"Bagdad Café", película de Percy Adlon


Sólo con escuchar “Calling you”, la hermosa canción compuesta por Bob Telson e interpretada por Jevetta Steele ya te transportas hasta el desierto de Mohave siguiendo el mandato cósmico de las dos luces que Rudi Cox (Jack Palance) plasmó en el cuadro que está en la habitación que acogerá a Jasmín (Marianne Sagebrecht) en el café restaurante Bagdad que además es motel de carretera. Rudi Cox es un veterano pintor y decorador de los grandes estudios de Hollywood que actualmente se hospeda en él.

El destino es caprichoso y a veces te lleva a encontrar tu lugar en el mundo en el espacio más insospechado y tras la peor circunstancia que pudieras imaginar: Un matrimonio bávaro va camino de Las Vegas en viaje de placer. Protagonizan una pelea y Jasmín, la esposa, se ve abandonada en medio de la nada y rodeada de la inmensidad del desierto. Sus agotados y calurosos pasos de zapatos y ropa inapropiada la conducen arrastrando una maleta hasta el café restaurante que dirige Brenda (CCH Pounder), ella también acaba de despedir a su marido, así que ambas mujeres sin saberlo se encuentran en situación parecida. Al principio desconfían la una de la otra, (es interesante ver los pensamientos e imaginaciones prejuiciosos de ambas porque nos hacen reírnos de nosotros mismos), ellas no saben todavía que tienen mucho más en común de lo que les separa.
Jasmin ha tomado por equivocación el equipaje del marido, pronto descubrirá que no contiene su ropa de mujer y que sólo dispone de cheques de viaje. Desde ese punto de partida, completamente hostil al comienzo, surgirá una de las historias de amistad y amor más bella, transgresora y original que ha dado el cine. Es enternecedor el pasaje en el que la bávara le limpia y distribuye los enseres de la oficina a Brenda para que se sienta más feliz, y ella le pide que vuelva a dejarlo todo como estaba, naturalmente a medio camino de reproducir el basurero anterior frena. A continuación vemos el efecto y cómo Brenda se siente más ubicada, Jasmín le ha otorgado ese valor. Con el mero gesto de organizarle un poco el espacio también le ha colocado la vida, su nueva vida sin marido. Y así, de confrontación en confrontación, más o menos dolorosas, las dos mujeres se irán aproximando entre el café alemán concentrado y el americano aguado. Tal vez en la dosificación de un mismo líquido esté el sabor de las culturas, y algo tan simple como añadir o quitar agua a la infusión produzca el entendimiento y la comprensión, porque al final la vida y la convivencia puede que sólo sean una cuestión de paladar.
El hijo de la malhumorada Brenda es un pianista de talento insólito, Salomón (Darron Flagg), amante de la música clásica austriaca y alemana a quien su madre hace callar por si molesta a los clientes. La llegada de Jasmín al Bagdad también para él será providencial. El espectador ve que el talento emerge en cualquier parte y sin necesidad de estímulos que lo cultiven. Pronto sabremos que el bebé que cuida Brenda es su nieto e hijo de Salomón, la madre no aparece por ningún lado, dato inusual con respecto a la custodia, porque el director ha jugado con nosotros que invariablemente le estábamos atribuyendo la maternidad a Phillis (Mónica Calhoum) la otra hija de Brenda, una chiquilla a quien hemos visto subirse a los camiones que van a repostar a la gasolinera del Bagdad. Está bien que Percy Adlon, el director, nos rompa los esquemas, porque los camioneros que acogen a Phillis son gente amiga y fiable, clientes habituales, y sus vehículos el único medio de transporte de ida y vuelta hasta ese lugar perdido en medio de la tierra yerma, ya os decía que la película es bondadosamente transgresora: la rolliza Jasmín, por ejemplo, enamora perdidamente a Rudi Cox que sin duda a lo largo de su vida se habrá saturado de mujeres esbeltas. Poco a poco ella se va desnudando ante sus pinceles, y esa ruptura de los cánones de belleza convencionales, al menos para mí, merece una ovación larga y cerrada.
Percy Adlon
El Bagdad se llena de magia, magia real y también de la de truco y efectos porque Jasmín a ratos y en la soledad de su cuarto se entretiene en aprender con uno de los juegos que traía la maleta y termina aplicándola entre los clientes, la novedad se extiende por las emisoras de los camioneros y los llenazos en el café restaurante son diarios.
Un boomerang nos vaticina al mismo tiempo el buen y mal augurio: Jasmín, aunque nadie quiera pensar en ello, tarde o temprano tendrá que marchar, pero ¿volverá?
La película es del color del sol y de la tierra con los matices cálidos y borrosos que desprende la carretera para subrayar el aura mágica, pero también es nítida en los contornos que bordean las siluetas en la gama de color de las bruñidas pieles que va desde el cremoso rostro de Jasmín hasta los distintos y suntuosos chocolates del de Brenda o los de sus hijos pasando por el más ruboroso de los indios representados por el camarero y el sheriff que no ha renunciado a sus trenzas, y es que Américas y americanos hay muchos.
La imagen de la bávara de piel translúcida y marfileña con el nieto de Brenda en brazos, un delicioso bombón, no puede ser más bonita, tanto como la del encuentro final entre ambas enlazadas por la cintura, ¿final o principio?
La vuelta de Jasmín con ropa blanca, ligera y fresca contrasta y cierra el precioso círculo como una paloma en vuelo. Cuando apareció por vez primera vestía con un agobiante traje oscuro y grueso, el único que tenía, y que con extraordinario ingenio fue combinando con la ropa del marido a la fuga, para crear conjuntos llenos de encanto.
