SESIÓN MATINAL

SESIÓN MATINAL
(Primer premio Nueva Alcarria, 1995)


El conductor arranca transmitiendo su estado de ánimo a la palanca de cambios. Hoy tiene mal pisto, conduce como un kamikaze y el autobús se queja dando tropezones y levantando el trasero; casi vomita a los pasajeros en el revoltijo de tripas. María choca con la muchacha de al lado, la pestilencia a cebollas que emana de las axilas anónimas espesa la atmósfera haciéndola irrespirable. Las asas de la bolsa se le clavan en la palma de la mano; siente los tendones taladrados “¡Vaya ocurrencia comprar las patatas!” Advierte que el pescado gotea y siente apuro. Por fin llega a su destino. El autobús la eructa hacia la calle. “¡Uf, qué alivio!”, sacude la melena oscura para eliminar el olor caliente y condensado, el rostro se le ilumina: la enorme carátula la está esperando, el pulso golpea nervioso en el hueco de sus clavículas. ¡Qué guapo! –exclama para sí mientras contempla al actor-. Pero la pintura no le hace justicia.
-Hola Raquel –saluda con la respiración agitada- ¿No te asfixias ahí metida?
-Tengo un ventilador.
La taquillera luce los dientes blancos, pequeños y alineados en una sonrisa ancha. María le llena las mañanas, es tan entusiasta, rezuma tanto optimismo.
-¿Ha empezado? –pregunta con angustia.
-¿Pero es que la vas a ver otra vez? –Raquel desorbita los ojos.
-¡Toma, pues claro!
-Estás como una auténtica chota, –subraya meneando la cabeza-. Aún faltan cinco minutos.
-¡Menos mal, -María relaja los brazos con gesto exagerado-. ¿Me guardas la compra?, el pescado chorrea, perdona, ten cuidado. Anoche hice cocido y me dejé a casa resoplada, así que hasta la una que sale del colegio Eduardo soy libre para impregnarme con polvo de estrellas. –Suelta la frase fatigada y sin resuello y la termina con un gesto teatral recorriéndose el cuerpo.
-¡Anda cacho guarra!...
-¡Ay Raquel, qué bruta eres!, el polvo de estrellas se refiere al mundo del cine, que no te enteras. Tengo yo este trabajo que tienes tú y soy el ser más feliz de la tierra; ver todas las películas que me dé la gana y encima gratis, si es que Dios da mocos a quien no se los sabe limpiar –le pellizca cariñosa la nariz-. Dame la entrada.
-Anda passsa que invita la cassssa. –La taquillera arrastra las palabras con tonillo cheli y chasquea los dedos para reforzarlas.
-¿DE VERDAD? –Grita con júbilo al precipitarse por la minúscula ventanilla para abrazarla-. ¡Es que te comía!, ¡eres un sol! ¿No entras conmigo? –la apremia mientras aprieta el papelillo como si fuera un tesoro.
-Luego si acaso, aún puede venir algún rezagado, aunque lo dudo, con los nuevos multicines y el olor a palomitas haciendo de flautista de Hamelín... Anda ve. –Empuja el aire con la mano hacia la escalinata.
Siempre le da pena que se la rasguen, las guarda en una caja con reseñas emotivas y escribe críticas apasionadas que guarda con meticuloso orden.
Aspira el delicioso aroma de la sala que contrasta con el hedor concentrado del autobús. Se arrellana en el sillón y acaricia la tapicería roja. El patio de butacas está descuidado pero aún conserva el aspecto de coqueta bombonera. Seis personas salpican la sala. “Qué pena” –Piensa- “cómo agoniza”.
Comienza la música que acompaña los títulos de crédito y María ya tiene el nudo en la garganta. Se burla de sí misma, “ésto mío raya con la perversión; si es que hasta me anticipo y me pongo a llorar antes de tiempo. Menos mal que nadie me ve, pero a cualquiera que se le diga…”
Se deleita con la imagen gigantesca: “Cómo no se van a multiplicar los sentimientos si se le pueden contar las pestañas. ¡Todo es tan grande…! ¡Qué ojos!”.
María no sabe la sorpresa que le espera. El mismo rostro que asoma a la pantalla aparece por el ventanuco de la cabina. Juan Laguna, el protagonista, se ha acercado hoy al cine para ver a su amigo Antonio, el operador. Observa desde allí y le choca el movimiento de cabeza y hombros que convulsiona a María. Agudiza la vista aprovechando el plano luminoso y comprueba cómo se seca la nariz con el pañuelo; se envanece conmovido, eso es lo que le gusta comprobar: las emociones reales del público; eso es lo que necesita, y no los estrenos repletos de parafernalia. Antonio se asoma curioso.
-En esa escena estás sublime.
Le busca los ojos y comprueba que no mira a la pantalla. Localiza a la chica en el punto de mira de Juan.
-¡Hombre!, ahí está María. –Dice mientras deposita un rollo sobre la mesa-. Ya ha visto tu peli tres veces. –Laguna se da la vuelta intrigado.
-¿La conoces?
-Sí, es una joven muy maja, viene a menudo; entiende mucho de cine, se ve que le has impresionado. Como siga así se monta una tesis sobre el film, muchas mañanas la observo, apunta en su cuadernillo notas rápidas a pesar de la oscuridad de la sala.
-¿Se dedica a la crítica o algo de eso?
-¡No!, qué va, lo de la tesis es broma. Trabaja en el hospital, siempre en el turno de tarde; tiene un crío de ocho años, se quedó embarazada a los dieciséis, y ya sabes… el chaval tomó las de Villadiego, no se ha vuelto a emparejar, éste es el único lujo que se permite. Pero… ¿a dónde vas?
-Chssss. –Murmura Juan con el índice sobre los labios- Me bajo a la sala. –Antonio guarda silencio perplejo.
-¿Quieres que os presente?, seguro que le da un desmayo.
-No, no, –se apresura a responder de nuevo entre murmullos-. Me interesa ver sus reacciones sin que ella lo sepa. Es un privilegio que no disfruto a menudo.
Atraviesa casi de puntillas la moqueta y busca el ángulo perfecto. La contempla desde allí y queda atónito al comprobar que María remeda palabra por palabra lo que él dice en la escena cumbre. Un vértigo desconocido se apodera de Juan y el impulso involuntario le hace aproximarse. Se sienta junto a ella y le musita al oído, como un doblador, las mismas palabras. Las frases se oyen estéreas sin que ella se percate toavía:

QUIERO SER LO QUE TÚ ERES, QUIERO VER LO QUE
Quiero     ser    lo   que   tú  eres   , quiero      ver   lo   que

TÚ MIRAS, SENTIR LO QUE TÚ SIENTES, BEBERTE.
tú    miras  , sentir      lo   que   tú  sientes    , beberte.

