"La carne", de ROSA MONTERO

Aquí os dejo mi peculiar y subjetivo análisis sobre esta magnífica novela en la que ni una sola palabra está elegida al azar y hasta los nombres de los protagonistas resumen y explican por condensación su espíritu. Cada lector hará suya la obra añadiéndole su interpretación y por tanto su propio epílogo.
Mario, el amor clandestino de Soledad, decide finalmente abandonarla para volver con su joven mujer embarazada. La protagonista, obcecada por el dolor, contrata a un chico de compañía con físico espectacular para lucirse junto a él en la función de Tristán e Isolda, sabe que su ex amante acudirá a la ópera esa noche y desea que la pequeña venganza resarza su maltrecho orgullo de mujer relegada. Con ese gesto parece pregonar: mira lo que te has perdido, otro mejor que tú prefiere, ama y cuida lo que no has querido.
La fingida relación sentimental con Adam -el bello scort ruso- habría acabado al finalizar la representación. Pero un violento incidente dará un giro inesperado a los planes que la mujer creía tener bajo control. Ella ha cumplido sesenta años, el gigoló treinta y dos.
Así comienza esta historia de amor poderoso y pleno que parte de umbrales y perspectivas distintos en ese cruce de trenes vitales que se detienen en la misma parada durante un breve intervalo de la existencia.
El joven busca un comienzo con futuro, ella se asoma al abismo de la vejez, y al miedo a la muerte. Y el lamento por haber temido también a la vida se escucha por las vías cuyos travesaños de oportunidades nuevas se pierden en la lejanía mientras la locomotora las va engullendo. Sin embargo en esa aparente disparidad se encierran coincidencias: Soledad y Adam sufrieron orfandades y abandonos parecidos. El scort vio como adoptaban a su gemelo mientras él era rechazado, y Soledad y Dolores permanecieron en el carrusel de un parque de atracciones contemplando como el padre desaparecía para no volver. Resultó que la sorpresa del huevo kínder no era dulce. Al hacerlos geminados metafórica y realmente, ya que los dos compartieron en el útero a su doble, a su particular Dorian Grey, la autora consigue que el lector se pregunte: ¿Cuáles son los ingredientes psicológicos de la atracción?, ¿es necesario reconocerse en el otro?, ¿las similitudes son espejismos?, ¿o imanes?, ¿qué es y en qué consiste el amor verdadero?, ¿los protagonistas de esta novela se encuentran a destiempo?
Antes de Pablo Lizcano, cada vez que leía un libro de Rosa Montero no podía evitar imaginarla sentada en el suelo con infantil concentración intentando abrirle las tripas al juguete para así poder ver en qué consiste el mecanismo que lo hace funcionar. Pero el amor viene sin garantía y por mucho que te fijes, el de los demás no tiene por qué servir para ti. Naturalmente pido perdón por la osadía y por caer en contradicción ya que si a mí no me gusta que me atribuyan las andanzas y cuitas de los personajes que creo, no debería hacerlo yo. Lo autobiográfico en una narración es la forma de mirar y de pensar, todo lo demás es sueño y vuelo.
En cualquier caso, y volviendo a Adam y a Soledad, diré que la desconfianza juega malas pasadas, pero entre la carne y el alma se diluye la edad que no atiende a convencionalismos y tampoco los entiende.
¿Es una relación desigual? -vuelve a preguntarse el lector- ¿se trata de dos poderes que no conjugan?, ¿el de la carne?, ¿el del dinero?, ¿quién es el débil?, ¿quién es el fuerte?, ¿hay alternancia?, ¿acaso el amor está por encima de dominios y sumisiones?... La escritora sólo propone, tú decides.
De nuevo veremos en las páginas de esta novela las constantes de Rosa Montero, su escáner siempre busca los elementos que podrían desencadenar la locura, también se pregunta cuál es la relación entre locura y arte, ¿qué alberga el inconsciente de un escritor?, ¿la literatura salva?, ¿sana?
Vuelve a aparecer la decisión de no ser madre ¿libre o impuesta por relojes biológicos y laborales?, ¿arrepentimiento posterior?
¿Soledad siente como arma arrojadiza y estigmatizadora la maternidad de las demás? ¿O simplemente se queja de que su decisión no sea comprendida y se juzgue como una carencia? En esta ocasión no se cuelan enanos literales en las páginas para camuflar la zozobra. Insisto en que me limito a dar mis subjetivas opiniones.