Necesitamos fábulas como ésta que coloquen en su lugar la verdadera belleza. Deseos perseguibles y posibles porque no hay nada más bonito que pronunciar la frase ¿Y por qué no? Es la única que convierte en realidad los sueños.

***

Y siguiendo con la magia os contaré que en nuestro club de cine me ocurrió algo curioso: una de las compañeras más calladas y discretas puso en mis manos un dvd del que se sentía muy orgullosa “el guión es de mi hija” –me explicó- mientras a la vez añadía “salen muchas de las películas que nos has ido poniendo, y hablan algunos de los directores que nos has explicado”.
Cuando vi el contenido en casa se me puso el vello de punta: el dvd se titula “Edward Hopper, el pintor del silencio Realización de Carlos Rodriguez, Guión de Raquel Santos y producción de Isabel Lapuerta.
Hopper retrató como nadie la vida cotidiana estadounidense además de la soledad, sobre todo la de la mujer. Nació el 22 de julio de 1882 y murió el 15 de mayo de 1967. Entre su poética pintura y el cine se produjo una simbiosis en la que es difícil distinguir la frontera porque se ha diluido. El cine se inspiró en sus cuadros y él también se inspiró en el cine. Sus obras son como extraordinarios fotogramas de óleo o de acuarela, lujosos story books de luces frías y cortantes sobre lienzos, forzadas para expresar mejor las emociones.

El magnífico documental en efecto contiene escenas de “Lejos del cielo” -como me anticipó la madre de Raquel Santos-, la música de “American Beauty”, también hace referencia a “La joven de la perla”, a “Bagdag café”… y me alegré mucho por la coincidencia, al fin y al cabo no he seguido un canon a la hora de elegir las películas, han sido ellas las que me han ido buscando, pero está claro que lo bueno se abre paso por sí mismo y se coloca por su propio orden y a nosotros sólo nos queda saber apreciarlo.
El documental es impresionante por toda la búsqueda de paralelismos y similitudes entre pintura y cine, lo forman escenas con exactitud de calco entre el cuadro y la pantalla. Un trabajo ímprobo y eficiente que intuyo de enorme dificultad y gran cinefilia, pero sobre todo lleno de inspiración porque tal como está ensamblado es un canto que demuestra al espectador que el buen cine es pintura en movimiento. La composición está llena de lirismo, el  bellísimo homenaje a Edward Hopper al que se puede ver en una de las pocas entrevistas televisivas que concedió, es impagable y surge en blanco y negro, justo en el centro, como meollo, tras haber sido arropado y envuelto con toda la explosión de su color.
Aparecen compartiendo impresiones y experiencias grandes directores de fotografía de quienes a lo largo de este blog he ido hablando y críticos de arte de la altura enorme de Francisco Calvo Serraller… En fin es una joya indispensable para cualquier amante del cine que se precie y prefiero que lo constatéis por vosotros mismos.
"Automat" (Edward Hopper)
Dentro de la carcasa había un recorte de periódico con una reseña de Carlos Boyero perteneciente a su columna “El voyeur” que databa del 20 de abril del 2006 y que curiosamente aludía a la elección de Papa. Por un instante me hizo dudar de la fecha que el papel envejecido me aclaró de inmediato, qué casualidad que el día en el que leí dicho artículo estuvieran eligiendo nuevo Pontífice, pero esta vez en 2013.
“Habemus Edward Hopper”, lo tituló Boyero en un magnífico artículo que finalizaba diciendo: “Programas como éste, realizados al margen de fenicios y de audiencias, hechos con cerebro y corazón, a mí me compensan de pagar por ver la tele”.
La sorpresa me la llevé cuando al comentárselo a mis hijas  pensando que el documental le interesaría especialmente a Raquel, la menor, porque sé que le emociona Hopper en toda su trayectoria, -no sólo como pintor, también en su etapa publicitaria- fuera sin embargo Sara, la mayor, la que cuando dije: “el guión es de Raquel Santos, no sé si la conoceréis, es de aquí” rápidamente exclamó: “¡Ah, sí!, estudió conmigo en la Complutense aunque iba a otro curso, es algún año mayor que yo” -ambas se licenciaron en comunicación audiovisual- “Es muy maja” -prosiguió- (por aquí, las expresiones como “majo o maja” son sinónimos de buena gente),  “además de guapa”-añadió- esto último no he podido confirmarlo porque no aparece su rostro en ningún rincón de internet, o no he sabido buscarlo. Por lo visto Sara y ella habían coincidido en más de una ocasión con amigos comunes.
Me alegro de que el mundo sea un pañuelo y nosotros un receptor que va captando emisoras. El arte, como siempre he dicho, busca caminos y estos terminan confluyendo en el mismo canal que los sintoniza. Cuando en sesiones anteriores debatíamos sobre el cine de Kieslowski hablábamos de cuántas cosas ocurren a nuestro alrededor, sin que lo sepamos, que sin embargo nos atraen y nos vinculan. Y por ello es un honor que aquí, en Guadalajara, haya una buena cantera de creativos y es de justicia decirlo.
Un abrazo y hasta el próximo encuentro.