VUELVE A MÍ, LUCÍA.
Vuelve    a  mí  María.

En la pantalla se escucha el apoteósico final, la sustitución del nombre penetra en el inconsciente de María que se vuelve sin asimilar aún. Su cerebro se bloquea ante lo insólito. Las lágrimas enturbian la imagen engañosa. El fogonazo de luz que desprende la pantalla se agarra a ese rostro que está a su lado; los pensamientos se agolpan a velocidad vertiginosa. “¡Es él!”, “¿me habré vuelto majara?”, los ojos van de la pantalla al muchacho que sonríe divertido. Por fin las luces se encienden.
-¡Ay Dios mío! –María se lleva la mano a la boca. Tarda unos segundos en poder articular palabras. Juan se adelanta.
-Estabas tan absorta… ¿Te he asustado?
María niega con la cabeza, una sonrisa bobalicona juguetea entre sus labios pugnando por transformarse en risa histérica.
-Que no he saltado de la pantalla, mujer. –Le dice abanicando el aire con la mano por delante de sus ojos- perdona la broma.
-Por un momento he pensado que me estaba ocurriendo lo mismo que en La rosa púrpura del Cairo. –Acierta a decir María arrepintiéndose de inmediato. “Vaya imbecilidad que acabo de soltar”.
Tras las aclaraciones y las risas ambos salen juntos del cine ante el asombro de Antonio y Raquel. El suelo ha desaparecido… María vuela… Al grito de la taquillera aterriza con estrépito.
-¡EH!, QUE TE DEJAS LA COMPRA.
“¡Qué vergüenza!”… -Ah, sí, qué tonta –dice azorada mientras esconde los ojos-. Bueno pues… encantada. –Se limpia el sudor de la mano con disimulo en el vaquero y se la extiende dando por finalizado el encuentro.
-Si quieres te acompaño, hoy no tengo nada que hacer.
Juan se apresura a cogerle las dos bolsas. Los ojos de María son como dos fuentes ovales saliéndose de las cuencas.
-Vale. “Madre mía, ¡qué corte!, con el pescado…” Agradece el doble papel con el que Raquel reforzó el hatillo. Caminan y a María se le antoja que las calles son horribles; faltan alfombras de rosas extendidas a sus pies. Él lo eclipsa todo. Para Juan, María es un obsequio. Si conociera la esclavitud de los rodajes… Recuerda las veinte tomas del miércoles, sólo tenía que decir adiós en la escena; en una al director no le gustaba el mechón que le caía por la frente; en otra pasó un avión y se fastidió el siglo XV; otra más para eliminar las arrugas de la camisa; después el dichoso bote de cerveza que apareció entre la hierba, y eso que en teoría habían peinado el recinto… precisamente hoy andaba melancólico buscando el rumbo; vuelve al cine del barrio siempre que puede para recuperar el origen, para recordar cuándo y por qué deseó estar al otro lado. Ella es la respuesta.
Al fin se despiden tras intercambiar teléfonos y llevar consigo una felicidad condensada.
María no percibe el olor del autobús; ha subido los dos peldaños en volandas. Tiene incrustado en la piel el aroma. “Huelo a cine de estreno” –se dice pletórica, y mirando su propia imagen en la ventana, evoca los pasajes de aquella vieja película Breve encuentro. Imagina los títulos en el cartel y sustituye mentalmente los nombres de los protagonistas:

MARÍA                                        JUAN
LOZANO…………Y……………LAGUNA

EN
BREVE ENCUENTRO
Dirigida por:
DAVID LEAN


Pilar Zori

LA CANCIÓN DE NAVIDAD DE MARTA

Hace muchos años, no quiero pensar en cuantos, un semanario de mi ciudad me pidió que escribiese un relato o cuento navideño, y así fue como surgió “La canción de navidad de Marta”.
Fuera de estas fechas, seguramente yo misma lo consideraría moña y blandorro, pero no viene mal que -con la excusa de las fiestas- nos demos permiso para la alegría ingenua, y para aparcar esfuerzos intelectuales y preocupaciones sociales, al fin y al cabo el paréntesis de la distracción es pequeño. De modo que aquí lo dejo para quien tenga tiempo de leerlo aunque sea a ratos y a trozos.

