su cine lágrimas muy amargas: países de su cultura troceados y vendidos, una generación joven desarrollada en unas tierras sin ley, azules ojos, pieles blancas y labios rojos de mujer vendidos al peso para el capricho insaciable del poder hegemónico y sin escrúpulos de los que exclaman “porque me lo puedo permitir”, todo se vende y se compra en la Europa de hoy y la mercancía humana cada vez es más barata. ¡Pobre Krzysztof! Qué corto te quedaste con el amor rencoroso, vengativo e imposible entre Karol y Dominique, dos corazones, uno polaco y otro francés, sin posibilidad de enlace.
Cuando cayó el muro seguramente para muchos supondría una liberación, pero también para otros muchos una nueva decepción, ni en el Este ni en el Oeste se ataban los perros con longanizas, desgraciadamente nunca se fusionan las cosas buenas de cada lado, el que más puede invade, impone sus normas y sanseacabó. Pero retomemos la trama.
Karol (Zbigniev Zamachowski), un gran peluquero polaco de prestigio, en un concurso de Budapest se enamora perdidamente de Dominique (Julie Delpy) una avariciosa y materialista modelo; también en Francia Karol obtiene sendos premios por su talento y regenta una glamurosa peluquería, más adelante veremos cómo se desprende de sus diplomas tirándolos a las vías del metro, toda su vida y sus anhelos cayendo por la borda, aunque estos datos que estoy desvelando y desbaratando el director nos los entregó con sutileza y cuenta gotas para mantener la intriga, me atrevo a desentrañarlos porque aunque la trama es importante, siempre os recuerdo que en este blog lo que pretendo es que el encuentro se produzca con el libro leído o con la película vista, aún así procuraré guardarme algunos detalles reveladores. Nada más casarse Karol se vuelve impotente y no puede satisfacer a su esposa –el autor asocia a propósito la virilidad con el poder para que el espectador obtenga las dos lecturas sobre el concepto de impotencia-. El protagonista no domina la lengua y eso le coloca en desventaja, al no quedar satisfecha sexualmente Dominique, resentida solicita el divorcio, el obstáculo del desconocimiento del idioma ya queda patente en el juicio y pronto Karol pasa a ser un inmigrante sin derechos para la justicia francesa. Tras el divorcio llega la pérdida de bienes, de tarjetas, de pasaporte… y Karol queda en situación de ilegal. Él aún conserva la llave de la peluquería y pasa la noche allí, Dominique con todas las circunstancias a su favor incendia el local denunciando que ha sido él para perderle de vista. A Karol no le quedará otro remedio que plantearse el huir a su país.
En el metro se dispone a mendigar haciendo música con un peine sobre el que pone un pañuelo de papel, la pieza es una conocida melodía polaca y al oírla un compatriota, Mikolaj (Janusz Gajos) se detiene a su lado, pasan la noche juntos en los bancos de la estación, él le muestra fuera de la boca del metro el balcón de la que ha dejado de ser su casa, unas sombras sospechosas le hacen comprender a Mikolaj que la ex esposa no está sola y así se lo sugiere al ingenuo Karol. Con su última moneda llama desde una cabina y Dominique, en el colmo del paroxismo vengativo, le retransmite un apoteósico orgasmo, la cabina se traga sus últimos dos francos que él le reclamará al taquillero con agresividad verbal desesperada. Mikolaj es jugador profesional, de nuevo los juegos de azar determinan la partida crucial y la apuesta es alta, Mikolaj aprovechando la lamentable situación de Karol le propone un trabajo: por una gran suma de dinero debe quitarle la vida a alguien que está cansado de sufrir y de vivir, hay una conversación en la que se comparan las situaciones y Karol manifiesta su incomprensión y desacuerdo ante un hombre que lo tiene todo y sin embargo quiere morir, es posible que también en este punto del metraje se produzcan otras lecturas, (el anónimo polaco que desea acabar con su vida bien pudo representar para el cineasta a la vieja y moribunda Europa del Este, desilusionada por la pérdida de objetivos e ideales). Por si acaso no os desvelo los resultados de dicho plan, sólo diré que de nuevo la frontera entre lo ético y lo delictivo queda difuminada y de estar a punto de morir, la situación pasa a convertirse en un hermoso canto a la vida gracias a la fraternidad, al cariño y la amistad hacia otro ser humano, el contacto físico, el abrazo, el estrechamiento de mano sellan el vínculo, al igual que Julie lo selló con su vecina, con Olivier y con la señora que cuidaba de su antigua casa, lo mismo que en Rojo en el teatro lo lacraron el juez y Valentine, en ese único contacto físico en el que ambos extienden sus manos.