Pili Zori

"La puerta", de MAGDA SZABÓ


Un curioso valiente y difícil acto de contrición. Son muy abundantes las ocasiones en las que la literatura, el teatro y el cine han tratado la relación entre una trabajadora o trabajador del servicio doméstico y la persona que les contrata, y siempre lo ha hecho de forma interesante y reveladora, quizá el cineasta Joseph Losey que realizó “El sirviente” y Harold Pinter -el dramaturgo que adaptó para él su magnífico guión- sean los autores de la obra que más se aproxima a “La puerta” por la aparente inversión de poderes. Series como “Arriba y abajo”, directores como Buñuel… se han valido de la excusa para analizar la sociedad desde el interior de la vida privada, con dos puntos de vista encontrados, y  es que resulta complicado y contradictorio guardar distancias con alguien que mete en la lavadora tu lencería sucia.
En la escritura de autores europeos nacidos antes de la segunda guerra mundial siempre encuentro un poso de tristeza y de experiencias que desgraciadamente, y también por suerte, otras generaciones no compartimos salvo por la capacidad de empatía. Si además añadimos que hubo un este y un oeste en tan diminuto espacio con formas tan diferentes de entender la convivencia, la economía, el reparto de la riqueza de un país y su distribución social -es decir capitalismo frente a comunismo- sólo nos queda escuchar con respeto e interés la explicación de los sentimientos y avatares que se produjeron entre esas personas de territorios tan próximos que sin embargo creyeron estar tan distantes. Por ello no es extraño que yo haya querido entrever, sobre todo al comienzo de la novela, el enfrentamiento entre dos mundos cercanos, el de  Emerenc, “la criada” cuyos principios se basan en la valoración del trabajo obrero y manual -“la vida se divide entre los que barren y los que no”, nos dice la protagonista-  y el de la “señora” escritora represaliada y proscrita en otro tiempo, es decir: burgueses y obreros, como si necesariamente pertenecieran a ambitos irreconciliables; sobra decir que se puede ser intelectual y empleado al mismo tiempo, o de origen burgués que pone al servicio de la comunidad sus privilegios y en ese caso dichas prerrogativas dejan de serlo. Es evidente que ahí se halla el error: en las divisiones y conceptos verticales de los que en tantas ocasiones hemos hablado en el club de lectura y en este mismo blog, vivimos juntos y también revueltos nos guste o no.
En esta novela se pone a prueba la tolerancia entre una persona creyente y otra atea, y los contrapuntos son clarificadores para ambas. También se contrastan dos temperamentos muy distintos, uno dulce y otro brusco. Muchas de mis compañeras fueron condescendientes con el carácter de Emerenc, desabrido y dominante y lo justificaron con la dura vida que había llevado. Otras, sin embargo entre las que me encuentro, no aprobamos ese modo de relación tan drástico y de pataleta, hosquedad e imposición, pero quizá sea injusto pedirle modales a una superviviente cuyas vicisitudes la han puesto a la defensiva y conducido de forma inexorable hacia la desconfianza en los poderes establecidos, como iglesias y gobiernos, pero no hacia la pérdida de fe en las personas. “Por sus hechos los conoceréis”: Emerenc a su modo brutalmente sincero e injerente transmite un mensaje pacifista en el que se antepone al ser humano sin distinguir su ideología, de hecho dio refugio a un nazi y a un ruso condenados a entenderse. ¿Acaso sabía dar pero no recibir?, ¿o esa fue la excusa que buscó la "señora" por no haber estado a la altura el día que la puerta que le habían encomendado guardar fue abierta a patadas mientras ella daba prioridad a su entrevista en televisión?, ¿la de que Emerenc no se dejaba ayudar? El lector atisba en las páginas la entonación del mea culpa pero con autojustificación velada, como si no fuera una confesión y arrepentimiento rotundos sobre ese sentimiento de responsabilidad incumplida que atenaza a la escritora a quien la criada amó como una madre, abroncandola, eso sí, ese era su desagradable modo de manifestar el protector afecto con el que siempre quiso preservarla y protegerla de la ingenuidad de su mundo de libros –según ella, claro está-, si no hubiera despreciado a los intelectuales sin duda esta mujer de visible inteligencia y acertados razonamientos bien podría haber estado entre ellos.
La puerta a la que se refiere la novela es la del alma, la de la intimidad, la que abre para dejar paso o para impedirlo. Y la llave, todo un alegato psicoanalítico y subliminal que nos hace reflexionar. Lo que la puerta guardaba tras tantos años, el tesoro que Emerenc escondía y cuidaba con tanto celo para que lo heredase la única persona que sería capaz de apreciarlo: su escritora, su niña-señora, su hija adoptada en su corazón, eran esos muebles decimonónicos de barrocos terciopelos y suntuosos oros. Esos maravillosos bienes finalmente se derrumban carcomidos para volverse polvo. El mensaje no puede ser más contundente.
Otra preocupación de Magda Szabó era la vejez, ya la trataba en profundidad en “La balada de Iza”. En el club nos preguntamos sin hallar respuesta cómo llegar hasta la última etapa sin perder la dignidad, y qué entendemos por digniddad, tal vez estemos confundiendola con soberbia y orgullo. ¿Cómo vamos a estructurar la ayuda cuando necesitemos que nos limpien el culo en esta sociedad que está barriendo lo poco que había para ese menester solidario y estatal?, ¿se va a depositar de nuevo la responsabilidad sólo en la familia? –una familia que ha cambiado, por fortuna, gracias a la incorporación de la mujer al trabajo- ¿qué vamos a hacer ahora?, ¿sacar de nuevo del ámbito laboral a la mujer para que se ocupe de sus mayores sin saber? ¡Qué egoísmo tan grande el de los gobernantes del mundo entero a los que nos les falta peculio para ponerle una enfermera o dos o tres a sus padres! La gente mayor está muy asustada, hay personas solas, por soltería o porque tienen los hijos lejos o por montones de causas, ¿hay que desampararlos? O conciliamos esa parte de la vida o España tampoco será un país para viejos.