***

LA CANCIÓN DE NAVIDAD DE MARTA

Marta descendió las escaleras con sigilo, acostumbrada a fantasmear insomne por la casa iba comprobando, como un sereno, que sus blandos pasos no alteraban el ritmo de ninguna respiración en los dormitorios, todos llenos; uno de ellos en concreto, paradójicamente el más pequeño, se había convertido de nuevo en tálamo nupcial atascado de maletas grafitteadas con palabros extranjeros que olían a niebla y lluvia lejanas. Ni esa alcoba ni Marta terminaban de asumir que la princesa mayor había crecido del todo aunque durante años lo expresaran a gritos las fotos del chico haciéndose hueco entre peluches y muñecos; también “el chico” había aumentado de talla entre ellos durante casi una…  ¿década?, ¡qué barbaridad! En fin, se dijo en la trastienda de su cerebro, “habrá que dejar de mirar al muchacho como a un ladrón de doncellas durmientes y convertirlo en príncipe encantado, el caso es que se parece al de Saint-Exupéry, largo, rubio y con rizos, será para subrayármelo por si aún no lo pillo.” Deslizó la mano abandonando el picaporte con los dedos empapados de nostalgia inconsciente, ya no se podía abrir así, a media noche para dar un beso insonoro y experto en no rozar el interruptor del sueño.
En la habitación contigua se colaba por las rendijas del estor de lamas la luz blanca de la farola como la de una rival engañosa que quisiera crear el espejismo de la plata derramada por la luna delatando al instante su impostura por la rotundidad y rectitud de su haz, el destello selénico es más difuso y neblinoso. La abuela dormía con los cabellos eléctricos e indómitos, eso sí abrillantados por el sonoro título del tinte Castaño claro dorado, coquetería que Marta se afanaba en encontrar cada medio mes antes de que apareciese la diadema de níveas canas con pertinaz reclamo. De pronto se le puso en marcha el resorte y la yaya se elevó con agilidad inusitada.
-¿Qué?, hija, ¿que vamos al médico?
-No, mamá, quería ver si estabas arropada. Vaya pelos, otra vez los rulos mañana –se agobió- con todo lo que tengo que hacer.
Contempló con nitidez la imagen: los langostinos, la lombarda, el dichoso cordero, a ver este año cómo me sale. Media hora en cada puesto con todas las expertas dando lecciones culinarias, ¡qué tostón! Como la impresentable del año pasado, yo con la lombarda en la mano y ella en voz bien alta bramando:
-Pues yo no como esas porquerías, mucho arreglo y mucha importancia y luego se zampan las mierdas.
Al principio no me di por aludida, lógico, nunca me doy importancia, hombre, tampoco es que salga a comprar en bata, me acicalo un poco pero… hasta que comprobé que con todo el descaro nos miraba a la lombarda y a mí.
-A mi marido le gusta, señora, -le clavé los ojos- y es una guarnición típica de esta tierra, se hace con cebolla rehogada, manzana en cuadritos –evitó decir brunoise porque entonces le habría dado la razón confirmando que importancioseaba- jamón picado y piñones y se coloca dentro de un arito -aunque inevitablemente el tono ya comenzaba a alargase en una onda más chulesca que defensiva- el marisco va delante con los canapés y los vol au vent, y el cordero con patatas rellenas y la lombardita al lado, retintineó.
Qué bochorno cuando salí, ahí dando explicaciones a esa gorda, porque esa tía sí era gorda, a mí me sobrarán kilos, pero no soy gorda, las crueles sí que lo son, y esa era un cachalote de malicia sin sentido. Ya no voy a la tienda, la dueña no tiene la culpa, pero yo iba como amiga y le rio la gracia, se lo noté y no me da la gana considerarlo como una mera opinión; además iban varias ocasiones en las que me endiñaba los culos del embutido –pensó sin convicción- soy una resentida, lo que pasa es que ahora me da cosa volver después de tanto tiempo.
-Ya hija, doy tantas vueltas. –La abuela se mesó la cabeza en un vano intento de aplastar su abundancia.–. Pues ¿dónde vas?, ¿a la compra?
-Qué intuitiva –se asombró de la conexión mental- No mamá, cómo voy a ir a comprar a estas horas, vamos… tápate.
-No, me pongo con el ganchillo.
-Pero si es de noche. –Marta bajó la voz arrastrando con ella la condescendencia- perdona por haberte despertado.
-Voy al baño, no me acompañes, hija, no hace falta.
-Cómo no, toma el bastón, te tengo que ayudar con el protector. La hija sujetó la paciencia al mismo tiempo que el brazo blando y tembloroso.
-No cariño, si no me mancho. –Se escuchó el crujido de la rodilla derecha. Marta tiró de la axila anticipándose a la caída, el estómago se le anudó, y el sobresalto aceleró la sangre, la misma en ambos recipientes, ahora más líquida en el de su madre por el Sintrom.
-¿No ves que con la artrosis no puedes agacharte bien? Y… el protector se dobla y… como los paraguas con toda la lluvia escurriendo y luego a pisar charcos, a ver… el baño lo usamos todos.
La pena de su madre se le clavó en el hueco de la maldad y de la culpa. Al ayudar a levantarla camufló el abrazo arrepentido.
-No te pongas triste, mamá, no pretendía recriminarte, es que hoy estoy cansada y eso me pone irritable– dijo compungida y arrodillada mientras tiraba del adhesivo y lo aseguraba con un imperdible por si acaso… le acarició el muslo sin necesidad como si prolongase el planchado del pañal y azotó suave la nalga añosa, carantoña de sonido plástico, mientras su mente evocaba la voz de Neruda: Cuerpo de mujer, muslos blancos.
-Qué guapo el muchacho éste. –La abuela señaló en la foto al novio de su nieta menor, la otra princesa- Qué lástima, no lo conozco.
-Claro que le conoces, ¿no recuerdas que te dio un beso antes de ayer? Le has visto muchas veces. Conoces a los dos, al de la pequeña y al de la mayor desde hace mucho. La abuela asiente pero Marta ve con claridad el agujerillo por donde huye el recuerdo, otro que sale corriendo –afirma de nuevo arrepentida de la pregunta cruel- ninguno de los acontecimientos actuales se quiere quedar, ya no hay memoria reciente, esto va deprisa. Maldita enfermedad del olvido, o bendita amnesia que convierte cada día en un estreno. Cuál será la navidad que guarde mi madre en ese limbo redentor. Ahuecó la ropa de la cama formando un túnel hasta que el forcejeo cesó.
-Más… baja otro poco…, así, que si no te das con la cabeza. La hija se sentó un momento en el borde de la cama sin apagar la luz, y contempló la convivencia del tiempo en las paredes. Desde las fotos de ese cristal gigante –el cóctel de años que eligió Dafne para reseñar- la miran sus niñas disfrazadas de gatos, en otra navidad con árbol; también la decoración marca la fecha, espumillón de colorines, años más tarde vendrían los collares rojos y dorados hasta llegar a la sofisticación monocroma.
–El caso es comprar –ironizó Marta subiendo un grado más el termómetro del agobio- el redondeo de los euros no tuvo nombre, pero me quedaban bonitos los árboles, rellenos por delante, por detrás, pegados al esquinazo daba lo mismo, y cuando poníamos el de la calle ¡Qué pasada! –sonrió con orgullo-. ¿En esa otra foto…? –se sujetó la barbilla y dividió con el índice los labios entreabiertos-. ¡Ah sí! Aquella navidad en la que el rey vino con guantes de goma y la mayor dijo: Tenía las cejas como papá. Con aquella barba tan blanca y tan perfecta… y sin embargo las cejas… -sonrió en silencio- ya ves… doña fisonomista.
La navidad es para los niños -piensa remetiendo los labios con pesar- ellas mismas lo dicen: después, en cuanto crecen un poco, las vacaciones se asocian a la amenaza de los exámenes y pierden toda la gracia.
-¿Quién es ese chico tan majo de la foto?
-El novio de la pequeña mamá.
-¿Y no le conozco? Dile que lo traiga porque ya soy más vieja que el tabaco.
-Claro que lo conoces, antes de ayer te dio dos besos. Hala, duérmete que mañana es nochebuena y vas a estar muy cansada si no.
Marta salió de la habitación de la exiliada. Pobre Dafne, siempre cediendo su espacio, la idea surgió de ella misma:
-No seas tonta mamá, mi cuarto es el más apropiado para la yaya, yo me desplazo mejor y la casa es de todos, sigue siendo mi cuarto, al fin y al cabo sólo es dormir para qué vas a armar un tinglado en el salón. Marta subió a la buhardilla, los gatos se enroscaban sobre la cintura y el muslo de Dafne, los espantó con cuidado y la hija estiró las piernas, los pies le quedaron colgando, La que no iba a crecer si no bebía leche. Tuvo la sensación de que había abierto un juego de matrioskas.
Bajó las escaleras con cuidado
-Que te lo pases bien, ¿vas a salir a andar ¿no?
-Sssssh. No mamá, habla bajo que es de noche. ¿no te duermes?
El fregadero vociferó su queja, la montaña de cacharros pringosos le asfixiaba, miró el recipiente de la tarta, los restos del sofrito de la salsa, el bol en el que había preparado el picadillo del salpicón y el mango de la batidora rezumando mahonesa junto al vaso vacío de la salsa de pepinillos y alcaparras para el salmón. Y esta otra, ¿por qué la llamarán salsa rosa si no queda rosa? Será que no la hago como es. Horas de preparativos. La pila parecía una boca mordiente vomitando alienígenas, el desorden era excepcional, había preferido mirarles y escucharles con avidez de adicta. Deseó salir corriendo, pero si no se lo ventilaba no se podría desayunar con ese desolador paisaje, qué más da madrugar que acostarse tarde –se animó- bien cara ha salido la sobremesa de la cena tras empalmarla con toda la tarde de cacharreo, ahora reseco.
Marta era yonqui del cacao y en las noches de insomnio solía desayunar más veces, se preparó uno mirando el fregadero con aversión. ¡Al diablo!
Se le cerraban los párpados, la cuchara sonaba a eñe al rascar el fondo de la taza, se sujetó la mandíbula con la otra mano mientras miraba con cansancio el mostrador, el paquete de harina estaba abierto y en la vitro permanecía la sartén. Ñiiiiu, ñiiiiu, arañaba la cuchara en el tazón, Vuelveeee, ññññiu, ññiiiuu a casa vuelve… qué mierda de anuncio y de canción, siempre te trae a la cabeza a quienes no volverán, me imagino a una viuda estampando el cenicero contra el televisor y la pantalla diciendo por navidadddddzzzzffff. O a un hijo sin madre, o… guardó la sonrisa de su padre como un secreto y no le pronunció. Aunque da igual, para mí no se han ido ni se irán.
La cabeza se ladeó invertebrada, la mano apretó la oreja como una plancha caliente. Quehhh suehhh---ño. Por navidadddzzzzz.
Zzzzz.