En la página de los agradecimientos, la autora pide a los lectores que no desvelen detalles clave para el desenlace ya que destrozarían la estructura, el tono, el ritmo, la composición y por tanto el suspense que tan delicadamente elaboró para obtener el resultado que buscaba. Así que me morderé la lengua sin desvelar el núcleo y hablaré de la escritora y de lo que provoca en mí.
En mi caso no era necesaria la advertencia ya que la prosa de Rosa Montero siempre me parece vibrante e hipnótica me cuente lo que me cuente. Es una extraordinaria creadora de atmósferas, se maneja como nadie en los terrenos ambiguos y asoma a sus personajes a los bordes de los precipicios emocionales mostrándonos lo fácil que es traspasar la fina línea de la mal llamada “normalidad” esa que tanto veneramos y que a veces sólo se compone de disimulo y toscas normas para que entremos por el aro vestidos con el impermeable resbaladizo que tan a menudo carcome lo que cubre dejando chasis vacíos, apariencias sin contenido, fachadas sin habitaciones
A veces pienso que el monstruo lo llevamos por fuera y no por dentro y que es colectivo e impuesto, quizá demos más importancia al continente que al contenido como ya he dicho en otras ocasiones, porque lo que a mi juicio resulta anormal es el hecho de invertir tanto tiempo en acorazarse cuando lo natural es la sinceridad diáfana de los niños.
La vida es un paseo corto, y por esa razón, me suele molestar, aunque me lo digan por mi bien y para que no sufra, que me insten a que no dé tanta importancia a las cosas, a que no les dé vueltas, y en mi interior me pregunto y ¿qué tiene de malo dar vueltas a los asuntos de cada uno?, estaríamos aún en las cavernas si a nuestro espíritu investigador y curioso le hubiese dado por dormirse, seguiríamos en la esclavitud si ninguno de nosotros nos hubiéramos tomado la molestia de preocuparnos, no habría cambios ni movimientos, ni escritores si las cabezas de algunos no estuvieran llenas de espirales… Y además es mentira. Todo el mundo rumia. Unos llevamos la fama y otros cardan la lana. Con frecuencia me asombro de lo que guarda y emponzoña la gente, pequeñeces criando esporas en arcones de rencor sin sentido que pesan lo suyo. Sonrisas que parecen sarcasmos en mueca permanente… y todo por no afrontar, por no llamar por su nombre a las cobardías y andar siempre rodeando. Y que conste que no hablo de usar las palabras como envenenados dardos porque buscando las adecuadas se vuelven bálsamo.
Tal vez los Escritores (me incluyo, y a mucha honra, porque ser escritor es algo inevitable que nada tiene que ver con la suerte de ser divulgado en mayor o menor medida) seamos los únicos que vamos por la vida con lo de dentro por fuera transparentándonos como el Rey de Rosa Montero, inadaptados, y ateridos por la falta del susodicho impermeable normativo… Es posible que esa sea la cuota que tengamos que pagar para pertenecer a la colmena, y que sólo cuando nos conceden el derecho a la celdilla de la publicación nuestras almas errabundas dejen de vagar, y entonces, una vez encajados en el sitio que nos asignan ¡oh paradoja!, seremos investidos y aceptados como oráculos por las mismas razones por las que antes fuimos rechazados por raros en la cinta de los productos iguales.
“-Ser maldito es saber que tu discurso no puede tener eco, porque no hay oídos que lleguen a entenderte. En esto se parece a la locura –soltó de repente Soledad-. Ser maldito es no coincidir con tu tiempo, con tu clase, con tu entorno, con tu lengua, con la cultura a la que se supone que perteneces. Ser maldito es desear ser como los demás pero no poder. Y querer que te quieran pero sólo producir miedo. O quizá risa. Ser maldito es no soportar  la vida y sobre todo no soportarte a ti mismo.
Todo el mundo estaba de pie, en silencio, mirándola. Seguramente estaban pensando: a qué viene ahora todo esto. Eso también era propio de los malditos. Provocar incomodidad con su mera presencia”. (Pág. 24)
En renglones anteriores he comenzado la palabra Escritor con mayúscula a propósito porque dicha versal es sinónimo de honradez y no de juego malabar con el lenguaje. Hago la distinción porque sin duda hay autores que llenan las páginas de fuegos artificiales o de explosivos golpes de efecto, otros que con minuciosos corta y pega consiguen collages dignos de Man Ray… pero esos van en minúscula.  Con la mayúscula me refiero a quienes poseen la capacidad de transformar, y de esos existen pocos porque como desde tiempo inmemorial se ha dicho: Ni están todos los que son ni son todos los que están.