La novela de Magda Szabó artísticamente me ha parecido extraordinaria, bajo su apariencia de sencillez se encuentran los cimientos emocionales de Hungría tan tristemente avasallada a lo largo de la historia, tan dañada por el nazismo y también por el estalinismo, eso sin remontarnos a otras etapas anteriores más lejanas. Tal vez se me nota demasiado que amo la literatura europea de estos contornos cercanos al muro, Sándor Marai aún da vueltas en mi cabeza desde que ambos tuvimos “El último encuentro”, allí se juntó con Stefan Zweig que llevaba más tiempo. Desde que descubrí con 13 años “Impaciencia del corazón” no me ha abandonado, se me grabó con fuego esa manera tan honda e introspectiva de sentir y también de exteriorizar, a ellos se unió Hermann Hesse y su “Lobo estepario” que me dio la vuelta a los quince, y que aún me la sigue dando… Para mí el hiperrealismo lo detentan los norteamericanos, especialmente los sureños, el barroco los sudamericanos, y la esencia poética los europeos, entendiendo por poesía lo sucinto del lenguaje, el saber decir lo máximo en lo mínimo. Seguro que acabo de proferir una barbaridad para la ortodoxia literaria, pero no hablo de siglos de oro ni de épocas ni estilos sino de algo más sonoro que me entra por los oídos y por los ojos de  lectora contemporánea y que me da el soberano derecho a percibir el arte como me parezca, al fin y al cabo es mi experiencia personal con los libros y sus autores.
Un abrazo y hasta el próximo encuentro, espero que no sea el último, como el de Marai sino el preludio de muchos más.
Pili Zori

"Las correcciones", de JONATHAN FRANZEN


¿Qué os gustaría corregir de vuestras vidas? ¿Qué creéis que no debieron corregiros nunca? Y a la inversa ¿qué pensáis que no os corrigieron debiendo haberlo hecho? ¿Qué cambiaríais de la sociedad en la que vivís? ¿Qué comportamientos detestáis y cuáles valoráis? ¿Qué conductas os oprimen impidiéndoos ser felices? ¿Habéis conseguido llegar a ser vosotras mismas? ¿Os han dejado serlo? ¿Oímos los dictados de nuestro corazón y de nuestra conciencia o los enterramos en la aprobación de los demás, en los convencionalismos o en las presiones sociales? ¿Escuchamos realmente y en profundidad los deseos y necesidades de los otros?
¿Qué corregiríais de cada uno de los personajes?

Así emprendíamos en el club la lectura de esta extraordinaria novela, en la que entramos hace un mes y medio para salir de ella sin ganas considerando a Enid, Alfred, Gary, Chipper, y Denise gente de nuestra familia a la que gracias al autor hemos conocido más y mejor que a nosotros mismos y que a quienes nos rodean.
Jonathan Franzen nos ha metido en un círculo de espejos para que reflejen incluso las partes que nunca podemos vernos, y además ha diseccionado nuestras almas aplicando el escáner y la resonancia magnética. El artífice, el experto a la hora de diagnosticar ha sido un narrador omnisciente que se ha acercado de forma peligrosa a los abismos de los personajes con luz de catéter para no dejar a oscuras ni uno sólo de sus recovecos, ha escuchado detrás de la cortina, bajo la ventana abierta, ha mirado por el ojo de la cerradura, y se ha colado en los pensamientos que nadie muestra.
En tantos años como llevamos juntas, creo que esta novela ha sido una de las que más nos ha extraído las preocupaciones sobre las relaciones humanas y sociales, sobre el vacío de estructuras para la vejez… no sólo hay que conciliar la vida familiar pensando en los hijos cuando son pequeños y en la etapa productiva, hay otra que está sin definir, sin hacer, la vejez. La lectura de este libro nos ha obligado a ser valientes, a aguantar el escozor con el balance vital –como decía una de mis compañeras- a abrir un debate tras otro –como expresaba otra de las más jóvenes- a poner contrapuntos generacionales sobre una misma situación, nos hemos visto como pareja, como madres y como hijas, como hermanas, como nueras y como suegras, -como hermanas durante la etapa nuclear de la familia, y también después cuando se divide la célula y cada uno de los hijos establece su vida fuera del hogar paterno y materno-. El autor nos ha puesto delante las distintas orientaciones sexuales y nos ha hecho reaccionar frente a ellas desde la intimidad, no desde lo que manifestamos en público. Ha colocado en la balanza la belleza y fealdad de nuestro interior y todo ello con el telón de fondo actual haciendo un análisis político del mundo en presente, mientras los acontecimientos están sucediendo, porque con perspectiva histórica es fácil hacer estudios, pero tener radar para comprender tu presente es privilegio de muy pocos y me atrevo a decir con orgullo que la “mayoría” de esos “pocos” que saben hacerlo a conciencia pertenecen al mundo de la literatura en la que se unifican todas las dimensiones del ser humano, porque la literatura muestra el interior y el exterior y les añade los sentimientos individuales y colectivos, los públicos y los secretos y por tanto nos entrega los móviles, los verdaderos motivos de nuestros actos. Gracias a escritores como Franzen cualquier lector, avezado o no, puede comprender el desmantelamiento de los países del Este europeo, del que ya he hablado en otras entradas de este mismo blog. El arte es muy comunicativo y suele enlazar las diversas expresiones creativas sin saberlo de forma consciente… ¿o sí? Dicho desmantelamiento ha traído como resultado sociedades injustas y sin ley, generaciones perdidas que han de venderse como carne al mejor postor; Franzen señala los entresijos invisibles de los países abusivos, como el suyo, que han contribuido a provocar dicha destrucción para repartirse los trozos, y nos lo dice desmontando a su vez la idea preconcebida de que es difícil comprender el entramado internacional, él lo explica para todos los públicos y con meridiana nitidez, y le entendemos, vaya que si le entendemos, la razón no tiene más que un camino y no se puede tapar el sol con un dedo.