Vuelve a mirar el fregadero, ahí siguen los cacharros inclinados, hace recuento de su dolor de espalda, le duele toda sin discriminación para ninguna vértebra. Sorbe por la nariz, sacude la lágrima de un manotazo y sube de nuevo a su habitación, su marido se remueve. Le gusta verlo extendido sobre el lecho, huele a refugio cálido, por un momento duda, pero se calza en silencio las deportivas.
Las cuatro de la mañana, la sensación transgresora burbujea por sus venas, se sonríe. Hay que ver mi madre, cómo sabía… se anticipa a mis pensamientos, vas a salir a andar, qué mujer. Antes de que se produzca la información ella ya la ha recibido, será por la vuelta a lo primario, digo yo.
Camina por el parque, ve la lumbre a lo lejos y frena en seco, el corazón galopa frenético, le palpita en el paladar, pero no retrocede ¡Vamos! Con todas las consecuencias –se da fuerza- si no… es como si fuera un simulacro, hay que arriesgar. Libertad a su precio, total si me pasa algo, ya son mayores, no soy negligente ni irresponsable, toda la vida haciendo lo que debo, así que esta pizca de aventura es lo que quiero, total, si en cuanto llegue al cruce me vuelvo, este ha sido siempre mi gran deseo secreto: salir sola de noche sin miedo. Mi sensación más enorme de libertad, con él no es lo mismo, ya sé que es una idiotez si ahora vuelven todas las chicas de noche y hay más transito que de día, y muchas van a trabajar a estas horas, pero como lo he pospuesto tanto, el concepto anticuado de riesgo y misterio todavía me vale. Y además por el parque, que no es igual.
La lumbre cada vez está más cerca, atrae su chisporroteo hipnótico, siempre le ha fascinado el fuego. Le dan ganas de pararse ante las llamas, pero eso sí que sería una temeridad.
       Claro que un tío haciendo una hoguera contradice de plano la sospecha. Al fin y al cabo es una diana en medio de la oscuridad. –Mira de soslayo y acelera un poco el paso. Parece estar a salvo pero…
-Oiga, chssst, por favor.
El hombre sigue sentado con las manos a la vista, se las está calentando, Marta se vuelve con un velo de pánico sobre la cara.
-No tema. –La voz es persuasiva-. ¿Tiene un cigarro?
Queda frente a él. Como ahora los mendigos tienen esa pinta de alternativos, lo mismo es un pijo, vete a saber… que el look desarrapao cuesta una pasta, y estoy tan fuera de onda… las señales externas me comunican poco, me manejo mejor en la distancia corta.
La mirada del hombre detrás de las llamas tranquiliza, tiene unos ojos transparentes, hermosos.
-No fumo, lo siento.
-Hace frío, si no tuvieras tanta prisa podrías quedarte y contarme cómo has dejado de fumar, estoy asando patatas, ¿quieres una?
-¿Cómo sabe que lo he dejado? –Se aproxima a pasos cortos con inercia inevitable.
-Sé muchas cosas de ti. –Ella inicia la retirada, el hombre sonríe, Marta advierte un destello en la pupila y otro en el diente y escucha un sonido similar al zureo de paloma que aviva como un abanico la hoguera desde la espalda masculina. Decide creer que son dos chispas de fuego reflejadas, dos pequeños brillos y una ráfaga suave de viento, y aunque descarta sobrenaturalidades, sin saber por qué, piensa en el demonio dentro de esa parte pequeña del cerebro en la que el razonamiento todavía es un instinto que aún no se ha convertido en palabra.
-No, no soy Lucifer, además ¿no dices que no existe?
El calambrazo del escalofrío asustado elimina de golpe el dolor de espalda.
-Ibas a recoger tu cocina y has dicho: ¡Al diablo!, –sacude la mano hacia atrás como si arrojase una colilla-, y te has venido hasta aquí.
Marta desorbita los ojos mientras contempla la diversión contenida del hombre.
-¿Y si no eres el diablo, quién eres?
-Alguien muy parecido. Cada vez que le nombran a él me envían a mí, él será el caído, pero yo soy el pringao, el andaavernovayaaserque.
-¿Un ángel, quieres decir?
-Sí, hija sí, no pongas esa mueca de risa torcida, para colmo me tocan siempre los descreídos, aunque eso me da lo mismo. A ver, vale ya de dispersión, vamos a concretar, que hace mucho frío y he salido escopetao de otro sitio más calentito. -Se ha puesto en pie y se frota los brazos, es muy alto-. A ti la navidad, cuando eras cría ¿por qué te gustaba? –Marta abre los ojos elevando las cejas.
-Por las películas que ponían en la tele durante las vacaciones, supongo. –Responde mecánicamente sin perder el gesto de extrañeza-. Sesión de tarde, sesión de noche y todo eso…
-Dime la primera película que se te viene a la cabeza. –Dibuja dos círculos rápidos con las manos hacia el interior de su pecho para apremiarla.
-El bazar de las sorpresas, –asiente acelerada.
-No, esa no, di otra.
-Sucedió una noche, Caballero sin espada… -el hombre resopla impaciente y da pasos cortos hacia ambos lados.
-¿Qué bello es vivir? –eleva las cejas y deja la boca abierta expectante.
-¡Ahí! ¡Eeesa! –Embiste mientras dibuja con la mano una ese tumbada.
-¿Eres Clarence?
-Si tú quieres… -eleva los hombros y abre las manos- pero sin ánimo de presumir diría que estoy mejor. Pinta un pase torero recorriendo su flanco derecho. Marta enrojece por motivos diferentes: por seguir ese juego absurdo y porque es evidente que el ángel -o lo que sea ese lunático- está que cruje, y le molesta que se le note, así que cierra la boca como si de súbito se hubiese visto desde fuera con esa careta de boba que cree que se le superpone cuando un hombre le parece atrayente.
-Pues ya me dirás para qué te necesito si lo que quería, precisamente, era echar una valentía al aire, sin ángel que me guarde, ni su dulce compañía y me lo has chafado, de todas maneras iba a regresar a mi casa antes de que despertasen y con tiempo de dormir aún, que estoy que me caigo, como ves no es más que una osadía light aburguesadilla, soy una gata doméstica, paso mucho tiempo en casa y cuando me doy cuenta de que no he tomado el aire es muy tarde, pero bueno me servía eso de salir de noche como una incauta, y para una vez que me atrevo… va y me sale el ángel de la guarda, lo que te digo, no me dejes sola de noche ni de día, no me desampares que me perdería. Sin embargo, cuando me has hecho falta… ¿pero qué estoy diciendo?, –cavila unos instantes para asir la cordura-. Aquí jugando a las películas y discutiendo con una regadera que no sé por qué curiosa percepción sensorial sabe que he dejado de fumar. A ver si va a ser verdad que no se me puede dejar sola, que enseguida me enrollo con cualquiera, en especial con los zumbaos.
-No estoy zumbado. –Marta respinga, esta vez con castañeteo de dientes incluido-. Me necesitas para tener una navidad que te guste realmente, y que sea para ti sola, tal y como tú la concibas. Te la mereces, estabas muy preocupada por los preparativos y las tareas pendientes y de ahí a deprimirte no hay más que un paso.