Al comienzo de la película vemos una gran maleta que da vueltas en un aeropuerto, es un salto hacia delante, flashforward, que más tarde se desarrollará, la entrada y salida de ambos países no se produce por vías legales ni naturales. De nuevo en Polonia Karol sólo vive para su obsesión: recuperar el amor de su ex esposa, hasta allí se ha llevado una escultura que se la recuerda -otra vez vemos la reconstrucción a partir de los pedazos- la figura se rompió en el viaje como su reciente pasado, pero él la recompone, reconstruir a partir de la pérdida es una constante de la trilogía, renacer de los pedazos como el Fénix renació de sus cenizas. También entran en Polonia los dos francos que en un momento dado quiere arrojar al agua pero se le pegan a la palma de la mano, la mentalidad de un país se introduce en el otro, en ese instante Karol comienza a urdir su plan de amor y venganza, estudia por las noches el idioma francés hasta quedar exhausto –son interesantes las frases que escuchamos, palabras de amor y de deseo que de nuevo proponen otras interpretaciones interiores- busca el dinero sin escrúpulos, y los nuevos aires de especulación entran en Polonia, dos grandes almacenes, Ikea y Harnic, están interesados en unas tierras concretas en las que asentarse y él aprovecha la oportunidad de un macutazo para adelantarse y llevarse el gato al agua.
Creo que una de las pautas para el debate sería en qué bases ha de sostenerse la igualdad, imagino que contestaremos al unísono: que en la dignidad humana y no en el poder adquisitivo.
La película está llena de los símbolos y las constantes de Kieslowski: las cartas, Mikolaj le pide a Karol en la estación de metro que escoja 13 cartas -el 13 es número de mala suerte, por Judas supongo- de nuevo el autor pone en entredicho cuál es la buena o la mala suerte, las cartas la dan y la quitan. En esta ocasión se añaden además las palomas, una de ellas antes de entrar en los juzgados le dispara su gran plasta sobre la solapa de la chaqueta como un mal augurio, si esos pájaros representan la liberté, mal asunto, (allí vemos como Julie, (Juliette Binoche) la protagonista de Azul, abre la puerta en el mismo instante en el que ella estaba buscando a la amante de su marido, acabamos de completar el otro lado de la puntada, la aguja sale, el final del pespunte se cerrará en Rojo con un precioso remate). Las palomas volverán a hacerse presentes en los recuerdos de la boda, la pantalla se llena de resplandor blanco con texturas de gasa y tul, su zureo acompañará a Karol y a Mikolaj en el metro, y también aparecerán en un vertedero polaco al que es arrojado de una brutal paliza Karol, el símil es de enorme dureza, esas aves urbanas tal vez representen los deseos de libertad y los sueños de desarrollo con los que ambos compatriotas llegaron a Francia.
El color blanco en este largometraje siempre es helador y va representado por la nieve, sólo en una ocasión, tal vez la más hermosa, se vuelve cálido, cuando los dos amigos completamente liberados por la amistad más profunda patinan por el hielo gritando y riendo pletóricos. Cuando vayamos llegando al final, al igual que ocurrió con Azul en la que el color blanco empezaba a hacerse presente, el rojo comenzará a aparecer, Dominique va envuelta en una colcha roja, la que ha cubierto el lecho en el que ha vuelto a sentir el placer que le proporciona el nuevo y poderoso Karol, ahora en Polonia, la débil es ella.
Nuestro cine-fórum camina a buen paso, supongo que no será casualidad que esté situado en donde se encontraba la Terraza Imperio, aquel cine de verano que tantos y gratos recuerdos nos trae, yo no me había dado cuenta, una de las compañeras nos lo recordó, creo que estar sobre sus cimientos sin duda nos estará ayudando. Un abrazo y hasta el próximo encuentro.
Pili Zori