De nuevo volvimos a recordar que el triunfo basado en el éxito económico no es tal y le dedicamos tiempo a dilucidar qué es el triunfo en realidad o qué debería ser, llegamos a la conclusión de que resultaría clarificador que cada persona expresase, tras haberse escudriñado y cribado por dentro, qué desea de verdad y qué objetivos vitales se plantea, y creímos que con la suma sincera de todas esas manifestaciones recogidas construiríamos un mundo más habitable desde lo privado a lo público, desde lo local a lo universal, en definitiva dedujimos que no hay otro método mejor que el de ir de asamblea en asamblea y la nuestra sin duda es de gran valor.
En cuanto a la parte artística personalmente he quedado apabullada por los paralelismos entre personajes en las distintas etapas de su vida: en el tiempo de juventud por ejemplo Gary y su madre coinciden en las aspiraciones económicas, en dejarse someter más de lo que él estaría dispuesto a admitir… hasta en las posturas de cama se parecen, me maravillaron los extraordinarios cierres de círculo, la rebeldía de Chip en la forma de vestir, en sus manías alimenticias que provienen de la animadversión contra la disciplina impuesta en la infancia, para terminar sin embargo poniéndose de modo reconciliador la ropa de su padre… Me encantó cómo el autor jugó con nosotros dosificando el goteo de la información para que tuviéramos que cambiar conclusiones que dábamos por sentadas, espacios que habíamos rellenado de juicios y prejuicios a favor o en contra de los personajes sin saber que nos faltaban detalles relevantes, como la del corazón pintado bajo el banco del garaje. Nos hemos sentido privilegiadas porque en todo momento el escritor nos ha mostrado lo que sucedía al mismo tiempo en cada uno de los espacios personales y privados de los personajes, datos que nosotras conocíamos y los protagonistas no. Pero lo que me ha dejado especialmente impresionada es la capacidad del autor para introducirse en la cabeza de un enfermo de demencia senil y ver que Alfred interpreta como agresiones ajenas lo que le ocurre con sus incontinencias involuntarias, creo que es el mayor acto de generosidad y acercamiento que alguien puede hacer -y lo digo con conocimiento de causa y por partida doble-. Normalmente en literatura y en cine aparece el punto de vista del cuidador, pero no el del enfermo, ningún autor se había acercado tanto ni con tanto amor a él, ni con tantos deseos de comprender consiguiendo que una escena escatológica no haga mirar para otro lado, al contrario, Franzen consigue transgredir convirtiendo en súplica de dignidad el patetismo.
Como siempre que nos adentramos en un libro de muchas páginas, hubo compañeras que opinaron que no era necesaria la densidad y que a la novela le sobraban algunas, a otras sin embargo  les parecieron imprescindibles todas, en ambos casos dieron sus valiosas razones, al fin y al cabo se trata de la experiencia personal de cada una con el libro cuando lo hace suyo.
Jonathan Franzen
De nuevo recordamos varias veces durante las sesiones que en una novela no siempre se nos pide la empatía hacia los personajes, que no es necesario amarlos ni estar de acuerdo con ellos, o viceversa: comprenderles no significa que apruebes o compartas todos y cada uno de sus actos ni que tu afecto por ellos les exima de sus responsabilidades ni de pagar las consecuencias de sus errores, pero mis compañeras no son rencorosas y tienen tendencia a la redención, y casi todas ellas interpretaron que al final del camino los cuatro personajes habían corregido de algún modo sus trayectorias y lo bonito fue que tanto ellos como nosotras entendimos nuevamente que no hay una sola forma preponderante de ser "como es debido", que la “normalidad” tiene muchas facetas y que hay que rebelarse contra esa mentalidad soberbia, inquisitoria y llena de hipocresía que no admite variantes ni enmiendas a esa línea de pensamiento convencional e inmovilista a la que a menudo, como si fuera una deidad insatisfecha, se le entregan en sacrificio hasta los hijos como inmolación. Sentir vergüenza no es malo pero hay que saber muy bien de qué o de quien hay que avergonzarse y me temo que de momento y en muchos casos el papel está cambiado.
Cualquier comentario queda insuficiente ante este magnífico retrato de los Estados Unidos, la enorme y apaisada fotografía llena de paisajes y paisanajes diversos está disparada con todo el derecho legítimo de un estadounidense para hablar de los suyos bien y mal. El autor se esfuerza por matizar que no es lo mismo el Este que el Oeste o que el Medio Oeste de su mapa. Gary reniega de su origen considerandolo rural, cerrado, paleto, y esa deserción le hace infeliz.
Creí que la novela quizá nos quedaría lejos por haber nacido nosotras en un país más pequeño, por pertenecer a culturas tan distintas, pero mis compañeras fueron contundentes: es una familia universal –expresaron- en la que el mundo entero se puede sentir representado.