-No estaba deprimida.
-Claro que lo estabas, no seas orgullosa. Y como lo realmente tuyo son las películas, tú dirás. No te muerdas las uñas, y cuidado con lo que piensas que ya ves que lo leo, que lo oigo. –Marta se rinde y se entrega sin reservas.
-Ya veo, ya. En… una española, un brujo, o un ángel, eso no se aclaraba, montado en un caballo blanco, tan pronto era hombre como mujer, me refiero al ángel, no al caballo, se llevaba a una pareja más bien… pobre, a un hotel maravilloso y allí en un precioso comedor lleno de elegantes se ponían morados de ostras por cinco pesetas, compraban comida y ropa por cincuenta céntimos, bailaban en el salón… en fin… cosas así, hacía milagros pequeños. En ese caso en concreto, los trasladó en el tiempo sin que ellos lo supieran y por esa razón todo resultaba tan barato, algo parecido a las magias de Embrujada, la serie aquella ¿recuerdas?, asequibles, que no ponían en evidencia ni cambiaban el tipo de vida, pero se la hacían más fácil a la protagonista sin comprometerla. Porque… me imagino que si te pido un trabajo fabuloso para mis hijas y una casa para cada una no me lo vas a conceder, ¿no es así?
-Buen intento, pero en efecto tu deseo ha de ser más sencillo.
-Pues entonces como los de Embrujada. La casa reluciente, que me salgan las comidas de todas las fiestas maravillosas, tiempo para ir a los puestos y comprarme un sombrero negro de ala ancha ¿puede ser? ¿Y dinero extra, solo un poquito, para adquirir muchos regalos en las tiendas de siempre y que todos ellos sean lo que más deseaban recibir, aunque no lo tuvieran pensado? –El ángel sonríe para sí- seguro que me ves superficial, poco imaginativa y egoísta, pero es que me has dicho “algo para ti” y doy por hecho que te ocupas de lo gordo en otra parte. Pero no me importa cambiarlo, ya sabes, puedo pedirte que elimines las injusticias, los conflictos, las guerras, el hambre… Te dejo escoger si es que tienes que limitarlo, estrújate la cabeza para que en un solo deseo quepan todos.
-Anda ven.
La rodeó desde la espalda por debajo de los senos con un brazo y oprimió su cintura con el otro, el tacto de las manos grandes era dulce. Marta apenas fue consciente del despegue, él cruzó los pies por delante de los de ella para sujetárselos y en horizontal surcaron los vientos sorteando nubes. El suave batir de alas caldeaba misteriosamente el gélido aire de diciembre, la ciudad se achicó engalanada por multitud de collares refulgentes, la carretera nacional era una gargantilla de diseño clásico y simétrico con perlas de farola cultivada y poco tránsito en ese tramo, y de los pueblos de ambos lados colgaban los pendientes de corte irregular con estilo más abstracto, y en el centro: la ciudad con un maravilloso escote de asfalto pulido. Las ciudades siempre son femeninas aunque se llamen León, a ver quién es capaz de imaginarse Sevilla con el rostro de un varón.
La caricia de las brisas sobre el cuerpo de la mujer suspendida bajo el hombre, le hacía extender los brazos en voluptuosa dejadez.
-¿Dónde vamos?
Él la giró, (poderosas sensaciones) y los alientos se entrelazaron, ya que el deseo iba de cine, la escena de Superman en vertical cuadraba a la perfección en el descenso.
-¿Qué quieres cenar? –A él el traje oscuro le sentaba bien, y la camisa nacarada despedía brillos que le barnizaban esos ojos de cine y esos labios de anuncio.
-¿Puede ser todo postres?
El pulido camarero, años cuarenta, parecía encelar con su sonrisa al custodio, que clavaba sus dardos verdes en la extensa reverencia. A Marta le gustó, claro que también podría formar parte de “cumplir con el deseo” –recapacitó- y que el cortejo estuviera incluido en el lote, y así no era lo mismo, de ser deseada por gusto a serlo por obligación va un abismo. Pero si así fuera no mentía mal -se dijo- apagando al pepito grillo del pensamiento para dejarse llevar.
Bailaron en flotación sobre la pista del Hotel Palace. El etéreo vestido de color verde manzana grany frufreaba ligero. Pues era un blues, no era un vals y qué bien se acunaba en la armónica.
¿?
-¿Quién empuja?
-Mamá, Mamá… -zarandeó un poco más fuerte.
-¿Ehh…?
-Pero, ¿Qué haces ahí con la baba colgando encima del tazón? –susurró.
Marta miraba a Julia sin verla ¿Todavía no te has acostado? Son las cinco de la mañana. La primogénita echó un vistazo a la pantalla.
-Todos los años igual: Qué bello es vivir, de Capra y siempre a estas horas. A ti te gustaba mucho esta peli, es un poco moña.
Marta, con los ojos secos y atónita, escuchó a Clarence lamentarse, en el televisor, por su incapacidad para adquirir las alas, mientras Julia abría el frigorífico para buscar los comprimidos contra el ardor.
Miró temerosa hacia el fregadero, y se le paralizó la respiración: ¡como si hubiese pasado Don Limpio!, y la vitro como un espejo.
-¡Hala!, ya lo has hecho todo, si te dijimos que mañana, bueno hoy, nos íbamos a repartir el trabajo. Hmmm arroz con leche, natillas, flan, ¿cuándo has comprado los bizcochos borrachos si ayer…? Carabineros qué ricos…
Julia se sentó al lado de su madre para tomarse un colacao añadiendo la cucharada de sobredosis, esa sin darle vueltas para comerse las pompitas del polvillo dulce antes de que el calor las licuase transformándolas en el oscuro marrón, el año de té e infusiones no le había descompuesto su paladar juguetón.
-¿No te molestaba el estómago?
-Bah, que le den, es navidad.
Disfrutó de su hija durante unos instantes, y de sus gestos antiguos que asomaban por el pijama español para recuperar de inmediato la cara de susto.
-Mamá estás catatónica, completamente frita.
Marta asintió como un pájaro carpintero atacado de parkinson.
-Sí, –logró articular el lenguaje- me parece que me voy a ir a la cama porque empiezo a pensar que me he vuelto sonámbula, estoy mayor, estaba soñan...
Volvió a mirar con repelús el fregadero, ¿había sido un sueño o no? pero al cuarto peldaño sonrió para sí.
El sombrerito negro descansaba en el borde de la cama.
-Gracias Clarence, o como quiera que sea tu nombre, –rozó con el índice y el corazón el suave tacto de su ala para despedirse y aún lo encajó en la frente con las dos manos ladeándolo hacia el ojo con un mohín coqueto y satisfecho aprovechando en el espejo la suave luz de la ventana que comenzaba a rasgar el centro de la penumbra. Abrió con sigilo una de las hojas del empotrado y retrocedió de un salto llevándose la mano a la boca para sujetar el sopetón: el altillo estaba atascado de paquetes. ¡Tanto no!, que a ver cómo lo explico. Y se palpó por instinto bajo el pecho que era el lugar en el que ella albergaba el alma.
-Porque no te la he vendido, a ver si te la vas a llevar a cambio. Y cerró la puerta con aprensión hasta Reyes.
Pili Zori.