Rosa Montero sí está y sí es.
Ella abre la cremallera de la intimidad mental y anímica de sus personajes y de paso nos obliga a deslizar las nuestras, y nos lleva de la mano hasta la mismísima orilla del abismo para que sintamos el vértigo de lo que podríamos llegar a hacer y una vez que hemos experimentado la inclinación hacia el precipicio tira de nosotros para que no caigamos, así nos demuestra que el despeñadero asusta y atrae al mismo tiempo provocando inercia, y nos lo recalca por si acaso aún nos quedaban ganas de juzgar a quienes por él han caído.
La protagonista es licenciada en historia del arte y comisaria de exposiciones. En el momento en el que conoce a Adam se dispone a realizar una de escritores malditos. El entretejido entre las biografías reales -a excepción de una inventada por la autora- y la ficción es como un perfecto jersey de lana hecho a mano, letra a letra, palabra a palabra, frase a frase, párrafo a párrafo, pasaje a pasaje… En él los ochos realizados con punto del derecho dan paso a las columnas con punto del revés formando una armoniosa unidad poblada de simetrías.
Rosa Montero ha estado en mi vida desde su primer libro y aunque me faltan por leer algunas piezas de su obra puedo decir con certeza que la conozco, que siento que la comprendo y que ese detalle me importa por ella y no por mí. A menudo nos rodean afectos que desconocemos pero que no por ello dejan de ejercer sobre nosotros su beneficiosa influencia.
Cuando escribió “La hija del caníbal” vino a mi ciudad, a la biblioteca pública situada en aquel tiempo en el Palacio del Infantado, Blanca Calvo era la directora entonces y tras una buena sincronización había conseguido que con el sistema de ejemplares múltiples para clubes, más los prestados por Anabad, muchas personas pudiésemos leer y debatir a la vez el mismo libro. Jorge Gómez González, el director actual, también lo hace a través del sistema interbibliotecario de nuestra comunidad.  El salón de actos rebosaba de gente, todas las butacas estaban ocupadas además de los suelos de los pasillos. Juraría sin temor a equivocarme que lo poblaron más de trescientas personas, Rosa al ver la estancia recibió un impacto que le dejó las manos temblorosas, supongo que también las corvas al tener que acercarse hasta la tarima sorteando piernas para sentarse tras el cobijador parapeto de la mesa. Recuerdo que se tocó varias veces el rostro y en una de ellas se dio cuenta de que a la pluma con la que escribía y firmaba se le había salido la tinta y con espontánea preocupación preguntó mirándose los dedos, “No me habré manchado la cara y estoy aquí…” No se la había manchado pero la vulnerabilidad creó una agradable corriente de distensión y de ternura.
Se produjeron muchas intervenciones, que como es lógico no viene a cuento reseñar, entre ellas la mía, ninguna se me ha ido de la memoria. Repasamos toda su trayectoria literaria y periodística incluida aquella entrevista que le hizo a Harrison Ford mientras interpretaba a Indiana durante uno de los rodajes y Rosa tomaba contacto con esos ojos verde uva que tan encandilada la tenían. Pero ya entonces y tras los elogios sinceros le puse como objeción que sus personajes soltasen de vez en cuando perlas como “gordo infame” y a renglón seguido le dije que la belleza cabe en varias tallas y también en varias edades. Sigo pensando igual y no lo digo por conformismo. Yo ya empezaba a estar llenita. En la firma además de uno de sus libros le puse delante un cartoncillo amarillento que mi marido había tenido colgado en la pared desde hacía años, en él estaba pegado un artículo sobre un corte de agua, es curioso cómo se cierran los círculos, recientemente Rosa Montero ha escrito otro que versa sobre lo mismo. Exclamó contenta y asombrada que cómo Luis había guardado algo tan del jurásico, palabra que le robé impunemente y que siempre hace que la evoque cuando la pronuncio. “Pues es de un gordo infame” -afirmé con la sonrisa de oreja a oreja, en aquel entonces Luis era robusto-. Aquella tarde no pudo entregárselo él mismo porque trabajaba. Ella también sonrió y supongo que para compensar algunos de los exabruptos de sus personajes, en la dedicatoria del libro incluyó el adjetivo guapa con su letra grande. Eso sí, pidiendo previamente un bolígrafo tipo pilot, rotring en aquella época- que sustituyera su pluma, pero le dieron un bic.