Otros dicen como elogio que “Las correcciones” es un retrato crudo y despiadado de la sociedad americana actual, a mí me parece todo lo contrario y aún a riesgo de repetirme diré como en otras ocasiones que la verdadera piedad es la que mira de frente y muy de cerca a los demás para poder comprenderles, la crudeza pertenece a quienes ante los problemas vuelven la cabeza hacia otro lado, es valeroso quien arriesga y desde el verdadero respeto te saca los colores porque la literatura no es un placebo que  puedas tomar como una droga que te evada de ti mismo, la auténtica te enfrenta con tus demonios y al final por mucho que hayas sufrido siempre sales ganando en el combate y el exorcismo.
En esta novela salen prejuicios raciales, dos modos de entender el trabajo y el consumo, aparecen las armas, la injusticia y el vacío de las leyes, la depredación, los enmascarados señores de la guerra, el deseo voraz, adictivo y enfermizo de dinero como sucedáneo de todos los éxitos… la mirada introspectiva y también retrospectiva que corre el riesgo de volverte estatua de sal por la contemplación de tu pasado y tus “pecados”, por tus errores del presente. Pero el libro tiene un futuro esperanzador porque leerle ha sido un tratamiento de choque y una terapia de limpieza del organismo que no es sólo físico. Y me descubro ante esta nueva voz, ante esta singularísima forma de crear, de manejar el lenguaje, de usar el termómetro, de buscar la llaga -no para poner el dedo y que escueza, sino para que no te desangre.
Os dejo con Jonathan Franzen, un gran artista valeroso y comprometido con su tiempo.
De nuevo hay que felicitar a la dirección de la Biblioteca Pública de Guadalajara y a su equipo por adquirir libros que nos permiten distinguir lo bueno de lo óptimo.
Un abrazo y hasta el próximo encuentro en el que habremos leído “La puerta” de Magda Szabó, entremedias, como siempre, buen cine.
Pili Zori

"LEJOS DEL CIELO", película de Todd Haynes

Cuando hay cambios culturales bruscos, se suelen denostar las expresiones artísticas anteriores por mera necesidad de subrayar el nuevo movimiento. Pero el arte es una suma y no una resta, y una vez aclarado el concepto y las legítimas razones para la ruptura hay que esperar a que en décadas posteriores alguien vuelva a subir al desván para rescatar de las polvorientas cajas lo valioso.
El melodrama es un género cinematográfico que floreció en los Estados Unidos durante los, años cuarenta y cincuenta del siglo XX alcanzando su máxima expresión con Douglas Sirk, -su verdadero nombre era Klaus Detlef Sierck- un cineasta alemán que tuvo que exiliarse en 1937. Conocí aquel cine  a través de la televisión, muchas de aquellas películas naturalmente las vi en blanco y negro años más tarde, en algún ciclo de la 2 descubriría con la boca abierta sus espléndidos colores. Pertenecían a un tipo de películas cuyas protagonistas solían ser mujeres que padecían incomprensión social, metidas en situaciones de encrucijada… un cine que tocaba como ninguno la emoción y desde ella podía llevar al espectador -casi sin hacerle razonar- a comprender algunas injusticias, o a que aceptase otras sin siquiera planteárselo y digo “algunas” porque de otras muchas que estaban sucediendo fuera de pantalla dicho cine no hablaba abiertamente: racismo, desigualdad, intolerancia por la orientación sexual… y es que el ambiente que se respiraba de 1950 a 1956 en los Estados Unidos era bastante peliagudo: los norteamericanos de aquel tiempo padecieron la pesadilla inquisitoria del macarthismo, Joseph McCarthy, aquel senador de Wisconsin, “el maligno” que casi se cargó los derechos civiles, implantó el terror de Estado con su paranoica persecución de brujas “coloradas”. Su largo brazo se cebó con toda la población, en especial con la de Hollywood, directores, guionistas, escritores, actores… muchos de ellos fueron a la cárcel bajo sospecha de adscripción comunista –el buen señor daba por sentado que dicha ideología era antipatriota y delictiva y debía perseguirse- con esa excusa hundió carreras, provocó ruinas, destierros, esquilmó fortunas… y al mismo tiempo sacó también a la luz una piara de chivatos que para librarse de su guadaña debían entregar interminables listas con nombres de compañeros. La psicosis se extendió hasta tal extremo que llegaron a preguntarle a Charles Chaplin –uno de los artistas más perseguidos- que qué había querido insinuar utilizando la palabra camarada, el maravilloso Chaplin no tuvo más remedio que reírse y solicitar al “comité” que le echasen una mirada al diccionario ya que según tenía entendido los comunistas no poseían la exclusiva de su significado. Era el tiempo de la guerra fría, la URSS experimentaba con la bomba atómica, la guerra de Corea estallaba en 1950 y bajo esta atmósfera de miedo y amenaza se desarrollaba como podía el cine. El propio Douglas Sirk se marchó porque llegó a odiar el ambiente pero al regresar a Alemania también lamentó la falta de resarcimiento y justicia tras la caída del nazismo y el fin de la guerra.