EL SUEÑO

El psicoterapeuta reprimió el asombro para que no asomase a los ojos delatándole frente a su paciente. No la detuvo al escuchar el nombre propio que acababa de pronunciar y dejó que prosiguiera.
-Fue tan real, doctor, bailamos y sentí la piel de su espalda, no bajo la camisa, toqué su carne y la oprimí sin necesidad de que se la quitara, de que se despojara de la ropa, y el lado derecho de mi rostro -adherido a su pecho- también recogía su agradable temperatura, como si no hubiera tela, mientras danzábamos lentamente sin que en el sueño se escuchase música. El recuerdo al despertarme resultó turbador como un secreto, demasiado… excitante”.
Adolfo Arán se removió en el sillón, ella a su vez se arrimó más al brazo derecho del sofá, por un instante ambos habrían preferido el cinematográfico diván para evitar el contacto visual.
La estancia rezumaba una comodidad suave y neutra con el estilo evocador de los años cincuenta, el sofá verde oliva sobre una alfombra de color marrón claro parecía absorber el sonido dando sensación de confidencia, en aquel espacio tan recogido los únicos focos de color brillante eran los distintos pacientes que llegaban a la consulta y proyectaban su luz o su sombra sobre ese dúo de confesionario laico.
-¿Podría decirme a qué hora aproximada se produjo la… ensoñación… placentera?, ¿poco antes de despertar? -buscó las palabras con tacto- ¿le habría gustado permanecer dormida para poder continuarla y... culminarla, o por el contrario abrió los ojos a causa de un arranque de autocensura? 
Le incomodaba sentir pudor después de tantos años de ejercicio e intentó camuflarlo a duras penas, estaban demasiado cerca, se sentía al descubierto y el eco de las frases iguales ya escuchadas aceleró el latido delator en el cuello.  
La curiosidad científica es poderosa –se dijo para justificarse ante sí mismo y poder tirar por la pendiente-. ¿Científica?, murmuró su pensamiento con reprobación e ironía, pero se dejó llevar sin atender a la alarma.
-¿Tiene alguna relevancia el detalle, doctor?
- No. Claro que no. Le pido disculpas si la he desconcertado y desconcentrado a la vez, siento haberle cortado el hilo -se llevó los dedos a la nuca-. Es un inciso, un interés estadístico para mis investigaciones internas -carraspeó con la mano en los labios para ocultar una verdad a medias- perdone el egoísmo, ha sido una espontaneidad inconsciente. –Ella retiró el aire y negó con la cabeza para quitar importancia.
-Sobre las cuatro de la mañana, del día siete, lo recuerdo porque fui al baño, duermo con el reloj de pulsera puesto, y no, cuando volví a la cama no retomé el sueño, no ocurrió nada más, sólo bailamos. –La mujer esperó unos instantes- ¿No… va a interpretarlo? –el hombre tragó saliva.
-Creo que no hace falta, usted misma lo puede desentrañar.
Al ver que la paciente quedaba en suspenso y a la espera, el psicoterapeuta elevó el hombro, e inclinó la cabeza para asentir con una sonrisa. No sabía oponer resistencia a la ansiedad digna que asomaba a los ojos de María, por más que ella se empeñase en doblegarla y disimular la vulnerabilidad y extendió la mano, como si dibujase un pequeño abanico invisible que se abría en el aire, para hacerle la concesión y comenzó a explicar con la amable, pero innecesaria condescendencia que se utiliza para hablar con los niños.
-Por la forma en la que transcurrió la conversación que mantuvo con él -evitó pronunciar el nombre- aquella mañana y que ha compartido conmigo hoy, deduzco que usted se sintió deseable y agradecida por ello, sin más, y que le habría gustado abrazarle, y por tanto realizó lo inacabado durante el sueño; es algo muy habitual, la necesidad de ternura también conduce a veces a la excitación, pero no creo, aunque sin asegurarlo de forma categórica, claro está, que el deseo partiera de usted hacia él; de modo que no se inquiete, no es una infidelidad, y mucho menos una traición -sonrió tras recalcar la última frase- tampoco una revelación como ha ocurrido con otros sueños que ha tenido y que hemos tratado en sesiones anteriores para propiciar la catarsis; en este caso tan sólo se trata de las atracciones naturales y diurnas que todos sentimos incluso hacia personas desconocidas que apenas vemos durante unos instantes, no revisten mayor interés; fue una forma nocturna de corresponderle, que usted no se permitió de día por no enviarle una señal que pudiera dar lugar a equívocos, ya ve que utilizo sus propias palabras María, ambos pertenecemos a una generación anticuada que durante la infancia vio como sus adultos le daban excesiva importancia a que las mujeres guardaran las “formas”, recalcó con el el gesto de la comillas, y ese modo de actuar, sigue atrapado en el inconsciente de muchas personas avanzadas, progresistas y en apariencia desinhibidas. Es el típico: “a ver si va a pensar…”
-“Que soy una cualquiera.” -Terminó ella la frase y rieron al unísono con franqueza. 
María era una mujer cultivada y reivindicativa que se había construido a sí misma, a base de machetazos y amputaciones a la selva retrógrada y machista del pasado para hacer camino nuevo. Comprensiva con todos los demás, pero montada en el caballo de las contradicciones, propias de quien tuvo que romper ideológicamente, pero encorsetada y llena de miedos inoculados en la niñez, temores que sabía reconocer pero no vencer y que nadie, fuera de la consulta, habría imaginado. Tenía 19 años cuando acabó la dictadura y con ella la educación represiva, cuartelera y gazmoña de todo el país.
Cambiaron de asunto para tratar zozobras de mayor hincapié y como siempre el tiempo se les hizo corto.
La acompañó hasta el vestíbulo posando con suavidad delincuente la palma de la mano en la cintura femenina que los tacones hacían cimbrar, era la primera vez que la tocaba.