Sus personajes siguen igual de rezongones con el tema físico, y continúo discutiendo con ellos y aquí es donde quería llegar: este preámbulo me da pie para decirle a Soledad que un hombre te tiene que gustar con independencia del canon y que estar flaca no es necesariamente sinónimo de estar buena, como tampoco lo es al contrario, el atractivo lo compone un conjunto de rasgos. Que la felicidad es un término sobrevalorado en el que no creo, un cajón de sastre en el que se mezclan y confunden conceptos tan distintos como el bienestar, la seguridad o la amistad con sexo. Allá cada cual con sus necesidades. Sin embargo sí creo en el amor porque es un sentimiento concreto, uno siempre sabe a quién quiere y a quien no y cuánto quiere. Y enamorarse es algo todavía más profundo que nada tiene que ver con el encoñe aunque éste sea una de sus expresiones, y ahí sí que no entran ni cálculos ni conveniencias ni garantías ni obsolescencias. Es lo que hay.
Después de Rosa Montero, llegó Almudena Grandes y más tarde conocí la obra de Clara Sánchez. Es posible que ellas no se relacionen entre sí, incluso que no se traguen, pero en mi vida sí están juntas.
Que Rosa busque los excesos en la psique, que los personajes de Almudena como contrapunto den cortes a algunas flacas “infames”, que en casi todas sus novelas haya alguien “discapacitado” y que algunos personajes de Clara piensen que en la armonía de un cuerpo bello siempre hay alguna desproporción, ojos excesivamente grandes, piernas demasiado largas, culos prominentes… son focos de atención en los que cada una de ellas se detiene y que de algún modo establecen un vínculo significativo entre las tres que completa la composición de la sinfonía.
Tal vez la literatura sea un único libro al que cada uno le añadimos nuestras páginas, y esa mezcla de humildad y orgullo al mismo tiempo por ser uno entre los demás puede que nos coloque en nuestro sitio.
La novela me ha impresionado, es esperanzadora y hermosa, y viene a decir que hasta el final del camino el deseo y las ilusiones se abren paso y que en la carne y en la memoria de la piel no hay rencor posible si se ha gozado. Y que si el nombre de Soledad puede transformarse en Sol la vida es y será siempre la celebración del esplendor.
Y ya por último me gustaría poner la única pega que le he visto a la novela:
Rosa Montero entra en las páginas y tuve la sensación de que lo hacía para recalcar que Soledad no era ella, y me habría gustado decirle que las explicaciones sólo se las debe a sí misma y que los hombres escritores no las dan. Pero también pensé que como homenaje a Pablo le apetecería decir que ella sí conoció y vivió el amor junto a él y que fue duradero y aún lo sería si la cínica e incomprensible muerte no se lo hubiera llevado. Pero estos son los flecos de mi imaginación que a menudo se desboca. Por qué quiso entrar para ser descrita por Soledad como antagónica es asunto suyo, pero a mí me ha sacado bruscamente de ese universo en el que me había metido. También hay un detalle hacia la periodista joven que gana un premio literario: Soledad le sugiere que ponga como título “Crónica del desamor”. Me pareció una visita que la autora se hace a sí misma yendo hasta su propio pasado, otro guiño que tampoco aclara. Después me dije que a lo mejor cuando escribió La carne necesitaba entrar y salir desde la realidad de la ficción a la realidad de su vida para no perderse. Y así cerramos por hoy.

Se ve que el destino está juguetón, porque la novela me la regalaron mis amigas Paloma y Rosa, sin haberla leído. Paloma es licenciada en historia del arte al igual que la protagonista, y además de ejercer su trabajo como Jefe de Sección de archivos, Biblioteca y Centro de Fotografía también es Comisaria de exposiciones de la Diputación. Y Rosa a su vez Técnico de Archivos y Responsable de la Biblioteca de Investigadores, aunque Rosa es el encanto mayor del reino y en nada se parece a Marita. La casualidad me ha emocionado. Y ahora tras haber terminado la novela me parece el precioso broche que cierra el círculo de tantos años leyendo originales juntas. Muchas gracias a las dos.
Un abrazo y hasta el próximo encuentro.

Pili Zori

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