Me parecía importante reseñar la efemérides porque, aunque en pantalla no se ve, es el sedimento de la hermosa película de Todd Haynes, e intuyo que “Lejos del cielo” sí resarce no sólo haciendo un homenaje al género que después de los 50 se tildó peyorativamente de lacrimógeno -muchas mujeres han tenido que oír a menudo la despectiva expresión de “no te pongas melodramática”-. En contraposición, y sin salirse ni un milímetro de aquel estilo ni de aquellas circunstancias, el director explica en clave feminista que hasta en la peor de las situaciones, la que más perdía era la mujer y encima lo hacía con elegancia: en el cine los trenes siempre son un símbolo, subir a ellos o bajarse, dejarlos pasar o perderlos tiene que ver con las oportunidades, en “Lejos del cielo”, y en plena vorágine de racismo, un negro toma el tren para volver a empezar; en plena intolerancia hacia otras formas de sentir o de amar, un homosexual atrapado en las convenciones tras años de negación también rehace su vida estrenando su nueva orientación sexual, atrás deja a dos hijos y a una maravillosa mujer que ha cumplido con creces todos los preceptos burgueses que de ella se esperaban, ella es sin embargo quien queda en la estación viendo como el tren se aleja.
Tood Haynes con humildad de restaurador crea una joya perfecta ateniéndose al estilo para añadir en el 2002 las piedras preciosas que sin duda faltaban y le imagino diciéndose “Ahora sí está completa”. Este guionista y director creó una obra hermosísima de la que emerge para siempre –porque en el XXI el technicolor no se degrada- su poderosa voz y su personalísimo sello aunque él creyera en su modestia que estaba parafraseando.
Sobre Lejos del cielo se han vertido opiniones menos halagüeñas que la mía, las respeto aunque no las comparta, pero lo que me molestaría es que se tildase de pastiche, refrito, de cine revisionista o rosa a esta película, o se menospreciase al propio género -el melodrama- sólo porque tiene más capacidad de llegada, es decir, porque es cine de gran público. Pedro Almodóvar lo escribe y realiza y la crítica mundial se rinde a sus pies, entonces ¿en qué quedamos? Lo importante es el contenido que metas en el envase, pero no vas a hablar de los años cincuenta sin su estética relamida, sin sus decoraciones de revista, o sin el peculiar comportamiento convencional de la clase media acomodada y su preponderante modo de pensar basado en el qué dirán, en la simulación, y en guardar las apariencias para adaptarse a ese decálogo de normas fiscalizadoras que obligaban a no salirse de un redil impuesto. Al menos Todd Haynes nos recuerda hasta qué punto cruel el grupo se puede imponer sobre el individuo, y hasta qué extremo de traición a uno mismo se puede llegar por la necesidad de encajar, de pertenencia, de ser aprobado, de no sentirse expulsado, de no estar inadaptado. Es muy fácil caer en la soberbia endogámica cuando te amparas en el bulto para sentirte fuerte, no hay nada peor que el desprecio, y aquellos grupos sociales tan pagados de sí mismos hicieron sufrir a los “diferentes”, a quienes tenían personalidad propia y bondad natural, si hoy en día han de tragarse algún sapo contra su trasnochada nostalgia pues merecido lo tienen, ahora los diferentes son ellos, así que viva la pluralidad.
Desahogos aparte prosigamos con el film. Es importante para el espectador -aunque sea una perogrullada- saber que la música se compone exclusivamente para la película, que los directores de los largometrajes no tienen por qué poseer conocimientos musicales y que son los compositores quienes han de saber interpretar sus deseos ya que a la música le corresponde introducir la parte emocional y subirle o bajarle la intensidad a las escenas, preparar al espectador, la música va derecha al inconsciente y sus creadores saben descifrarlo, conocen su lenguaje. Ver a Elmer Berstein (murió en el 2004) dirigir a toda su orquesta frente a la pantalla es un lujo que aparece en los extras y que gracias al dvd hoy podemos disfrutar. Que el séptimo arte esté al alcance de toda la sociedad es un hallazgo que debemos agradecer sabiendo apreciar la gran importancia de todas las disciplinas que contiene, que el precio de la entrada no sea tan elevado como el de la ópera no significa que muchos de sus mecanismos creativos no sean los mismos que ya utilizaba Mozart para levantar en su cabeza universos que luego compartía con el público. El cine como ya he mencionado otras veces reúne a grandes genios y lo mejor de todo es que se saben ensamblar y ponerse al servicio de quien les dirige, directores en su campo siendo dirigidos, singulares sensibilidades de enorme personalidad que se aúnan para formar equipo y ponerse al servicio de la historia.
Edward Lachman, el responsable de la fotografía, consigue un canto preciosista que eleva a Hartford, la capital del estado de Connecticut, a paraíso edénico. La estación escogida es el otoño y los colores dorados, rojos, y ocres de las hojas de los árboles alfombran y tapizan la ciudad; naturalmente el otoño es elegido a propósito por lo que tiene de caída y declive, de tiempo que se acaba. La película está separada en sus compartimentos por los distintos cambios de luz, Lachman elige la penumbra del interior de la casa para subrayar el contraste: dentro está lo que se oculta, los deseos reprimidos… fuera y a la luz exterior y diurna de la comunidad se muestran la sonrisa y el disimulo. La luz rojiza y clandestina marca los espacios de la doble vida en los cines, callejones y bares nocturnos y finalmente la blanca y deslumbrante de la rendija de la puerta de la oficina conduce a Cathy hasta la verdad.
El vuelo alto del sedoso pañuelo casi al comienzo de la película nos muestra el espíritu libre de Cathy Whitaker (Julianne Moore) ella cree estar viviendo en un mundo libre, y adelantada a su tiempo sin saberlo no ve necesario reivindicar comportamientos que le parecen naturales como el de poner la mano en el hombro de un negro, compartir con él impresiones sobre pintura y alabar la foto de su hija que él lleva en la cartera.