Todos queremos ser deseables, se diría a sí mismo al cerrar la puerta mientras analizaba su propia actitud, quizá rijosa al verla desde fuera, en la comunicación no verbal.
¿Se trata de un conato de celos ante otro posible macho alfa trasnochado y madurito como yo? ¿Privilegio de la especie? -se burló resignado sintiéndose mayor-. Está visto que nunca se acaba la necesidad de ser aprobado por una mujer aunque no pretendas enamorarla, pero para que te correspondan en esta etapa hay que tener el físico y la planta de Pierce Brosnan, o de Bruce Willis, no sólo el espíritu, se rastrilló el pelo con las uñas, aún permanecía oscuro, pero con menor espesura, dio dos palmaditas a su estómago, no era una tabla de lavar precisamente y esta vez para sentirse menos achicado rió con fuerza exorcizando a la vejez, la carcajada la empujó un par de décadas en la fila, aún no le había tocado el turno, todavía no era un decrépito.
A continuación el frunce de ceño engulló el gesto amplio y distendido para de inmediato transformarlo en el sesudo que tanto le caracterizaba, se permitía pocos recreos. Concentrado tras la mesa los dedos de las dos manos formaron un triángulo que finalizaba a su vez en el que dibujaban los codos apuntalados en los brazos de la butaca, percutió con los índices la nariz en varios golpecitos y después abrió con ímpetu el cajón del archivador para sacar el historial de Manuel Miranda, como si hubiese necesiatado darse valor, también él se sentaba en ese mismo rincón del sofá que acababa de abandonar ella. Algunos pacientes al principio preferían el butacón para sentirse en igualdad con el psicoterapeuta, más entronizados, aunque a las pocas sesiones optaban por el asiento largo, y al adquirir confianza, subían alguna pierna, usaban los cojines de parapeto o los retiraban para hacer suyo el espacio, y entonces el trozo sobrante de la horizontal mullida y tapizada hacía que se sintieran más libres. Adolfo sabía que la búsqueda de la verticalidad en las relaciones era una creación artificial, una fuente de conflictos de la que sólo emanaban problemas sociales. Por ello cuando alguien señalaba un asiento pronunciando el ruego de “por favor siéntese” se sobreentendía que buscaba la igualdad, y por el contrario,la respuesta negativa “prefiero estar de pie” anunciaba una transgresora hostilidad.
Ella desconocía que ambos eran pacientes del doctor Arán en días alternos y con distinto horario; Manuel acudía los martes por la mañana, en la hora de descanso del trabajo. María los jueves por la tarde. Arán tendría que haber avisado cuando ella le nombró, ya no tenía remedio.
El pulso del terapeuta se aceleró y la carpeta aleteó temblorosa durante unos instantes.
¡En efecto! ¡Confirmado! ¡Allí estaba! Adolfo Arán desorbitó los ojos ya sin testigos como un niño al encontrar una deslumbrante sorpresa tras abrir una puerta:
El mismo sueño parpadeaba en las anotaciones. Confiaba en el papel, porque si se caía al suelo no se iba a romper como el último disco duro externo, al ordenador y a los pendrive les podía suceder cualquier misterio y estaba harto de arritmias tras cada susto, de modo que duplicaba los historiales, como si tuviera que rendir cuentas, la letra manuscrita continuaba siendo una prolongación hacia el exterior, un tacto vivo de pulsos y ritmos, y ¡sí!, ¡ahí estaba! entre los renglones que ahora tamborileaba, a la misma hora de la madrugada y en el mismo día, el siete; escudriñó los detalles: el baile sin música, el deseo inacabado, la sensación del contacto de la piel a pesar de la ropa, y algunas variantes más explícitas de Manuel y más toscas, el ritual seguía siendo el de siempre, entre hombres había que eludir los eufemismos y un empalme sin descarga era un doloroso empalme, aunque la sinceridad de Manuel gozaba de delicadeza y también de elegancia al compartir inseguridades y entregas, sus palabras brotaban de una raíz limpia. 
-Vaya, vaya, Sigmund, este hallazgo no lo descubriste. ¡Soñaron lo mismo! ¡Estuvieron juntos!
Se recreó al imaginarlos danzando lentamente, la mejilla de María sobre el pecho de Manuel, y se entretuvo unos segundos para observar en el recuerdo que ella parecía más alta, de manera que el rostro habría encajado más arriba, entre la mejilla y el cuello de él, en la estatura física real –corrigió- pero tal vez la onírica era la que María deseaba tener a su lado, para escucharle el latido.
-Quizá -en algunos casos de privilegiada hipersensibilidad- los protagonistas y también los personajes secundarios sueñen a dúo o en grupo las mismas historias cada noche o cada siesta o cabezada sin saberlo –especuló en voz alta haciendo el hallazgo extensivo- y por ello resulte tan real lo que se experimenta tras los párpados cerrados, porque en verdad lo está siendo.
Estaba contento y reía dentro del diálogo imaginario de su soliloquio.
-Ni a usted ni a mí, Señor Freud, nos dio por comprobar algo tan simple: nuestros pacientes no suelen estar vinculados entre sí, oh, maravillosa coincidencia la mía…
La alegría creciente de quien posee información privilegiada burbujeó por sus venas.
-Puede que soñar sea la fórmula de escape para enmendarle la plana a la autocensura diurna, para ejercer al fin la libertad sin riesgos.
Se mantuvo ensimismado e indeciso durante interminables instantes sin perder la sonrisa que le jugueteaba nerviosa entre los dientes.
-Soñar, soñar… -susurró abstraido.
Al fin cerró el archivador, lo colgó en el cajón, en la M de Miranda, muy lejos de la I de María Infante y dejó un hueco entre las carpetas sin dilucidar por qué lo hacía. ¿Quería o no que se aproximaran?
-¿Serán los sueños mundos paralelos sin tabiques temporales? -volvió a dirigirse a Freud.
Cerró el cajón con llave y decidió que había pillado infraganti al destino, y que como un caballero medieval simularía no haberlo visto a través de la rejilla del yelmo.
Pero lo que nadie le iba a quitar, ni siquiera en nombre de la Diosa Ética, era el placer de asistir a la evolución de ambos pacientes; no iba a derivar a otro colega a ninguno de los dos; aunque sabía que era lo correcto, como también lo apropiado habría sido frenar a tiempo para decirle a María que el hombre del sueño a quien ella mencionaba con nombre y apellido también era su paciente; tampoco desvelaría lo descubierto ni intervendría. Esa tentación, incluso sin juramento hipocrático, no estaba permitida.
Un eco llegado de dos tiempos, la antigüedad griega y su juventud, se escuchó suavemente en su cabeza.
“…Guardaré secreto sobre lo que oiga y vea en la sociedad por razón de mi ejercicio y que no sea indispensable divulgar, corresponda o no al dominio de mi profesión; consideraré como un deber el ser discreto en tales casos.
Si observo con fidelidad este juramento séame concedido gozar felizmente de mi vida y de mi profesión, honrado siempre entre los hombres; si lo quebranto, y soy perjuro, caiga sobre mí la suerte contraria”.
Tal vez no volviera a producirse el hallazgo de un sueño común. Quizá Manuel y María jamás llegarían a ser pareja en la vida despierta, o sí. En cualquiera de los casos él estaría presente durante el proceso para propiciarles, juntos o por separado, fortaleza emocional y herramientas, pero lo que sí suponía una certeza indiscutible era que ambos le habían regalado un secreto de dioses y ahora él habitaba en el olimpo y podía estudiar los entresijos de las buenas y malas voluntades que rodeaban a Eros y a Psique.