Tood Haynes además recalca algo para mí muy importante, a la palabra amistad se le tiene muy poco respeto, a menudo es manoseada y utilizada a destiempo… y Eleanor Fine (Patricia Clarkson) que tanto la abandera, “la mejor amiga” adalid de la progresía de boquilla y de salón, es la antítesis. Me alegro de que Haynes lo deje claro y de que su mensaje no admita componendas.
¿Era necesario que mujeres como Cathy pagasen las consecuencias de la cobardía hipócrita de todos los demás? y entre ellos incluyo a Raymon Deagan (Dennis Haysbert) el negro a quien ella habría acompañado a la luz del día y con los hijos de ambos -aunque esto último es una apreciación mía, subjetiva sin duda.
Lo importante no es que ella se enamore o no de Raymon ni que él corresponda, imagino que para Todd Haynes lo primordial fue mostrar la posibilidad y cómo ésta habría sido truncada desde todos los frentes sin que pudiera llegar a culminarse.
Da gusto ver a Julianne Moore, es una actriz imponente que vale para cualquier papel, no se le resiste ni el drama ni la comedia y para la acción es una kamikaze y en el cine de autor se mueve como pez en el agua, tiene un abanico de registros y unos niveles de empatía que rompen los termómetros de la interpretación.
En cuanto a Dennis Quaid, creo que borda el papel y no era fácil cogerle la medida: ese sentimiento de rechazo hacia ella agravado por la culpa, la paulatina entrada en el alcoholismo que hace que en medio de una fiesta manifieste el desagrado hacia la bellísima esposa que todos los demás codician, (una de las peores crueldades es hacer que una mujer no se sienta deseable cuando el problema no es ella sino la inercia de la verdadera identidad de su marido que se abre paso frente a todos los escollos porque la naturaleza es sabia y no hay electroshock, ni tratamiento hormonal ni psiquiatría que la destruya), y todo ese proceso en el que Frank Whitaker va mostrando reacciones en lucha consigo mismo en un magnífico trabajo de introspección, es muy difícil porque apenas se manifiesta en gestos como el de caminar unos pasos por delante de ella, tras salir de la consulta, mostrarse irritable pero conteniéndose cuando el espectador sabe que está a punto de reventar, si además le añadimos que es el personaje que más va a rechazar el espectador por el trato injusto que le otorga a su mujer tenemos una interpretación extraordinaria pero muy poco agradecida. Los cuatro están magníficos.
Tood Haynes ha provocado controversia con muchos de sus largometrajes, y también con los cortos, sólo conozco de él este trabajo, pero para quienes como yo quieran seguirle dejo escritos aquí alguno de los títulos de otras de sus películas.
Poison (1991), Safe (1995), Velvet Goldmine (1998), I’m Not There (2007)

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P.D. Sé que este altavoz mío es muy pequeño pero me gustaría lanzar desde aquí una queja: el otro día viendo al presentador de los Oscar me dolió que se burlara de los actores de habla castellana diciendo que no se les entiende en inglés, para empezar la observación de mal gusto no sirve ni como broma, pero además denota el gran chauvinismo y la poca universalidad de quienes están acostumbrados a mirarse el ombligo. Tiene delito que un cine que ha crecido y se ha nutrido con creadores europeos se permita el menosprecio, no sé en cuánto tiempo aprendería inglés Billy Wilder por ejemplo, no voy a seguir con otros cineastas porque la lista sería interminable. Pero sí sé que cuando vienen aquí los actores americanos para promocionar sus películas les ponemos traductores o intérpretes. A Geraldine Chaplin la consideramos actriz nuestra y jamás ha podido desprenderse de su acento. Tenemos extraordinarios dobladores para disfrutar del cine de otros países. En fin, creo que como mínimo somos buenos anfitriones, por suerte su presidente el señor Obama lo sabe ya que anduvo por aquí cuando era más joven. Tampoco entiendo que los directores o productores norteamericanos tomen la película de un autor de otro país y la repitan con otro director del suyo, no sé muy bien cómo interpretarlo, ¿creen que así la mejoran? (total para sacar procesiones y colocar las fiestas de San Fermín en Sevilla… ellos que se supone que tienen tan buenos documentalistas). Si fuera esa la razón siento vergüenza ajena por la prepotencia porque, si les ha gustado, lo normal sería que promocionasen la película en su país como hacemos los demás con sus obras, la interculturalidad es importante, al menos eso creemos aquí, y el cine universal que yo sepa.
No pretendo leerle la cartilla a nadie sin conocer bien las razones, en realidad me refiero a la actitud, pero en cualquier caso tampoco está mal recordar que burlarse de la lengua y las costumbres de otros lugares es xenofobia y que tiene narices cuando los Estados Unidos de América se formaron con inmigrantes europeos, y mejor o peor expresado al menos la gente a la que criticó ese buen señor es bilingüe o intenta serlo o incluso políglota en muchos casos.
Por suerte no todos los estadounidenses son iguales, quienes reciben el Premio Príncipe de Asturias saben de lo que hablo, y el detalle pasaría inadvertido y no tendría importancia si los Oscar no se vieran en todo el mundo y doy por hecho que ese presentador o incluso su guionista no son representativos más que de sí mismos y entiendo que desde la noche de los tiempos no sólo los países vecinos se critican y hacen burlas entre sí, también las comarcas y los pueblos, pero podríamos ir cambiando esa costumbre para variar, porque ya hemos dicho que de los desprecios nunca sale nada bueno. Disculpad el sermón, pero me apetecía echarlo, en otra ocasión me lo llevaré yo y agradeceré la llamada de atención.
Un abrazo y hasta el próximo encuentro.
Pili Zori