La paciente de las ocho había llamado para cancelar la cita.

El esfuerzo anímico le había cansado. Los párpados comenzaron a pesarle como si Hipnos hubiese posado en ellos los labios; reclinó la butaca, y enseguida escuchó el batir de alas,  supo que Morfeo le llevaría hasta ella, hasta aquella muchacha de la facultad a la que renunció de antemano antes de intentar “conquistarla”, ya entonces y en su gremio, aunque todavía fuera de estudiantes, había palabras que no se pronunciaban tales como conquistar, conceptos imperdonables de desigualdad que maniataban pero que sin embargo se sentían por dentro en todo su contenido; maldijo la mala suerte de haberse criado entre dos aguas, en un tiempo de transición intransitable debido a los escollos sentimentales que no acababan de caducar por mucho que se denostasen, pero no le dio la gana cambiar el vocablo, porque en su interior esa palabra no era agresiva, ni conllevaba ingredientes de dominio ni de sumisión, definía una emoción íntima y legítima de orgullo y triunfo; quería ponerle la luna a los pies, tras ayudar a que bajase de un coche de caballos, y después le depositaría en los brazos su mundo, y que hiciera lo que quisiera con él, en eso consistía su idea de conquista, de seducción, de persuasión, de la entrega de sus llaves de Breda, ¿y qué? Era la alumna más sobresaliente del aula, la más hermosa para él; amaba los pensamientos que salían por su boca, los movimientos de las manos grandes al desmenuzar las inquietudes, los dedos de Josune parecían el cobijo del sol, aunque sólo una vez se atrevió a pedirle los apuntes, para acariciar en braille su letra clara e inclinada, esa fue la aproximación máxima que logró alcanzar, pero soñaba con ella cada noche, y en aquellos sueños no sólo sentía la piel intocada, como les ocurrió a María y a Manuel los pacientes que ahora emulaba invirtiendo los términos. Él entraba en Josune por las puertas de sus ojos marinos, por sus poros, por la triangular abertura de los muslos con olor a sirena, por las axilas sin el vello que otras exhibían, por los pechos altos que intuía duros y pequeños y era entonces, al erizarlos, cuando volaban a caballo dando vueltas por los cielos nocturnos de Van Gogh. ¿Cursi? pues bueno. 
Estaba completamente enamorado ¿y qué? Y harto de desvirtuarle la magia a las frases y al deseo. Jamás se escondía tras la jerga médica, tal vez por ello Adolfo Arán llegaba más lejos que otros colegas: los pacientes le sentían como a uno de los suyos. Siempre la había querido, entre esos espacios sin traición que sólo a él le pertenecían, entre novias y ex esposas, la había deseado como un derecho en los trozos de tiempo que ya no eran de nadie entre la noche y el día.

-Llévame con ella –murmuró adormecido- y si es posible haz que por una vez estemos juntos los dos sin nadie más al acecho de su hermosura, y prolonga el sueño como si fuese una vida. La respiración sonó profunda y el oleaje comenzó a mecer los cielos marinos del pintor porque los dioses habían hablado por la boca de sus pacientes para mostrarle el camino, y por primera vez los enemigos de psique y eros se volvieron compasivos. 
Pili Zori